En qué momento llegó el ser humano a América es una discusión viva en la arqueología. El consenso científico es que eso ocurrió hace entre 13.500 y 14.000 años con una vía de entrada por la actual Norteamérica. Nuestra especie —Homo sapiens cruzó— desde Asia por un puente de tierra que hoy está sumergido por las aguas del estrecho de Bering. Expandirse hacia el resto del continente habría llevado miles de años.
Esa perspectiva es desafiada por algunas investigaciones que sostienen que hay sitios en Latinoamérica con evidencias humanas anteriores, de hace 14.500 años. Uno de ellos era Monte Verde, en Chile, a unos mil kilómetros al sur de Santiago, la capital nacional.
Hoy ese bastión argumental se desmorona. Un estudio interdisciplinario publicado en la revista Science por científicos de Estados Unidos, Chile y Austria data el yacimiento hace entre 4.200 y 8.200 años. Una fecha que ahora sí encaja con la ocupación humana por la vía del norte.
Todo se debe a un malentendido geológico. Los materiales y sedimentos analizados en estudios previos habían sido, en realidad, arrastrados hasta allí desde un sitio cercano por el arroyo Chinchihuapi durante el Holoceno —la época geológica actual que comenzó hace unos 12.000 años—, cuando se derritieron los glaciares al final de la era de hielo.
Materiales de las capas más antiguas se depositaron sobre superficies nuevas, provocando una estratificación tergiversada, según explica Juan Luis García, uno de los autores del estudio, e investigador de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Con esa conclusión, la ciencia quebró la ilusión sudamericana de haber traído la humanidad al continente.
Piezas que no encajan
El hechizo que hoy se rompe comenzó entre 1977 y 1985, cuando un grupo de arqueólogos chilenos y estadounidenses encontraron en Monte Verde acumulaciones de madera, restos de megafauna, morteros, alimentos y otras herramientas que dataron en más de 14.000 años de antigüedad. Análisis posteriores de los mismos autores, llevaron esa estimación incluso más atrás. En 2015 publicaron en PLOS One un estudio que databa en 18.500 años atrás herramientas de piedra de ese mismo sitio.
César Méndez, segundo autor del nuevo artículo e investigador de la misma universidad que García, señala varias inconsistencias en esos hallazgos. “El sitio estaba lleno de troncos de madera que fueron interpretados como cimientos de casas y de habitaciones. Eso es contraintuitivo para la época porque lo que sabemos es que los primeros grupos humanos eran muy móviles, probablemente se desplazaban en pequeñas bandas de cazadores recolectores y lo último que iban a construir eran casas estables”. Méndez señala que, de haber construido y vivido por un tiempo prolongado en el lugar, las personas deberían haber dejado abundantes herramientas y fósiles de animales en lugar de los escasos restos que se encontraron. “Cuando introducimos nuestra idea de que el sitio fue erosionado por el cauce de un río que trajo material de otros lados y los depositó ahí, todo encaja mejor”, razona. Los troncos, entonces, no eran restos de viviendas, sino árboles caídos, arrastrados por una corriente fuerte de un río crecido y posteriormente acumulados sobre un suelo erosionado. El resto de materiales líticos y objetos habrían sido arrastrados hasta allí, también por el agua, desde sitios aledaños.
La ruta tampoco cuadraba. Desde los registros del norte hacia los del sur hay una continuidad cronológica descendente. Como si la humanidad hubiese ido dejando huellas camino abajo. Las piezas de Monte Verde —y otras en México, Uruguay y Brasil— interrumpen ese relato como si se perteneciesen a otro rompecabezas.
“En estos cincuenta años hubo otros detractores del sitio”, advierte Méndez. “Nuestra hipótesis no surge aislada. Hubo otros autores que se enfocaron más en la bibliografía y criticaron el sitio desde la literatura científica. La diferencia con nuestro enfoque es que nosotros hicimos una investigación independiente y fuimos al terreno”, expone. “Lo que es muy importante en este caso es que nosotros prestamos ojos nuevos y mentes frescas al problema. No estábamos vinculados con el equipo anterior, así que fuimos a sacar nuestras propias muestras”, destaca.
Allí vieron que “había una capa de madera que efectivamente databa de 14.500 años y que era parte de la superficie original, que es posglacial. Toda esa madera, y probablemente un montón de otros materiales, se volvieron a depositar agua abajo en este conjunto que uno podría llamar depósito de inundación. Pero que está completamente fuera de contexto con respecto a su formación original”, explica otro de los autores, Claudio Latorre.
“Otra cosa que descubrimos fue que hubo un evento volcánico hace 11.000 años que dejó toda la zona cubierta de ceniza y formó una capa que marca el límite entre el Pleistoceno y el Holoceno en ese lugar. Entonces, si tú propones que hay un sitio que tiene más de 14.500 años, tiene que estar estratificado por debajo de esa capa y no por encima. Sin embargo, el sitio fue incluido en una superficie que no existía hace 11.000 años atrás”, subraya Méndez. “Si uno analiza todo Chile, no encuentra sitios de más de 13.000 años, excepto Monte Verde. Por eso fuimos a mirarlo con otros ojos”, destaca.
Una carrera hacia atrás
Los otros ojos, son los de los investigadores que les precedieron, que los empujaron a trabajar de manera independiente. Con ese término los autores se refieren a la negativa rotunda de los científicos anteriores a participar del nuevo estudio. La ciencia se construye con seres humanos, amerita aclarar, y la dimensión subjetiva es un aspecto indeseado, pero ineludible del proceso.
La disposición a que el mismo yacimiento sea estudiado con pruebas idénticas o alternativas “en arqueología no se acostumbra mucho”, desliza Latorre, habituado a trabajar en temas geológicos donde la revisión territorial es, según su experiencia, una práctica común. “Ellos dijeron que no estaban dispuestos a hacer nuevos estudios que pudieran refutar sus análisis porque estaban muy seguros. No había voluntad de colaborar, así que nosotros lo vimos como una oportunidad para hacer un estudio independiente”, explica Méndez.
Renunciar al honor de ser la región con el registro humano más antiguo del continente es difícil. “En Sudamérica hay una disputa muy fuerte. Es un conocimiento muy líquido, que suscita mucho interés y atrae. Es un tema frontera; está el ser humano o no está. Es una de las grandes preguntas de la arqueología”, destaca Méndez.
Orgullosos de su osadía y rigor científico, los autores reconocen el impacto social que podría tener su estudio. “¿Cómo vamos a echar abajo esta idea de que Chile tiene el sitio más antiguo de América? Toca un sentimiento patriótico”, admite Latorre.
Méndez pone palabras claras a la opinión compartida por el equipo. “Decepciona en primera instancia si uno piensa que el poblamiento americano es una carrera por lo más antiguo. Cuando cambiemos el interruptor y entendamos que la carrera es por lo más preciso, lo mejor estudiado y la ciencia más robusta, habremos alcanzado nuestra meta como profesores universitarios y comunicadores de la ciencia”.









