Una muerte misteriosa en un cuarto de hotel en Madrid y sus lazos con la dictadura argentina

Una muerte misteriosa en un cuarto de hotel en Madrid y sus lazos con la dictadura argentina


Un cuerpo. Un cuerpo de mujer. Un cuerpo de mujer en una cama de hotel. Es una mujer de unos 50 años. Una mujer que nadie recordará haber visto entrar a esta suite de tres estrellas, el apartamento 604 del condominio Muralto, en la calle Tutor esquina Buen Suceso de Madrid, España.

Está acostada boca arriba y parece que duerme, apacible.

Solo lleva puesta la ropa interior. La habitación hierve por el calor del verano europeo. El aire acondicionado funciona perfectamente, pero está apagado. No se entiende por qué una sábana y una manta le cubren el cuerpo hasta el cuello.

La ropa -una falda marrón, una blusa beige y un pulóver de lana blanca- está recién lavada y doblada con prolijidad sobre la cama, al lado de las piernas.

En la habitación, además de la mujer, hay un bolso beige con prendas de invierno y cosméticos. Todo comprado en la Argentina. Todo sin usar. Es coqueta la señora. El pelo mantiene su forma armada con espray, aunque esté acostada.

También hay un cenicero con colillas y un juguete para un bebé: un pájaro azul en una caja que tiene inscripciones en francés y en inglés. Es de una marca importada, típico de cualquier freeshop. De la caja sobresale una correa. Si alguien tirara de ella, una música de cuna llenaría el silencio.

Pero nadie juega con ese pájaro azul, nadie jugará con él nunca. El calor es insoportable y ya hay algo de olor. ¿Por qué la mujer no prendió el aire antes de acostarse?

Ni el calor ni el olor podrían molestarle ahora, que boca arriba parece descansar sin preocupaciones. Ni siquiera se le nota en el cuerpo el movimiento de la respiración. Ni un ronquido se le escapa, a pesar de que está boca arriba.

Pero eso puede ser el resultado del sueño pesado de los somníferos: junto a ella, sobre la cama, además de la ropa perfectamente doblada, hay tres pastillas de Rohypnol de dos miligramos.

¿Cuántas tomó? Imposible saberlo. Pero sí que los dos miligramos de una sola pastilla son una dosis demasiado alta para alguien que solo pretende descansar. Por eso nadie podría despertarla si es que efectivamente estuviera dormida.

El personal del apart suites tampoco intentaría hacerlo. No se animaría a perturbar el sueño de una huésped, más si en el picaporte de su puerta cuelga el cartel que pide no molestar.

Portada del libro Salvate vos, de Juan Carrá, editado por Sudamericana. Precio: $ 30.999

Es el domingo 20 de julio de 1980 y a pesar de que ya es casi mediodía, nadie del apartamento 604 llamó a la recepción para pedir el desayuno. Nadie. Porque la única persona que queda allí parece estar durmiendo todavía.

Es una mujer que podría llamarse María del Carmen Salcedo, María del Carmen Sáenz o Noemí Esther Giannetti de Molfino. Los documentos con esos nombres que hay en la habitación tienen su foto.

También hay un pasaje de la aerolínea Iberia, origen Madrid, destino París, emitido a nombre de María del Carmen Sáenz. La fecha del vuelo es este mismo viernes. Si la mujer no despierta podría perderlo.

Pero en ella no se nota esa premura de quien aguarda el momento de trámites y visados. Podría pensarse que la mujer necesita descansar después de muchos viajes, por los sellos en los distintos pasaportes y también por el puñado de dinero de distintos países junto a los documentos: 155 soles peruanos, 20 pesos bolivianos, 3 colones de la república de El Salvador y 25 dólares estadounidenses.

¿María del Carmen —Salcedo o Sáenz— es en verdad María del Carmen o es Noemí Esther Giannetti de Molfino? ¿A qué se dedica? No cualquiera anda por el mundo sorteando fronteras con documentos falsos.

¿Está sola? ¿Dónde quedaron los dos hombres que la recogieron en el aeropuerto? ¿Dónde ese que se identificó ante el personal del apart hotel como Julio César Ramírez, supuesto hijo de la mujer? Por ahora no hay respuestas a estas preguntas. Solo una mujer que no despierta, en el apartamento 604.

Noemí, a quien llamaban Mima, junto a su hijo Gustavo.Noemí, a quien llamaban Mima, junto a su hijo Gustavo.

Mañana, cuando el calor y el tiempo avancen sobre ella y el personal del apart hotel lujoso de Madrid se anime a entrar, se sabrá que esa mujer no está dormida sino muerta, sola.

