Esta semana, Karina Reyna recibió un mensaje que le llegó al corazón. Le contaron que un hombre que había donado sangre y se había inscripto en el registro de médula ósea hace diez años en una de sus campañas fue compatible con un paciente en Alemania.
“Esa persona se llama Gerardo y donó acá hace 10 años, es como decir; ‘wow, te graduaste Karina’”, cuenta emocionada a Clarín. El escenario de la visita, un salón del colegio San Felipe Neri, lleno de camillas, agujas y profesionales preparados para vivir otra gran jornada solidaria.
La historia arrancó hace 16 años con el peor dolor del mundo. En 2009, Karina perdió a su hijo Agustín Cristaldo, de apenas seis años, después de luchar contra una leucemia linfoblástica aguda. Con mucha fuerza y resiliencia, decidió darle sentido a esa pérdida.
Así nació Agustín, su campaña de donación de sangre e inscripción de médula ósea, en el Instituto San Felipe Neri de Mataderos, donde su hijo cursó primer grado. Cada año, la campaña moviliza a toda la comunidad.
“Mi hijo enfermó de leucemia en el 2008, y un año después murió. Tenía seis años. Y dije de qué manera puedo homenajear u honrar la vida que tuvo y se me ocurrió por el lado de la difusión. Él no llegó al trasplante por cuestiones de salud, no porque no hubiera donante. Pero no sabía nada sobre médula ósea, mucha gente aún no sabe nada”, dice con sinceridad.
La primera colecta se realizó en 2010, a tan solo diez meses de la muerte de su hijo. «Mi nene muere y a los nueve meses muere mi papá por un cáncer y me hago cargo de mi hermano con síndrome de Down”, explica sobre su momento más terrible.
Karina sintió que tenía que hacer algo con toda esa angustia. No quiso esperar y se embarcó en una aventura que cambiaría su vida y la de muchos desconocidos para siempre.
“Había ido con mi hermano, lo acompañé a renovar su certificado de discapacidad y veo el Incucai (Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante). Y dije esa va a ser la mejor forma de recordar la muerte de mi hijo, con algo diferente”, cuenta.
Nadie esperaba nada, ni el colegio, ni el servicio médico ni ella. Sin embargo, desde que arrancó, el proyecto fue un éxito. «El primer año lo hicimos cerquita de la fecha de la muerte de Agustín, que es en junio. Vinieron 60 personas ese día, desbordó, no tenían idea de que iba a venir tanta gente”, dice Karina, que vivió toda su vida en Mataderos.
Con el tiempo, la iniciativa fue creciendo, y desde 2025 se lleva a cabo durante tres días seguidos. Este año se realizó del 22 al 24 de octubre. “Arrancamos con una donación al año. Después pasó a ser en una fecha aproximada al Día de la Madre, como para celebrar también la familia. El año pasado hicimos dos días por primera vez y este año tres. Hay que trabajar bastante”, revela.
En 2011, Karina recibió otra noticia que puso en jaque su mundo. Quedó embarazada de su hijo menor, Federico, hoy con 14 años. En ese momento, decidió proponerle a los directivos del Instituto Felipe Neri que la campaña tenía que ser un proyecto comunitario, institucional, solidario, donde participen todos. «Prendió esa semilla, y hoy estamos en la campaña número 16”, dice.
Cada octubre, la escuela de Mataderos se convierte en un lugar de esperanza. “El año pasado vinieron 250 personas a donar«, cuenta con orgullo la mamá de tres hijos. Karina recorre aulas, reparte folletos, habla con vecinos y alumnos, transmite desde el amor que la donación salva vidas.
“En el colegio las aulas siempre estuvieron abiertas para que vaya y hable con los chicos. A veces vine a contar cuentos, a veces a hacer algún juego o a dar una clase de lo que es la sangre y la donación», confiesa Karina.
Este año, su hijo Federico la ayudó con la organización de la campaña. “Me dijo: ‘Ahora que soy grande, que veo todo lo que hacés, me siento muy honrado y orgulloso de vos, mamá’. Me mató de amor», confiesa.
