Hubo un tiempo en que “irse” parecía una forma de encontrarse y en el que viajar implicaba tomar distancia, enfrentarse a lo desconocido e incluso perderse.
Hoy, el deseo de escaparse y de vivir por unos días otra realidad sigue presente pero la digitalidad transformó lo que entendemos por alteridad y hemos dejado de conocernos a nosotros mismos mediante los viajes.
Durante siglos, viajar y estar fuera de nuestra cotidianidad implicaba necesariamente un desplazamiento.
Había que atravesar fronteras materiales para acceder a lo distinto, para descubrir nuevas formas de vivir y costumbres distintas a las nuestras. Suponía, incluso, cierta vulnerabilidad, porque perdíamos referencias y espacios familiares.
La cultura digital, en cambio, nos trajo otra cosa. Nos ofrece una suerte de exterioridad sin fricción en donde no hay desplazamiento y la alteridad se presenta sin riesgo.
Esa es la tesis del profesor estadounidense Grant David Crawford en su ensayo The End of Elsewhere.
De acuerdo a su visión, estamos ante el agotamiento de una tradición occidental de búsqueda existencial a través del viaje.
Crawford describe cómo generaciones enteras imaginaron que la autenticidad estaba “afuera”: en lugares todavía no capturados por la modernidad, en paisajes remotos, en culturas distintas, en experiencias que prometían cambiar a quien regresaba.
Desde el mítico viaje de Ulises hasta los recorridos de los burgueses británicos del siglo XVII que exploraban Europa para refinar su sensibilidad, los viajes fueron siempre una manera de construir identidad.
En nuestros días, en cambio, los viajes dejaron de tener esa carga simbólica no porque hayamos renegado de la voluntad de conocer el mundo, sino porque conocemos lugares remotos antes de pisarlos. Tenemos información transformada en contenido al alcance de nuestras manos.
Podemos estar en Tokio viendo reels de Instagram o recorrer Islandia desde YouTube, o museos en TikTok; incluso construir versiones alternativas de nosotros mismos mediante avatares y mundos virtuales. Incluso muchas experiencias digitales contemporáneas imitan la lógica del viaje como los videojuegos de mundo abierto o el scrolleo de videos cortos.
Pero los viajes de antaño ofrecían resistencia y requerían esfuerzo. El nuevo afuera, en cambio, está optimizado para nosotros.
El algoritmo nos lleva hacia aquello que probablemente deseemos ver, y pasear se volvió una administración personalizada de estímulos.
Por eso el turismo mismo también cambió, porque cada vez más personas viajan para confirmar imágenes previamente consumidas. El viaje empieza antes del viaje y cuando llega es solo una verificación de algo ya conocido.
Además, ya no quedan lugares secretos o que nos sorprendan, todo está a un reel viral de distancia de volverse popular.
Tal vez, como sospechó Jean Baudrillard, estamos dejando de relacionarnos con lo real para hacerlo con simulacros. Ya no consumimos representaciones del mundo sino que consumimos mundos diseñados para ser consumidos.
La hiperrealidad no reemplaza sólo al afuera. Produce una versión más cómoda, más brillante y más administrable.