Mañana, cuando el personal se anime a entrar, se encontrará con una escenografía bien preparada. Y con el tiempo se sabrá que efectivamente se trata de Noemí Esther Giannetti de Molfino, de 55 años. Que los que la aman le dicen Mima. Que es viuda y madre de seis hijos: una, exiliada; otra, desaparecida; el mayor, preso político; el menor, todavía oculto en Lima, Perú, desde donde a ella se la llevaron secuestrada no hace tanto tiempo; los otros dos, en Chaco a la espera de noticias.

Y que está ahí muerta porque es una de las víctimas de uno de los operativos internacionales más importantes de la dictadura cívico-militar que preside Jorge Rafael Videla. ¿Qué pasó con Mima en el apartamento 604 de Madrid en los últimos tres días? Las posibilidades no son tantas. Como mucho, cuatro hipótesis.

La primera es que su corazón haya dicho basta. Mima podría haber sentido un dolor punzante en el pecho, ahí donde duele la pérdida, y entonces pudo haberles dicho a sus captores que la dejaran acostarse, que estaba demasiado cansada. Que ya no era una chica joven y que el cuerpo le estaba pasando facturas.

Llevaba un mes girando antes de llegar a España: la captura en Perú, el paso a Bolivia, la escala en Brasil. Campo de Mayo. Campo de Mayo… ahí donde tal vez pudo ver a Marcela, una de sus hijas, y quizás, entonces, se enteró de que estaba viva y embarazada.

Con todo eso en el cuerpo, Mima pudo haberse acostado luego de quitarse la ropa de calle, pudo haberse tapado con la sábana y la manta fina para que el fresco del aire acondicionado le diera en la cara. Y en ese contexto, puede que sus captores le hayan dado un tranquilizante.

Entonces ahí, boca arriba, fumó un cigarrillo, tratando de alivianar esa presión en el pecho, y se fue quedando dormida para siempre.

Le dicen Mima. Es viuda y madre de seis hijos: una, exiliada; otra, desaparecida; el mayor, preso político; el menor, todavía oculto en Lima, Perú, desde donde a ella se la llevaron secuestrada.

Si esto fue así, sus captores deben haberla encontrado sin vida y, sin preocuparse demasiado -después de todo, el corazón de esa mujer les facilitó el trabajo-, deben haber pedido instrucciones a sus superiores, para luego dejar el lugar sin más evidencias que las necesarias.

¿Acaso no era ese el plan? Hacerle creer al mundo que Noemí Esther Giannetti de Molfino, lejos de haber sido una secuestrada y desaparecida, como dicen los que denuncian al gobierno argentino, era una mujer libre, colaboradora de la organización de delincuentes terroristas Montoneros, que viajaba con documentos falsos y que estaba a poco de reunirse con su hija en Francia.

Segunda hipótesis: es probable que Mima haya tenido la oportunidad, los medios y la decisión de terminar con su vida. Después de todo, ella era una montonera y, si bien la organización ya dejó de usar la pastilla de cianuro, Mima seguramente conocía esa práctica para evitar las delaciones durante la tortura.

¿Cuánto más podría resistir esa mujer? ¿Cuánto tardarían sus captores en usarla para atrapar a Gustavo, el más chico de sus hijos, el que tiene contacto directo con la conducción, el que se salvó de milagro allá en Lima y todavía aguarda el momento y los recursos para poder salir vivo del Perú?

Podría ser incluso que el objetivo de la dictadura fuera que Mima, secuestrada y todo, diera una conferencia de prensa en Madrid, diciendo que estaba libre, que todo lo que de ella se contaba no era más que parte de la propaganda terrorista de la cual sus hijos también fueron víctimas.

Mima sabía que esos casos existían, conocía las conferencias de prensa preparadas por la Marina en Uruguay para que la madre de un desaparecido responsabilizara a las organizaciones de derechos humanos por el destino de su hijo.

“Habla la madre de un subversivo”, tituló una revista la nota, y en la foto podía verse a la secuestrada bien peinada y vestida con un trajecito sastre. Mima sabía bien que esas operaciones eran posibles y, quizás, pensó que ella no podía ser parte de semejante cosa.

Si esto fuera así, pudo haber fingido algún dolor en el pecho o un ataque de nervios para que sus captores le dieran el tranquilizante, el mismo que ya había tomado para viajar. Y puede que ellos tuvieran el descuido de darle todo el blíster y que entonces Mima juntara en el puño todas las pastillas que pudiera sostener y se las metiera en la boca, acelerada, torpe, para que nadie llegara a impedírselo. T

an torpe y acelerada que al menos tres de esas pastillas cayeron sobre la cama. Si esto fuera así, Mima seguramente masticó y sintió el amargor de los tranquilizantes que la llevaron despacio al sueño y a la muerte.

