«Tenemos a la historia siempre atrás mirándonos»

«Tenemos a la historia siempre atrás mirándonos»


“Cuando escuchó su nombre, claro y limpio, en el silencio solo habitado por el golpeteo de las gotas que caían sobre los árboles y las baldosas, se sobresaltó. Se volvió, un poco desconcertada, sin llegar a reconocer aquella voz masculina y grave que insistía en nombrarla. Recién cuando la sombra se acercó a pocos metros vio su rostro”, se lee en La última mamushka (Planeta), la primera novela de la abogada Vilma Ibarra.

Ambientada en la Ciudad de Buenos Aires a fines de los 90, tiene todos los elementos de un policial negro: una construcción minuciosa de los personajes principales pero también de los secundarios, un escenario político y social convulsionado (la carrera ascendente del diputado Luis Vargas Benegas tambalea por una sucesión de crímenes que la justicia investiga como hechos aislados pero que una periodista, Paula Casares, siguiendo su olfato periodístico, asegura que están relacionados) y la descripción detallada de todos los escenarios donde transcurren los hechos.

“Vengo de una familia sencilla, mi mamá sólo terminó sexto grado. Ella hubiese querido estudiar, pero no pudo porque tuvo que hacerse cargo de tareas de cuidado y mi papá, asilado político paraguayo, tuvo que comenzar a trabajar siendo muy niño, terminó tarde su carrera de abogado y nunca se quiso nacionalizar. En mi casa había una formación en el deporte, en estudiar y trabajar, y aunque no eran grandes lectores, leían, pero no había nada vinculado al resto del arte, al dibujo, a la música, al cine, al teatro. Mis hermanos y yo hacíamos mucho deporte y cuando entré al Nacional Buenos Aires, fue como un descubrimiento, fui haciéndome un camino para conocer distintas formas de música, por ejemplo, porque en la casa de mis padres se escuchaba solo tango y folclore”, cuenta Ibarra a Clarín.

–En la novela el arte está muy presente cuando se recorren los barrios porteños y aparecen sus esculturas y su arquitectura.

–Yo amo esta ciudad, no soy porteña, soy de Lomas de Zamora, vine a los 6 años a vivir acá y me encanta recorrerla, me gusta ser turista en Buenos Aires, me gustan sus museos, sus plazas, sus iglesias, entro a todos lados porque me parece una ciudad bellísima y tenemos calles muy lindas. También sus bares como el Tokio, el Gato Negro, el Británico. En la época en que transcurre la novela (1996) nos sentábamos y la gente fumaba en los bares y se encontraba a charlar. Cuando tenías que averiguar algo tenías que ir a la biblioteca, a la hemeroteca, porque internet recién llegaba. Me pareció desafiante buscar una etapa donde ya aparecía la tecnología pero todavía no dominaba las formas de comunicación entre las personas.

–¿Cómo pensaste escribir esta primera novela?

–De chiquita fui muy lectora, siempre me pareció fascinante que alguien pudiera escribir y contar una historia, me provocaba admiración. También me pasa con la música y con otras ramas del arte, pero siempre estuvo ahí el pendiente de escribir. Alguna vez lo había intentado pero la vida me fue llevando por otros caminos, mi actividad profesional, política y demás y en el 2018 empecé a escribir esta novela. Era un momento en el que estaba trabajando en la actividad privada y necesitaba algo que me conmoviera, que me convocara y lo primero que vi fue quién podía ser el asesino y después se me fue armando la trama en el recorrido. Pero durante los años de gobierno en los que fui funcionaria, del 2020 al 2022, prácticamente suspendí todo hasta que lo retomé en el 2023.

–El eje que sostiene la trama es muy actual porque tiene que ver con la recuperación democrática, las consecuencias de la dictadura y la lucha por los derechos humanos, que continuamente se filtran en la vida de la gente.

–Me parece que tenemos a la historia siempre atrás mirándonos, y ese era un escenario ideal para que los personajes demostraran de dónde vienen. Trabajé mucho en el pincelado de los personajes: cuando leo quiero sentir con el personaje, llorar, angustiarme, reírme, tener miedo, titubear, tener la misma sensación que está teniendo el personaje. El desafío en una primera novela era que los personajes se pudieran tocar, mirar, que fueran creíbles, que uno sintiera lo que estaban sintiendo. Y tenía también la idea de que estuviera ahí un poco la política, la justicia, el periodismo, el romance, el sexo, las amistades, los miedos propios, las cosas que nos pasan a las mujeres, lo que sucede en los trabajos, la vida misma.

–El armado de los personajes es central pero no solo de los principales sino también de los secundarios, ¿no es cierto?

