Los futbolistas tienen esa facilidad de quedar entre los rostros reconocibles de la gente. Es lógico, ellos conquistaron el sueño del pibe -de todos o casi todos- de ser ser jugadores profesionales. No importa cuánto haya pasado desde el retiro, en general se los reconoce. Carlos Leeb, por caso, colgó los botines en 2002 y a sus 57 años de edad todavía le gritan en la calle Gato -o Gatito-, su apodo.
Lo que también sucede con los futbolistas es que los hinchas los creen solo jugadores, como si no hubiese una persona debajo de la camiseta. Ser profesional, además de fama, otorga dinero. Mucho más que cualquier otro trabajo normal. El Gato Leeb tuvo una carrera de 14 años atravesada por el periodo de convertibilidad cambiaria de la Argentina, pero también muchas lesiones.
Por eso Leeb solo tiene el reconocimiento. La plata, no. Hace unas semanas, en una entrevista, graficó con crudeza su presente económico: desde febrero, luego de su paso por el Ascenso boliviano, no tiene ahorros ni ingresos. Lo llamaron de muchas peñas de Chaca para proponerle una campaña y recaudar dinero. Agradeció, pero lo rechazó. No busca limosna, quiere trabajo. «De lo que sea», aclara. Si es como entrenador, garantiza un equipo equilibrado, «pero superofensivo», le cuenta a Clarín.
Salió de Independiente y allí tuvo su primera lesión y tras recuperarse llegó a Estudiantes, donde jugó poco por culpa de otra. Su lugar fue el Ascenso y todavía le esperaban otras 12 lesiones para las que acumuló más de cuatro años de recuperación.
En Chacarita jugó entre 1992 y 1997, completó 126 partidos y se metió en el corazón de los hinchas con 63 goles en el ascenso a la B Nacional. Se enamoró del Funebrero. De hecho llegó a Banfield a mediados de 1997 y en su presentación se asumió hincha del club de San Martín. A fuerza de 52 goles en 122 partidos, esa hinchada también lo adoptó como ídolo tras el campeonato que devolvió al Taladro a Primera División en 2001.
Un año y medio antes de ese ascenso, se dio un hecho curioso en el Florencio Sola: el Gato venía de (otra) lesión y volvía para entrar unos minutos justamente ante Chacarita, que estaba en Segunda división gracias al ascenso con Leeb. Mientras calentaba, las dos hinchadas cantaban: «ponelo al Gato, la puta que lo parió».
El final del recorrido llegó en Ferro, en la temporada 2002 de la B Metropolitana, en 2002. Luego, comenzó la carrera como director técnico prácticamente fuera del pais. Una pelea con el entonces presidente de Banfield le marcó el rumbo: no volvió a conseguir trabajo como entrenador. «Me bajó el pulgar Grondona», vuelve a decir en la entrevista, como en aquella época.
Leeb festeja su tanto en el partido de ida ante Quilmes por el primer ascenso Primera. Foto: DYN – Anibal GrecoDirigió en Irán, en Paraguay y Perú, pero principalmente en Bolivia. El último campeón del llano boliviano, fue el Sport Boys del Leeb. Por ese logro, se habló de que podía convertirse en el entrenador del Seleccionado. Con algunas interrupciones, fueron casi 10 años en el Altiplano.
«Usted es muy rebelde, Leeb», cuenta el Gato que le decía Grondona. Lo llamaba de vez en cuando, pese a que un dirigente con el que conversaba su incorporación como DT, le había confesado que Don Julio le sugirió que desistiera de contarlo. «Yo paso la página rápido. No soy rencoroso. Cuando supe que Carlos (Portell) estaba mal, también lo llamé y quedamos en tomar un café que al final no se dio porque murió», cuenta.
Y algo de razón tenía Don Julio en su sentencia. Más allá de su bonomía, ni como entrenador ni como jugador dejó que lo pasaran por arriba. En Bolivia, cuando se cansó de que un mánager le sugiriera alineaciones y hasta cambios durante el partido, pegó un portazo. En el Shahrdari Bandar Abbas iraní, el dueño de un club le quiso arrancar un rosario y fue el principio del fin.
«Usted es muy rebelde, Leeb» le decía Grondona. Foto: Cecilia Profetico Lo que ganó como futbolista y después como entrenador, ya no lo tiene. Malas inversiones, estafas, préstamos que terminaron siendo donaciones involuntarias y los estragos de la inflación -en Argentina o Bolivia- que le licuaron pequeños ahorros al galope de la subida del dólar. Necesita un trabajo, rápido, y reorganizar su vida.
