un adiós multitudinario entre la culpa, el perdón y la idea de una estatua en la Bombonera

un adiós multitudinario entre la culpa, el perdón y la idea de una estatua en la Bombonera


En ese hall por el que pasó el ataúd de La Raulito, de Paulo Valentim, de la histórica lavandera del club, Doña Julia y de las víctimas de la Puerta 12, miles de hormigas se arrodillan ante «Miguelo». Algunos dan las gracias, otros se persignan, pero otro tanto pide perdón, carcomido por la culpa: semanas atrás lo cuestionaban sin entender que ese cuerpo agotado ya no tenía más armas para evitar irse.

En las lágrimas de cientos está el arrepentimiento. Por superficialidad, por reduccionismo, por negación, un grupo no quiso darse cuenta (o no pudo). A Miguel Ángel Russo le dolía hasta respirar. Lloraba en conferencia, consciente de sus últimas veces. Parecía mirarlo todo como quien graba para llevarse la película quién sabe adónde.

Por dentro muchos le ofrecen disculpas. Los apuñala la imagen de Miguel agotado parpadeando débil bajo la llovizna de Mar del Plata. En ese partido ante Aldosivi en que parecía dormitar y las redes estallaron de cretinos, Russo era un cristal, su salud pendía de un hilo. Ahora todo es afecto, pero aquel 31 de agosto afloró en redes la bajeza humana más grande.

En el que será uno de los velatorios más recordados de la historia futbolística de esta década, Russo sigue dando lecciones. «Antepuso lo colectivo a lo individual». «Une a una hinchada que está inútilmente fragmentada y a un fútbol detonado por el odio», se escucha en el debate.

«Puto cáncer», grita un chico de jogging auriazul y hace la cuenta. Diecisiete días. La curva entre la vida y la muerte. Hace 17 días Russo cruzó ovacionado el campo de juego de la Bombonera ante Central Córdoba y ahora la ovación tiene sonido de llanto y un caminito de pétalos caídos desde Brandsen y Aristóbulo del Valle hasta Brandsen y Juan de Dios Filiberto.

«Lo que hiciste por Boca no se olvida en la vida», canta La 12 a metros del hall, y la sensación es unánime: no había lugar más lógico en el que velar el cuerpo de ese que eligió morirse ahí, con la ropa del club puesta.

Foto: Martín Bonetto

Mientras Miguel duerme en paz rodeado de su familia, de Dalma Maradona, de Nery Pumpido, de Fideo Di María, del plantel de Barracas Central, de San Lorenzo y de tantos más, sus amigos son tajantes. «La muerte abuena siempre, pero acá es la excepción. No hay un solo tipo en el mundo que sea enemigo de Miguel».

Para llegar a despedir al entrenador de Boca Juniors, hay que pisar esa vereda de estrellas de cemento con nombres ya borroneados: Mario Boyé, Antonio Roma, Silvio Marzolini, José Marante, Roberto Cherro. En breve habrá que pensar en la próxima estrella a agregar, la de «Miguelo», pero en algo más grande también. En el velatorio se empieza a bosquejar la posibilidad de una estatua.

Lo que parece primitivo, irracional, se vuelve filosofía pura en la puerta del Alberto J. Armando. Rondas de mate entre desconocidos, cerveza compartida del pico. «Era más sano irse a vivir a la franja de Gaza que agarrar Boca en ese momento», lanza un hincha con el torso desnudo, que arenga para que no se deje de cantar por el DT.

Foto: Martín BonettoFoto: Martín Bonetto

A partir de ahora corre el «parámetro Russo», según comenta un grupo de vitalicios. O sea: cualquier mínima queja de director técnico «burgués» será repudiada. «Si Russo trabajaba después de recibir quimioterapia, si viajó al Mundial de Clubes con el maldito bicho matándolo, no podemos aceptar que algún flojo se ponga el buzo de entrenador y no esté a la altura», rezonga uno.

«Se viene una camiseta con la cara de Miguelo», sueña una adolescente que se lamenta por no haber tenido tiempo de confeccionar una para esta despedida. Al menos la bandera ya fue impresa y será una fija en los próximos partidos de Boca. Es amarilla y rectangular y lleva el dibujo de aquel Russo de 2007 besando la Libertadores. (1956- ∞).

La Glorieta de Quique, El bar de Willie, la vía por donde pasa el tren del ferrocarril de carga General Roca… Todo explota de hormigas necesitadas de despedida y de prensa extranjera. «Ustedes tienen la capacidad de hacer de un funeral un instante de amor lindo», juzga un periodista brasileño.

Vendedores de churros, salamín, pan. Un bebé de seis meses, un hombre con la pierna amputada que pide prioridad de entrada, un jubilado desconsolado que tuvo a tiempo su diagnóstico de cáncer de próstata. Russo está haciendo confluir historias en una fila que avanza lento y en la que algunos dejan sus últimos 5 mil pesos en un ramo que mezcla crisantemos, lirios, rosas y claveles.

Foto: Martín BonettoFoto: Martín Bonetto

Ronnie, un colombiano de Millonarios que vive en Argentina, avisa que en breve llegará parte la barra de la institución colombiana con arreglos florales especiales. Cada uno deja lo que puede. Hay ofrendas como estampas de San Expedito, o «gracias» de cartón pegados a la valla, y hay llantos de vieja data.

Se sabe, todos ellos lloran por Russo, sí, pero también por la conciencia de la propia fragilidad. Y por todos esos a los que perdieron.

Foto: Martín BonettoFoto: Martín Bonetto

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