Este sábado, noventa años después de su inauguración, el Obelisco volvió a reunir una multitud sobre Avenida Corrientes y 9 de Julio. El monumento que nació como una intervención urbana terminó transformándose en uno de los puntos estéticos y visuales más reconocibles de la Argentina y el mundo.
Pocas estructuras lograron escapar a su propia condición arquitectónica para convertirse en un símbolo cultural. El Obelisco atravesó gobiernos, crisis económicas, celebraciones deportivas y transformaciones sociales, y lo hizo sin perder centralidad.
La historia porteña parece haber desarrollado una extraña costumbre: tarde o temprano, cualquier acontecimiento importante termina pasando a su alrededor. Como si la ciudad utilizara esa aguja de hormigón como un punto fijo para ordenar sus recuerdos.
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Galería de fotos: los festejos por los 90 años del Obelisco de Buenos Aires
En sus primeros años, el monumento fue blanco de cuestionamientos. Hubo críticas a su estética y también pedidos de demolición. Su presencia alteró la geografía urbana y despertó resistencias.
Con el paso de las décadas ocurrió algo frecuente con ciertos símbolos: aquello que generó rechazo terminó absorbido por la identidad colectiva de la ciudad.

Su silueta se convirtió en una pieza reconocible incluso fuera del país. Para millones de turistas, una imagen de Buenos Aires parece incompleta si el Obelisco no aparece en algún punto del encuadre.
Con el tiempo dejó de ser únicamente un monumento porteño para adquirir una dimensión regional. Su imagen circuló en películas, transmisiones deportivas, campañas publicitarias y producciones culturales.

Naturalmente, las celebraciones del fútbol argentino encontraron allí su escenario. Desde campeonatos locales hasta títulos mundiales, generaciones enteras asociaron los festejos masivos con ese punto exacto de la ciudad.
El Obelisco desarrolló una condición poco frecuente: funciona al mismo tiempo como postal turística y como territorio emocional —e incluso político— compartido.

El Obelisco no fue ajeno a protestas, reclamos sociales y movilizaciones políticas. En distintos momentos históricos se transformó en una especie de plaza vertical donde la sociedad argentina proyectó demandas y tensiones.
Su capacidad para absorber significados distintos explica parte de su permanencia. Cambiaron las consignas, los protagonistas y los contextos; el fondo permaneció intacto.

La música también lo hizo suyo. En el Obelisco se realizaron recitales masivos que marcaron distintos momentos de la historia cultural argentina.

Charly García fue allí una de las figuras centrales de “Mi Buenos Aires Rock” en 1990, un encuentro que reunió a unas 100 mil personas. Un año más tarde, Soda Stereo protagonizó su histórico recital gratuito frente a cerca de 250 mil espectadores y terminó de convertir ese punto de Buenos Aires en un escenario cultural de escala regional.

Y algo más profundo. Existen en Sudamérica construcciones históricas más antiguas. También más grandes y mucho más complejas desde el punto de vista arquitectónico. Sin embargo, pocas conservan una potencia visual tan inmediata. Festejos y derrotas. Llanto y euforia. De la esperanza a la tragedia. Siempre ahí, omnipresente.
Noventa años después, el Obelisco sigue haciendo lo mismo que hizo desde el primer día: mantenerse inmóvil mientras la ciudad sucede alrededor suyo.
NG