–Sí, no me gusta cuando se resuelve una escena diciendo, ‘un hombre que vivía cerca, llegó, lo vio y denunció’, por ejemplo. Ese hombre hizo algo importante, entonces yo quiero saber qué le estaba pasando porque los personajes secundarios también sostienen la trama. Por supuesto que hay mucha acción porque básicamente es un policial, pero en el medio una mete angustias, romances, dolores, pérdidas, miedos y cosas maravillosas: un poquito del drama y la comedia de la vida.

–Y las mujeres son centrales en la novela.

–Me parece que estamos acostumbrados a un sistema que, por supuesto va cambiando mucho y por suerte una puede vivir este proceso de cambios, pero en general hay una cosa instalada y es que los éxitos se esperan mucho más de los varones; yo recuerdo haber tenido trabajos en que me dijeron que no me aceptaban porque era mujer, literal. Después hubo otros en los que escribía cosas como abogada y me las revisaba un varón que no era abogado, pero no importaba, al jefe le daba tranquilidad que lo leyera un varón. Y a lo largo de la historia hubo muchas escritoras que debían ponerse nombre de varón para poder publicar. Creo que eso va cambiando, con mucho trabajo y mucha lucha, es una pelea cultural importante en ese sentido, pero todavía está esa sensación de que el varón es el que el que garantiza el equilibrio, el éxito, el que tiene que definir las cosas cuando se necesita una definición importante. Y por supuesto, después están las situaciones más graves de sometimiento y violencias.

–En la novela, los personajes se meten en el mundo judicial, en la Cámara de Diputados, en el periodismo, ¿Qué te dio a vos la política para poder escribir este libro?

–Yo trabajé en el Poder Judicial, en el Legislativo y en el Ejecutivo: pasé por los tres poderes y en el ámbito privado trabajé en empresas y tuve estudio jurídico propio. Conocer esos mundos me dio elementos para que sean creíbles los personajes y las escenas, que sea verosímil la historia que estoy contando y aunque ningún personaje de la novela se inspiró en nadie de la vida real, todos son personajes posibles.

–Pasando a tu actividad pública, tu figura fue clave para que se aprobaran las leyes del aborto legal, seguro y gratuito y el matrimonio igualitario, ¿cómo fue ese camino?

–Siempre sentí que cuando una llega a un lugar con determinado poder, el que fuera, chiquito o más grande, tiene que intentar usarlo para algo que valga la pena. Antes de asumir el cargo, hacía varios años que no hablaba con Alberto Fernández, había perdido el vínculo personal. Cuando me llamó y me convocó para ingresar al gobierno, yo acepté porque me ofreció la Secretaría Legal y Técnica; no hubiese aceptado otro cargo. A mí me gustan las leyes, la normatividad de la conducta, me parece muy interesante el concepto de las normas para regular la sociedad y lo que nos pasa con las normas, estoy muy enamorada de mi profesión y me interesa mucho cómo se construyen las leyes desde la parte técnica. Cuando acepté, le dije a Alberto que quería ir si me iba a dejar trabajar por la legalización del aborto. Y él me dijo que sí, que él estaba dispuesto a eso. Trabajamos mucho con muchas mujeres del gobierno y muchos sectores, pero centralmente con Elizabeth Gómez Alcorta y Dora Barrancos. Se había intentado en 2018 y no había salido. Y aunque el gobierno estaba bastante debilitado y con muchos problemas (era la época de la pandemia), creo que es uno de los grandes logros que tuvimos.

Vilma Ibarra presenta su libro La última Mamuska. Foto Victoria Gesualdi.

–¿En qué creés que radicó esa debilidad y cómo se llegó a esta realidad actual en términos políticos?

