Una bióloga descubrió en un animal el remedio para salvar a su hijo y ahora tiene cada vez más aplicaciones

Una bióloga descubrió en un animal el remedio para salvar a su hijo y ahora tiene cada vez más aplicaciones


Esta es la historia de la bióloga que estudiaba erizos de mar. Un día tuvo un hijo con una condición autoinmune rara. El bebé tenía problemas para alimentarse y, en consecuencia, crecer. La mamá bióloga, en busca de encontrar un tratamiento alternativo a los medicamentos que le dieron a su hijo, se puso a investigar. Investigó e investigó y reveló un dato novedoso sobre las propiedades curativas de aquello en lo que había trabajado siempre: los erizos de mar.

Tamara Rubilar está cerrando sus cincuentas y es CEO de Promarine Antioxidants, investigadora del Conicet y directora del Laboratorio de Química de Organismos Marinos de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Vive en Madryn pero habla con Clarín desde Córdoba. “Últimamente viajo un montón”, contó en la entrevista.

“Últimamente” es desde que tiene una start-up (la primera empresa de base tecnológica del Conicet en la Patagonia) a través de la que produce y comercializa eso que desarrolló después de que “empiece todo, allá por 1998”: un suplemento dietario antioxidante en base de erizos de mar, que le resolvió la enfermedad inflamatoria inmunológica a su hijo y del que no para de encontrar propiedades adicionales para otras condiciones de salud.

La entrevista es un desafío: mostrar algo distinto de una científica reportada en los medios decenas de veces. El protocolo periodístico exige nombrar a las fuentes por su apellido. Una parte de esta historia es más de Tamara que de Rubilar, la mujer que estuvo “casi una década enfocada en ser madre y en ser científica” y que siente que por fin llegó el momento de centrarse en sí misma. La decisión, que confiesa como un deseo futuro íntimo a esta cronista, le representa un giro inmenso. Sabe que nunca dejará de ser la mujer que un día tuvo un bebé que no podía comer sin vomitar o dejar sangre en los pañales y a quien ella curó.

La historia entreteje intenciones, esfuerzo y algunas casualidades sorprendentes. La primera es que, como bióloga que vive en la costa de Chubut, se dedicara a estudiar estrellas de mar. “Si yo no hubiera estado buscando estrellas de mar, no estaría donde estoy”, estableció. La segunda es que “cuando pasaron los años” empezara a “trabajar con erizos” y otras moléculas en el mar. Significa que “buscaba animales marinos, que son muy distintos de los terrestres, y los estudiaba para ver qué moléculas tenían. Muchísimos animales no están explorados. El mar está muy inexplorado”.

Tamara, viajera frecuente

La experiencia con el intento de tener un segundo hijo fue más fácil que el primero, un altibajo que luego se invertiría: “Tengo síndrome antifosfolipídico (N. de la R.: una afección en la cual el sistema inmunitario crea por error anticuerpos que atacan los tejidos del cuerpo) y me había costado tener a mi primer hijo, pero el segundo fue más sencillo”. Al menos, eso creyó.

El bebé “era muy colorado, algo que claramente venía de mis orígenes rusos y polacos. Y era muy blanco. Parecía que todo iba bien hasta que empieza a comer, aproximadamente a los seis meses. Todo empezó en un viaje volviendo de San Luis. Venía sola con los chicos de visitar a mi mamá, así podía comer las primeras veces con su abuela”, recordó. En el micro, el bebé empieza a vomitar. Vomita mucho.

Describió una escena de horas en muy pocas palabras: “Vomitaba de un modo que asustaba. Era con sangre y diarrea. Así nace nuestra pesadilla”.

Estamos en 2012. El bebé, que ahora tiene 13 años, por supuesto tiene un nombre. Tamara se lo reserva. En cierto punto de los días siguientes se descarta un cuadro bacteriano y se vuelve claro que, si era una virosis, no se andaba con chiquitas.

Hay que recordar que los actores de esta historia viven en el interior. Y ahí -se ríe a la distancia Tamara- es común eso de que “el mejor médico es Aerolíneas Argentinas”. “Fuimos entonces a Casa Cuna. Nos atendieron de maravilla”, resumió, en referencia al Hospital Pedro de Elizalde.