No puede saberse si esto es lo que pasó, y en ese caso, cuánto tiempo después la encontraron sus captores. Sí se puede especular una vez más: uno de ellos sospechó que algo podía estar pasando y le pidió a otro que se fijara si todo estaba bien, entonces ese se levantó del sillón, dejó el vaso de whisky sobre la mesa y abrió la puerta de la habitación; por la oscuridad no pudo ver nada raro, ni tampoco distinguir esa quietud con la que Mima parecía dormir. El hombre habrá vuelto a sentarse y al rato, otra vez, la sospecha:

-Che, ¿no te parece que está durmiendo demasiado?

Y otra vez el chequeo, pero ahora entrando a la pieza, prendiendo la luz y dándose cuenta -tarde- de que Mima los había engañado.

A los captores solo les habrá quedado montar la escena para desligarse de esa muerte: apagar el aire, dejar el cuerpo tapado para que el tiempo y el calor hicieran lo suyo y que la podredumbre enmascarase todo lo que se podía enmascarar de la violencia sufrida por Mima.

Después, seguro, dejaron los documentos falsos a mano, también el pasaje para Francia y las pastillas; borraron con alcohol todos los rastros que pudieran dar algún indicio de quiénes eran ellos. Y antes de irse, esos hombres capaces de esfumarse como fantasmas estamparon las huellas del verdadero Julio César Ramírez con un sello dactilar tan bien confeccionado que nadie podría sospechar -o nadie querría sospechar- que esos rastros eran apócrifos.

Hay una tercera posibilidad: que hayan intentado sedarla para mantenerla tranquila y que se hayan excedido con la dosis, que la mataran por accidente.

La última de las hipótesis es que Mima fue llevada a España para asesinarla y con su cuerpo montar la escena perfecta para cerrar un relato oficial sobre los desaparecidos: Mima, la mujer que según dicen fue secuestrada en Lima, Perú, y por la que ya hay reclamos internacionales sobre su paradero, aparece muerta en un hotel, por causas naturales, con un pasaje a Francia, donde vive su hija, y entonces, claro, no hay dudas de que, como todos los desaparecidos, estaba en Europa.

La secuencia habría sido así: el 18 de julio después del mediodía llegó al apartamento 604 del Muralto en silla de ruedas (¿estaba tan dopada que no podía caminar o la tortura le había dejado secuelas?) acompañada por dos hombres que alquilaron un auto para retirarla en el aeropuerto de Barajas.

Uno de esos hombres era quien, el 16 de julio, se encargó del registro en el hotel y lo hizo bajo el nombre de Julio César Ramírez, advirtiéndole al encargado de la recepción que necesitaba un lugar amplio porque en unos días llegaría su madre.

En algún momento, entre la tarde del 18 y la mañana del 20, esos hombres que -se sabrá después- eran agentes del Batallón de Inteligencia 601 del Ejército Argentino decidieron que ya era hora de ejecutar la acción por la cual habían cruzado el océano.

¿El plan? Hacerle creer al mundo que, lejos de haber sido una secuestrada, era una mujer libre y colaboradora de Montoneros.

Entonces, alguno de ellos pudo haber obligado a Mima a tomarse el vaso de whisky que tenía en su interior un puñado de pastillas trituradas. O tal vez, con Mima ya dopada, recostada sobre la cama, boca arriba, alguno de ellos le buscó una vena y le inyectó aire. Solo eso. Una burbuja viajando por la sangre alcanzaría para generarle una embolia y matarla.

Nunca se podrá saber concretamente qué pasó en esa habitación.

Sí que taparon a Mima hasta el cuello, doblaron su ropa y la apilaron sobre la cama. Acomodaron los documentos, limpiaron huellas y plantaron las del verdadero Ramírez, que a esa altura seguramente ya estaba muerto por la tortura en Campo de Mayo, y se fueron sin que nadie los viera (…).

Y mientras los captores buscan el salvoconducto en la Embajada Argentina en España para volver a casa con la misión cumplida, Mima yace en el apartamento 604 del Muralto, hasta que ya es 21 de julio, otros residentes se quejan por el olor y una empleada avisa a su jefe, que da la orden de llamar a la policía y entrar.

Ahí la encuentran: la cara desfigurada, la podredumbre enmascarando toda huella de la violencia sufrida desde que fue secuestrada en Lima, Perú. También encuentran la escena preparada para que de inmediato corra la versión que ellos, sus captores y asesinos, quieren imponer: los documentos falsos, el pasaje a Francia y un pájaro azul.

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