–Creo que es multicausal, se inserta en un periodo internacional especial, con lo que está pasando en Estados Unidos y en algunas partes importantes de Europa. Me parece que el gobierno de Milei se inscribe en este periodo de avance de la ultraderecha y en la ruptura de consensos democráticos. Donald Trump lo evidencia claramente y yo creo que Milei ha venido a destruir cosas muy importantes. El Estado argentino tenía un montón de problemas que había que resolver y cambiar, pero él no vino a hacer eso, no vino ni a mejorar ni a cambiar, vino a destruir y lo dijo. Es una persona misógina, no empática, que desprecia la solidaridad, entonces han empezado a legitimarse situaciones que antes eran muy minoritarias. Que una persona pudiera decir ‘si vos tenés un hijo con una discapacidad es tu problema’, era indecible en una Argentina previa a Milei. Y ahora se amplió el espacio de las cosas horrorosas que se pueden decir y legalizar. También dictó un DNU que en realidad son 300 DNUs en uno solo, que se cargó 200 y pico de leyes que había votado el Congreso Nacional. Esto era imposible que hubiera sucedido sin un altísimo costo y probablemente con una crisis institucional muy seria, en cualquier gobierno anterior. Haber planteado la reivindicación del golpe de Estado y de la violación de los derechos humanos en la Argentina, que fue un tiempo trágico y que contó con una lucha muy importante de distintos sectores de la ciudadanía, de organizaciones de derechos humanos, de víctimas, de partidos políticos, no solo es una vergüenza, sino que entristece y asusta. Yo creo en un Estado que atienda y asista a las personas en situaciones dramáticas y que pueda facilitar el camino para que esa gente pueda estar mejor, y todo eso lo dio vuelta. Ahora se vanagloria de perseguir opositores, artistas populares, destruir la ciencia y la tecnología, desfinanciar la educación. Yo no pensé que iba a vivir esto, creo que es de los momentos más oscuros de la democracia argentina y creo también que va a pasar, porque la sociedad argentina tiene una historia de lucha muy importante. Creo que la pandemia, aunque la tenemos bastante negada, hizo estragos. Y el gobierno que encabezó Alberto Fernández y Cristina, había generado mucha ilusión pero la pandemia se comió dos años del gobierno, fueron años tremendos. A eso se le sumó un manejo inaceptable de la coalición de gobierno por los niveles de internas que tuvo y me parece que eso hizo que una ciudadanía que venía lastimada, golpeada, se retrajera. Me parece que todo eso, sumado a la altísima inflación que no se pudo controlar, la sequía, la pandemia, fue inaceptable para una sociedad que la estaba pasando mal y con un contexto internacional de avance de las ultraderechas llegó un personaje como Milei y pasó lo que pasó.

–¿Por qué elegiste a Paula Casares, una joven periodista, para que sea uno de los personajes principales?

–Me impactó mucho lo que hizo un sector importante del periodismo durante la dictadura y la primera etapa de recuperación democrática, el rol que tuvo. Fui marcada por ese periodismo de investigación, por la rigurosidad de los datos, por poner el cuerpo para investigar cada una de las cosas. Fue un periodismo que me deslumbró mucho, hasta quise ser periodista. Paula es un personaje lleno de pasión y las mujeres, cuando ponemos pasión en lo que hacemos, empujamos y empujamos. Pero creo también que ella está acompañada por un personaje varón (el Tano) que la duplica en edad, que tiene otra historia totalmente distinta, otra cultura, pero que de alguna manera se complementan y permiten que ese vínculo funcione. Cuando el periodismo no investiga lastima mucho a la sociedad, el periodismo nació para incomodar al poder y en términos institucionales es súper importante para garantizar la democracia. En el personaje de Paula hay una esperanza y está también la mirada de género de las periodistas.

–¿Y a vos qué te gusta leer?

–En mi vida he leído una cantidad de novelas policiales que no quieras saber. Pero leo también ficción y no ficción. Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar fue uno de esos libros que leí y que me cambiaron la cabeza, pero soy lectora de todo un poco, leo bestsellers también. Leer es como escuchar música: en cada momento de la vida necesitamos cosas diferentes. Pero el hecho de meterme dentro de una historia ya es bárbaro, siempre ando con un libro.

–¿Qué devoluciones estás teniendo de la novela?

–Lo que más me dicen es que es atrapante. Tengo una amiga, por ejemplo, que no lee policiales y me dijo que la leyó rapidísimo porque no podía dejarla. Y después la otra cosa que me dicen mucho es que están muy trabajados los personajes, que están muy pincelados y destacan cómo las historias se encastran, esta idea de las mamushkas que se meten unas dentro de otras. Y después, como todas las cosas, puede gustar o no gustar, pero le puse un amor enorme a esta novela y mucho trabajo.

–¿Y estás pensando en un segundo libro?

–Sí, pretendo seguir con estos personajes de Paula y el Tano pero en otros escenarios, posiblemente en el sur del país.

Vilma Ibarra presenta su libro La última Mamuska. Foto Victoria Gesualdi.

Vilma Ibarra básico

  • Nació en 1960 en Lomas de Zamora, es abogada egresada de la Universidad de Buenos Aires. Además de ejercer su profesión en el ámbito privado, fue legisladora de la ciudad de Buenos Aires (2000-2001), senadora nacional (2001-2007), diputada nacional (2007-2011) y secretaria Legal y Técnica de la Presidencia de la Nación (2019-2023).
  • Al frente de la Comisión de Legislación General de la Cámara Baja, lideró la sanción de dos leyes históricas: matrimonio igualitario –de la que fue coautora– e identidad de género.
  • Como funcionaria del gobierno nacional, presidió la comisión que redactó el proyecto de ley para la legalización del aborto, presentado por el Poder Ejecutivo y aprobado por el Congreso en diciembre de 2020.
  • Reconocida por su compromiso con la vigencia de los derechos humanos y la defensa de las mujeres y diversidades, participó en numerosos seminarios y congresos en el país y en el exterior.

La última mamushka, de Vilma Ibarra (Planeta).

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