“Nos llevaron a todos los pisos. Nos hicieron un análisis muy completo durante varias semanas”, dijo recuperando esos días primeros que sin dudas cuesta imaginar. En especial, la incansable repetición de los mismos fantasmas en los miles de minutos que dura esta historia. La historia de la madre mirando a su bebé enfermo.

“Yo le daba el pecho y nos daban unas leches sin lactosa, pero él ya tenía unos ocho meses y no crecía. Dormía todo el día. No tenía energía. Era muy muy chiquito, por debajo del percentil mínimo. La piel se le brotaba. La cola, toda lastimada. Se deshidrataba. Éramos frequent flyer en el hospital”, sintetizó.

Un día, los médicos derivaron a la familia al piso de Inmunología. Detectan dos cosas: el bebé tiene muy activado el sistema inmune, como si su cuerpo estuviera reaccionando (o sobrerreaccionando) en defensa de algo. Y además que, de las poblaciones de glóbulos blancos que todos tenemos, había una población entera que él no tenía. Era un cuadro muy complicado”. Sin embargo, había un diagnóstico sin nombre.

Tamara Rubilar se propuso encontrar una terapia para su hijo que hoy ya tiene 13 años.

Tamara, la científica

“La gente me preocupaba por el nombre de la enfermedad, pero no tenía. Nos indicaron globulina para que tuviera los glóbulos blancos faltantes. También, una medicación pulmonar; budesonida, el puff o inhalador… La cuestión es que nos quedamos tres meses hasta que el nene mejoró y nos fuimos con él estable. Tenía una indicación de dieta y la medicación y volver a los seis meses”, contó.

Entra a la cancha Rubilar, la científica. Quizás una entre tantas mujeres que silenciosa pero astutamente integran el equipo de las inconformistas de siempre: “Cuando llegué me puse a leer los efectos secundarios de lo que recibía mi bebé. Los corticoides, a muy largo plazo, podían traerle complicaciones. Leí todo sobre casos de enfermedades similares. Necesitaba ponerme en contacto con inmunólogos que pudieran orientarme. Necesitaba investigar. Necesitaba entender”.

Así que “primero no dormía porque no sabía qué tenía. Después no dormía porque no sabía qué complicaciones podía tener”. Empapada (por papers, congresos) de lo que en el mundo científico se decía sobre estas patologías, Rubilar entendió que “se podía bajar la inflamación intestinal con moléculas específicas”.

Son días en que la ciencia recién empieza a hablar de la microbiota humana, el conjunto de microorganismos que conviven con nosotros y una colonia crucial para la llamada “homeoestasis”, el equilibrio general del organismo, que cobra especial relevancia por su alta presencia en el intestino. Ese “segundo cerebro” del cuerpo, según le dicen.

“Me pregunté, ¿qué moléculas serán esas? Eran los antioxidantes”, explicó. “Yo sabía hacer extractos, así que empecé a hacerlos con alimentos que sabía que tenían antioxidantes. De frambuesas, berries, a ver si ayudaba a bajar la inflamación, pero son antioxidantes de otro tipo y le provocaban alergia en la piel”.

“Hice de todo hasta que un día supe de uno llamado astaxantina, que es natural. Viene de unas microalgas. Logré que alguien me lo mande por correo. Venía en unas pastillas gigantes que eran imposibles de administrar a un nene de un año o menos. Así que las abrí, porque eran como cápsulas, y se las empecé a dar”, señaló.

“La panza le dejó de hacer ruido”.

Tamara, la exploradora

Para entonces, la investigadora había tendido una red de colaboración de inmunólogos de distintos países: “Un colega brasileño, Renato Ventura, me manda en ese momento un paper. Es un trabajo de colegas rusos. Pero no es el paper sino una foto del paper, como una captura de Yahoo. El trabajo habla de un poderoso antioxidante que también podía modular el sistema inmunológico”.

Ocurre la tercera casualidad: “El paper estaba en ruso. Como mi mamá es de origen ruso, le reenvié la foto. Ella me empezó a leer el paper. Yo le preguntaba qué decía tal gráfico y tal otro. O le decía ‘a andá a segmento de métodos y fijate de dónde sacan la molécula‘. Ella me contestaba cosas como ‘pará, que esa palabra no la conozco‘. Entonces iba y se fijaba en el diccionario”.

Cuarta casualidad: la madre de Rubilar dice significa erizo de mar. «No lo podía creer. Le escribo inmediatamente a los autores. Les mando un mensaje cortito y les pregunto si podemos hablar. Hicimos una llamada por Skype”, siguió.

