Una travesía en velero por el Fin del Mundo entre vientos rabiosos y mucha historia

Una travesía en velero por el Fin del Mundo entre vientos rabiosos y mucha historia


La travesía al cabo de Hornos tiene una logística particular. La distancia es relativamente corta, unas 80 millas en cada sentido, pero hay un cruce largo y abierto y debemos pensar dónde pasar las noches. Pasaremos por bahía Nassau, isla Wollaston, canal Franklin, caleta Maxwell, todos nombres célebres.

En el pasaje a Puerto Toro nos acompañan varios delfines ultra juguetones y saltarines. Allí conocemos a una pareja que nos prepara empanadas de centolla.

Al otro día salimos de madrugada: nos espera una navegación larga y quiero llegar temprano, porque para la tarde se prevé viento.

Vamos rápido, gastando más gasoil que de costumbre, pero para eso lo tenemos.

Vemos unas casetas abandonadas en una isla, restos de construcciones realizadas en preparación para una posible guerra con la Argentina, allá por 1978.

Pensamos mucho en los primeros exploradores que estuvieron por acá. Lo difícil que les habrá resultado navegar: mal tiempo constante, sin cartas ni precisión de dónde estaban, sin meteorología. Así también naufragaban.

Siempre, siempre pienso en (Robert) FitzRoy y Parker King (su superior en el primer viaje), en sus bergantines de velas cuadras, difíciles para ceñir y lentos para maniobrar, relevando estas costas, metiéndose en cuanto agujerito encontraban, midiendo distancias, profundidades y mareas. Donde más me impresionaron fue en Magallanes: recorrer la isla Santa Inés por el oeste, las Furias, la isla Negra. ¡Qué coraje!

Este es el último fondeadero antes del cabo. Mañana se vuelan las vacas.

Sebastián LetemendiaEscritor y navegante

Para nosotros fue desafiante; no quiero imaginar para ellos.

¿Y los yaganes y los alacalufes? Eso ya es una dimensión desconocida, algo absolutamente incomprensible. Nómades, canoeros en estos lugares increíblemente hostiles. Vivían sin ropa, sin abrigo, buceando, siempre húmedos, con estos vientos

¿Cómo hacían? ¿Qué esperanza de vida tenían? Eran unas existencias tremendamente sufridas.

El canal Franklin está bárbaro, bárbaro, sabiendo que nos acercamos a caleta Maxwell. No tengo palabras para describir mi emoción. Llegamos a tiempo y nos amarramos firmes.

Este es el último fondeadero antes del cabo. Mañana se vuelan las vacas. Pasado, el pronóstico es bueno. Fue una recomendación atinada la de parar acá (¡gracias, Eze!), ya que afuera sopla un viento fuertísimo: 45 nudos parejos con rachas de 60.

La presión está por el piso, 970 milibares. Nunca estuvo tan baja; la aguja del barómetro está fuera de registro.

Fondeados en Maxwell, sin embargo, estamos bien. Yo trabajo en este relato, Maggie mira una peli, Fa lee. Cada uno en sus cosas… a 10 millas del cabo de Hornos. Son pocas millas, pero absolutamente innavegables.

En la noche, desde la cubierta, Fa me dice:

-Sebas, ayudame con el bote.

No entiendo a qué se refiere, pero salgo. El dinghy está dado vuelta. Lo tumbó el viento. Fa purga el carburador, saca agua de los cilindros y lo prueba. ¡Anda!

A las ocho de la mañana empezamos a movernos y a las nueve salimos en una navegación que será breve pero emocionante. No es el ápex del viaje, pero es muy simbólica. Estoy excitado y les escribo a los chicos. La ETA al cabo es 13:00.

Hay viento suave pero olas grandes que se vienen formando desde el infinito. Nos acercamos con la mayor rizada y tormentín en oreja de burro. Pasamos próximos a unas agujas que asoman y a unas piedras que afloran. Agarro el timón. A lo lejos creo reconocer el cabo.

Cruzamos una multitud de ballenas. Serán unas 20, emitiendo géiseres de vapor.

Sebastián LetemendiaEscritor y navegante

Portada de Pacífico, libro de viaje de Sebastián Letemendia.

A las 12:51 entra un mensaje de Agustín en el InReach.

-¡¡Los estoy viendo en el Garmin… están doblando el cabo!!

Trece meses después del canal de Panamá, volvemos al Atlántico.

-¿Te acordás cuando hace tres, cuatro años, soñabas con este viaje por el mundo? Se veía tan lejano…

-¡Sííí! Estoy muy contento!

Virar Hornos en el velero propio es un hito en la vida de todo navegante. Bajo el peñasco sacamos fotos, hacemos videos, brindamos y sentimos el corazón hinchado.

Las condiciones nos permiten bajar a tierra y así lo hacemos, turnándonos para cuidar el barco. Desde el faro (donde hay wifi) mando nuestra ubicación a un montón de contactos del WhatsApp. Quiero compartir el momento.

A partir de allí ponemos rumbo norte, por primera vez en este viaje. Cruzamos una multitud de ballenas. Serán unas 20, emitiendo géiseres de vapor.

Hay petreles, gaviotas, pingüinos, cientos de pájaros posados sobre el mar e islas tapizadas de cormoranes. Una extraordinaria biodiversidad y, de cada especie, montones de ejemplares. Es un lugar ideal para una película de historia natural.