Sin embargo, cada campaña requiere un gran esfuerzo, ya que se debe coordinar con el Incucai, con servicios de hemoterapia, voluntarios y familias. Pero, sobre todo, Karina trabaja para derribar miedos y mitos.
“Mucha gente piensa que donar médula es que te van a sacar un pedazo de la columna y vas a quedar paralítico. Está bueno explicarle a la gente que es como donar sangre”, dice.
En cada jornada solidaria, las donaciones no solo ayudan a reponer los bancos de sangre sino que también pueden salvar vidas en cualquier parte del mundo.
Después de cada extracción, si una persona se anotó en el registro de donación de médula ósea, una pequeña muestra viaja directo al Incucai. Ahí comienza un proceso en el que cualquier donante puede ser una pieza clave para un trasplante.
“De esa misma bolsa de sangre se manda un tubito al Incucai para tipificar. Esa sangre pasa por todo un proceso especial donde te convertís en un código de barras, y pasas a la computadora del Incucai en Argentina para que después también esa información se conecte con la red mundial«, explica Reyna.
Gracias a ese sistema, el donante argentino que participó hace una década pudo ser compatible con un paciente alemán. “Así como existe el Incucai acá, en España hay otro, en Alemania otro. Los países se conglomeran y forman una red. Y esa red es donde se dejan los datos cargados», describe.
La historia del donante argentino conmovió a Karina por partida doble. El receptor estaba en Alemania, el mismo país donde vive Axel, su hijo mayor: “Viste… Son las cosas que se mezclan y no tienen respuesta”.
«Me podía haber tirado en un sillón y no haberme levantado más, pero no era una opción para mí”, dice. Foto: Ariel Grinberg. De la pérdida al propósito
Desde chica, Karina siempre eligió mirar hacia adelante. No deja que la defina la tragedia. La pérdida de su hijo Agustín no la paralizó sino que la impulsó a moverse, a ayudar, a comprometerse.
«No había tiempo de pensar. Mi temperamento es muy resiliente y siempre también viendo un poco más hacia el otro. Me podía haber tirado en un sillón y no haberme levantado más, pero no era una opción para mí”, dice.
En su casa vive junto a su hermano Christian y con Federico, su hijo menor. Axel, de 30 años, vive en Berlín.
“Me dedico a ventas, pero siempre estuve rodeada de docentes. Me gusta mucho lo que hago, capacito en ventas y trabajo en la motivación del vendedor. También tengo estudios de psicología social, turismo, coaching ontológico. Y todo lo que tenga que ver con lo social es lo que más me gusta», se define la especialista en ventas.
Esa vocación por lo social se nota en la manera en que Karina se vincula con los demás. Habla con calidez, con entusiasmo, convencida de que la mejor forma de enseñar y generar conciencia es desde la alegría.
“Encontré en este lugarcito una posibilidad también de trabajar en lo que es la promoción y la difusión. Diciéndole a la gente que no tenga miedo, que se anime, que cree conciencia. Siempre sale todo bien, siempre viene gente, porque están con ganas de escuchar el mensaje”, explica.
Y si bien el paso del tiempo no borra la ausencia de su hijo, le da sentido. “La idea de una campaña como esta que se hace en la escuela es que sean abastecidos los bancos de sangre para que la sangre te esté esperando a vos y no que vos esperes a la sangre”, dice con énfasis.
Y agrega: “Me doy cuenta de que falta mucha información y que hay mucha recepción para escuchar de qué se trata. El lunes me estaba planteando esto, de que la próxima campaña, que será el año que viene, ahondar más en lo que es la promoción de médula, de la inscripción en el registro, qué es lo que está faltando”.
Cuando Karina se enteró que una persona en Alemania había salvado su vida gracias a una de sus campañas, entendió que Agustín seguía ahí, acompañándola. Y que a veces ese amor y ese dolor pueden transformarse en esperanza.










