El domingo, cuando River o Belgrano completen el ritual de la vuelta olímpica en el Kempes, se habrá consagrado “el último campeón del fútbol roto”. Cerrar los ojos o mirar hacia otro lado para que todo siga igual equivale a suicidar el negocio y el juego del fútbol. Es necedad. La reforma o reconstrucción estructural no puede esperar, aunque demandará tiempo.
Y esos tiempos dependerán, en gran medida, del Mundial. La AFA no debería continuar en manos de Claudio Tapia y Pablo Toviggino. Se sabe hasta en las salitas rosas de los jardines de infantes. Se mantienen porque la Selección debe ir a defender la tercera estrella y buscar una hipotética cuarta. Se llama imagen. Es política. Todo mientras los dos están acorralados por la Justicia en múltiples causas, avanza una oposición cada vez más feroz y aumenta el riesgo de pasar más tiempo en los tribunales que en una cancha.
Ahora bien, el desempeño de la Scaloneta también tendrá influencia. Con un Mundial y dos Copas América, Argentina integra el grupo de candidatos, aunque es discutible considerarla favorita. El plantel ya no tiene nada que demostrar: no le debe nada a nadie y llegará a la triple sede después de una temporada extensa y exigente para todos sus futbolistas en Europa, además de algunos jugadores que todavía se recuperan de lesiones importantes. De hecho, la lista final se definirá sobre la hora, cuando casi no quede margen.
Seamos realistas. Será muy difícil volver a ser campeón, aunque el deseo de cualquier hincha invoque a todos los santos posibles. La realidad indica que Argentina será competitiva, pero probablemente haya selecciones mejores. ¿Puede ganarles? Sí. ¿Puede perder? También. En ese contexto, ¿qué sería un buen Mundial para la Selección? Llegar, al menos, a cuartos de final. Después se verá de qué manera, qué juego muestra el equipo. Sin embargo, vale insistir: salvo una catástrofe tipo Suecia 1958 -y no hay elementos que hagan pensar en eso- no habrá reproches. Al contrario: habrá aplausos, agradecimiento y despedida para un grupo extraordinario que convirtió la resiliencia en su combustible.
Si Tapia pudo encender habanos con billetes de cien dólares desde Qatar hasta hoy, se lo debe a esa sociedad liderada por Scaloni y Messi.
De todos modos, será el final de una época. Resulta difícil imaginar una futura Selección con Lionel Messi, más allá de algún eventual partido homenaje. Y detrás de Messi también se irá la vieja guardia gloriosa. Tampoco sería descabellado que Lionel Scaloni decida cerrar su ciclo y buscar otros destinos junto con su cuerpo técnico. Si Tapia pudo encender habanos con billetes de cien dólares desde Qatar hasta hoy, se lo debe a esa sociedad liderada por Scaloni y Messi. Terminada esa etapa extraordinaria, su estructura de poder quedará sin sustento y, tras el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá, tanto Tapia como Toviggino podrían quedarse sin margen de maniobra.
Como nadie es inocente ni desayuna agua bendita, también habrá que observar cuál será la situación del gobierno de Javier Milei hacia fin de año, cómo evolucionará la economía y cuál será la reacción social. Este país tiene demasiada experiencia como para olvidar que, a veces, un simple cohete de carnaval lanzado desde una cancha puede provocar una onda expansiva de largo alcance.
A la vez, cualquier resultado en el Mundial fortalecerá a una oposición que, por ahora, lideran Juan Sebastián Verón, Diego Milito y Stefano Di Carlo, más desde las declaraciones que desde propuestas concretas. Tal vez las tengan. Tal vez logren construirlas. Quizás se sumen otros actores. O quizás aparezcan divisiones internas. Todo está por hacerse. Pero lo que está roto, está roto. Y ya no alcanza con un simple remiendo.