Leeb, entonces, rompe con el imaginario del buen pasar de los ex futbolistas. Es un tipo común que podría pensar en cargarle 2.000 pesos a la SUBE o saltar el molinete en Constitución para comerse un pancho más tarde. Ni más ni menos y mucho menos que más.
-¿Cómo viviste el rebote de la noticia con la novedad de tu situación económica?
-No hay mal que por bien no venga: es increíble el cariño de la gente. No sé como describirlo. Además de que te das cuenta quién está con vos a muerte, me llamó mucha gente para darme una mano, incluso de Bolivia. ¿Sabés qué me sorprendió? El llamado de Walter Erviti, con quien yo no tengo trato, no nos conocíamos personalmente. Me llamó mucha gente.
–Y en términos concretos, ¿cómo estás de guita?
-Necesito laburo. Porque obviamente hice malos negocios, empezando por el primero: en 1999 puse una panadería, pensando en el futuro, y me estafaron. Entré en una depresión muy grande. Durante cinco días no salí de la cama, dejé de entrenar. No me podía levantar, me dolía el cuerpo. Lloraba todo el tiempo.
-Pedí ayuda. No me acuerdo exactamente cómo, pero fue con un psiquiatra. Estuve a punto de lo peor.
-¿Se te ocurrió matarte?
-Sí. Se me cruzó esa idea. Menos mal que no tenía un arma… Era llorar, llorar y llorar. No lo conté nunca. Fue bravo, fue bravo. Recuerdo a un hermano mío, ahí acostado conmigo después de haber tomado como 20 pastillas para dormir. Creo que ese fue un aviso…
-No era una época en la que la salud mental era un tema prioritario, ¿cómo tomaron tus compañeros la ausencia?
-Casi me rajan. Casi me rajan porque desaparecí, no había contado nada. Por un lado, estaban los que pensaron que no quería jugar. Yo estaba nublado totalmente. Pero también algunos compañeros se acercaron a preguntar y me apoyaron. Cuando se enteraron los otros se acercaron también. Pero volví, el gimnasio me hizo muy bien. Volví y fui campeón. Fuimos campeones… ¡Fuimos campeones gracias al Gordo (José Luis ‘Garrafa’ Sánchez)!
Pulgares arriba: el Gatito Leeb con una sonrisa, no importa cuando. Foto: Cecilia Profetico -Ahora que tus hijos son grandes, ¿tuviste la oportunidad de hablar con ellos y contarles esa época en que estuviste deprimido?
-De a poco. Más que mis hijos, son mis amigos. Siempre fui buenazo con ellos. Tengo eso de ser cerrado, ¿viste? Pero ahora de grandes sí.
-¿Alguno sigue viviendo con vos?
-Los dos chicos. Yo vivo con mi esposa, es el amor de mi vida. Llevamos 37 años casados. Es, fue y será el amor de mi vida, siempre. Estamos en una situación complicada. O sea, estamos viviendo en la misma casa pero separados. Prácticamente ni hablamos, imagínate.
-¿No se separan por una cuestión de plata? ¿La búsqueda laboral es también para poder mudarte?
-No sé qué va a pasar… Así se hace difícil porque los chicos escuchan y ya tengo nietos grandes que van entendiendo que los abuelos no se hablan. Es una situación que me cuesta. Me encantaría reconquistarla, pero sí, yo pienso que si consigo laburo me voy. Me voy porque va a ser mejor para todos. Porque es incómodo también para mis hijas que vienen a visitar. ¿Pero quién no tiene problemas, no?
-Dijiste que buscás trabajo de cualquier cosa, ¿trabajaste de otra cosa que no sea el fútbol?
-Claro, yo necesito laburo. Si no tiene que estar relacionado al fútbol, no importa. O sea, es una cuestión ya de la vida. Siento que estoy capacitado, sé que puedo. Empecé a laburar a los ocho años, acompañaba a mi viejo que era panadero. Él atendía a la gente y yo lo acompañaba; a los 10 años me dejaban en el puesto de diario de Oscar López (N de la R: ex futbolista, compañero de su padre Felix ‘El Gato’ Leeb, también jugador, antes de panadero), que me hacía gritar en la esquina: ‘¡Diario, diario! Clarín, Crónica, diario, diario!’. Agarro lo que sea. Mucha gente me dice, ‘no Gato, como vas a agarrar otra cosa que no sea de técnico’, pero yo hice carrera afuera, desaparecí 16 años del fútbol de acá… Y tengo que trabajar.