Llegamos a caleta Martial y ordenamos el tormentín. Hoy ha sido un día increíble. Me gusta la precisión de horarios que tuvimos en todo el recorrido.

Conocimos un capitán que varó, encalló y perdió la hélice de su barco (todos momentos diferentes).

Sebastián LetemendiaEscritor y navegante

El Vis a Vis fondeado en Caleta Brecknock. Foto: Sebastián Letemendia.

Ayer salimos al alba de Toro para llegar a Maxwell antes del roscón. Lo mismo hoy: arriba a las ocho (¿había algo más importante para hacer?) y estuvimos en el faro el tiempo justo.

El PredictWind (o Windy u otros servicios) facilita enormemente la navegación y permitió que nuestra ida al cabo fuera tan prolija. El libro de Giorgio (N. de la R: Patagonia & Tierra del fuego, de Mariolina Rolfo & Giorgio Ardrizzi) es otra gran ayuda. Es probable, como decía el Mono y repiten algunos franceses, que atraiga malos navegantes a la zona (tal vez yo sea uno de esos).

A pesar de tantas facilidades, aún hay capitanes que no planifican bien y otros que son relajados.

Conocimos uno que varó, encalló y perdió la hélice de su barco (todos momentos diferentes).

Nosotros hemos sido más precavidos y cuidadosos. Es cierto que en el Vis a Vis hay tres personas pensando en el barco, con distintas áreas de cobertura y de ceguera. Cuando todo recae en una sola persona, se hace más pesado.

Pienso en nuestro barco y con orgullo observo que es un velero de serie al cual preparamos con equipo estándar. Hacemos un uso limitado de la electrónica y no tenemos radar ni Starlink.

Hemos cruzado océanos, recorrido los trópicos y los Cuarenta Bramadores y ahora estamos en 55°S.

El Vis a Vis no es un gran velero de cientos de miles de dólares. Esos barcos son, en la mayoría de los casos, el equivalente de los vehículos 4×4 usados para llevar a los chicos al colegio. Celebro haber evitado el consumo conspicuo de cosas náuticas. También estoy orgulloso de la ropa que llevamos. Tenemos el equipo justo y entra todo en un bolso. No sobra ni falta nada. Desde Tonga llevo puesto un buzo negro que me regaló Maggie. En este viaje hemos destilado la experiencia de una vida.

En la costa del Beagle encontramos cabos, trampas y cajas dejados por pescadores. Es basura que perdura y afea.

Sebastián LetemendiaEscritor y navegante

Sebastián Letemendia (primero a la izquierda de los sentados) y la tripulación del Vis a Vis.

En la noche, sopla mucho, mucho, y hacemos guardia de fondeo. Salimos temprano en la mañana, ya que tenemos que meter 45 millas. En bahía Nassau nos volamos con 40 nudos. Vemos pasar un velero machazo con mayor y vela de proa. Van rápido. ¡Qué bravos!

La visita al cabo fue a crédito y hoy estamos pagando la factura. Cerca de Puerto Toro nos quedamos enganchados en un campo de kelp (N. de la R: un entramado de algas).

Cuando estamos por llegar llamamos a la Prefectura para que avisen y nos preparen las empanadas de centolla. Al otro día, una pierna breve nos devuelve a Williams. Es una navegación tan linda que no quiero que termine.

En Williams hacemos un nuevo cambio de tripulación. Se baja Natalia y sube Riky. En un paseo terrestre por la costa del Beagle encontramos cabos, trampas y cajas dejados por pescadores. Es basura que perdura y afea. A pesar de eso, le tengo cierta tolerancia; la costa está intervenida desde que hay habitantes autóctonos. Los yaganes también tenían sus campamentos y conchales.

Reponemos víveres, cargamos la garrafa y llenamos el tanque. Tener mucho combustible es una linda sensación: podemos poner motor y calefacción y usar el horno. Fa logra arreglar el AIS, que se había desconfigurado. ¡Bien! Es importante tenerlo en condiciones, ya que navegaremos por aguas con muchos pesqueros.

Cambiamos el filtro de la desalinizadora, que está asqueroso. Ponemos el hidrogenerador, que habíamos desarmado en Puerto Montt. Estamos listos para zarpar de nuevo, esta vez por el Atlántico sur, a vela, hacia las Malvinas.

Saliendo por el canal Beagle, nos contactamos con los puestos de control chilenos.

Frente a la isla Picton llamo por radio.

-Adelante Vis a Vis, lo tengo en visual. ¿Algún requerimiento?

-Ninguno. Solo notificar que estamos saliendo de Chile.

Se me traba la voz y hago un silencio. Continúo:

-Buena guardia, vuelvo al 16, cambio y fuera.

Es una notificación sin trascendencia, de un barco que deja el país. Para mí, sin embargo, es muy trascendente. Requete trascendente. Nos estamos yendo después de cuatro meses increíbles.

Tengo los ojos húmedos. Miro con los largavistas la capitanía del puerto de Picton, con el típico techo azul. Siempre le tuve simpatía a las capitanías, pero ahora más. Arriamos la bandera trasandina, que está deshilachada.

El Atlántico nos recibe con viento. Izamos la mayor mientras unas ballenas soplan en la distancia.

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