Los investigadores podrían haber estado en muchos lugares de Rusia. Estaban en Siberia.

“Es un instituto que trabaja para un laboratorio que busca moléculas que luego van a parar a fármacos, pero también desarrollaron, por ejemplo, suplementos para astronautas”, dijo Rubilar, y sumó: “Por teléfono les expliqué que yo era científica y lo que pasaba con mi hijo y lo que había visto en su paper. Les cuento que trabajo con erizos de mar. Me preguntan cuál y no lo conocían”.

“Tenemos que ver si ese erizo tiene la molécula o no”, sentenciaron los rusos. “Me mandan un protocolo sencillo y que yo les mande la prueba a Siberia. Les pregunto por la seguridad y eficacia de lo que hacen. Se ofenden: me explican que ya lo habían transformado en fármaco y se usaba en humanos. Me mandan la bibliografía. Todo lo más costoso ya estaba hecho”.

Primer plato: erizo de mar

En muchos países del mundo, incluyendo Chile, Brasil, Ecuador y Perú, se estila comer erizo de mar, “pero no en Argentina”. Según la investigación de Rubilar, hay escritos chinos del siglo XVII que “reconocen que los polvos de erizo de mar tienen virtudes desinflamatorias”.

La bióloga mandó el extracto de erizo chubutense en una cajita de bombones: “Lo enchufaron en un aparato que compara extractos para ver la compatibilidad. La respuesta fue positiva: tenía la molécula (equinocromo) y de muy buena calidad”.

En cuestión de segundos, reclutó a su marido: “Llegué a casa y le dije ‘vamos a probar esto‘. Mi marido va al mar y los agarra. Yo hacía los extractos en casa. Él probó primero. No era muy rico. Probé yo. Les puse un poquito de agua. Se oxidaban. Y así fui aprendiendo qué cosas no podíamos hacer. El tema es que extraje la molécula y le empecé a dar al nene en una cucharita, mientras nosotros seguíamos tomando”.

Fue creer o reventar: “Lo primero que pasó es que al mes dejó de haber sangre en el pañal. Decís ‘es por acá‘. Después la piel le mejoró. Tenía una piel atópica tremenda. Y al tiempo, dejó de vomitar. Los broncoespasmos que también tenía se distanciaron. Empezamos a sacar la medicación de a poco; primero una cosa, luego otra. Hoy tiene 13 años. Mi hijo sólo toma erizos de mar”.

Tamara Rubilar, la empresaria

Incursionar en el mundo de la innovación científico-tecnológica y montar una start-up, con todo lo que eso implica en Argentina, define el capítulo de cierre de esta historia, cuyo final, en realidad, es abierto: “En 2021 fundamos la empresa de base tecnológica y en 2023 sacamos los productos al mercado. Hoy tenemos cuatro suplementos”.

Algunos se indican para mujeres por arriba de los 45 años que buscan “tener mejor energía, terminar el día mejor tratando de cuidar su salud”, y también para mayores de 40 “deportistas amateur que quieran mejorar su rendimiento”. Según Rubilar, hay poblaciones a las que el erizo las ayuda con otros problemas. Por ejemplo, “mialgias, enfermedades autoinmunes y neurodegneraciones en las que vimos algunas mejoras que hay que testear”. En eso está, iniciando un proyecto de colaboración “para ver esa relación en Parkinson y está el plan de hacerlo con ELA, ya que hay quienes nos reportaron mejoras en la deglución”.

Entre los avances de estos años, se hizo foco puesto en la sustentabilidad: “Ahora hacemos el extracto con las huevas del erizo sin tener que matarlo. Con 1.000 animales logramos 3.450.000 dosis. Antes, para obtener esa cantidad hubiera tenido que matar 1.400.000 erizos”.

“Este fue mi gran hallazgo”, enfatizó Rubilar y, conmovida, concluyó: “Siempre fui una persona de ir por la solución. De hacer. No quedarme quieta o paralizada frente a las dificultades. Mi hijo ahora me dice ‘yo la pasé mal, pero ahora podemos ayudar a muchos’ (llora). Es fuerte decirlo, me pega. Pudo tomar su situación desde otro punto de vista y no desde la victimización o la tragedia. No es lo y no lo fue”.

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