el hijo de Antonio Seguí que renunció a su apellido y encontró otra identidad

el hijo de Antonio Seguí que renunció a su apellido y encontró otra identidad


Con un padre como el maestro Antoni Seguí y una madre como la coreógrafa Graciela Martínez, su hijo Octavio decidió cambiar su nombre cuando eligió ser artista. Apeló a su bisabuela, Ana Blasi Mayol, que, con sus orígenes menorquines, era la reina de las ensaimadas en Villa Allende y la mecenas de Antonio, su nieto, cuando partió a Madrid con su primera beca.

Por esta historia de familia y ante el grito de alarma del marchand Claude Bernard de que podría arruinar la reputación de su padre si no era lo suficientemente bueno, él abandonó el nombre familiar y consolidó su carrera artística como Octavio Blasi. Un homenaje a su inolvidable y noble bisabuela.

–¿Por qué te cambiaste el nombre, Octavio?

–El nombre me lo cambié porque me lo había sugerido Claude Bernard, que era su galerista, y me dijo que si yo me iba a llamar con el mismo nombre, lo podía perjudicar. ¡Imagínate! Y me puse Blasi. Porque Blasi era la abuela de Antonio, que lo había ayudado mucho a él de joven, cuando empezó su carrera, que lo becó para ir a estudiar, y fue la única que lo apoyó, más que nada económicamente, en su sueño, en su carrera. Y me lo puse como un homenaje a ella.

Bajo ese nombre inauguró días atrás su muestra individual en la Galería Argentina en París, con la curaduría de Eduardo Carballido, bajo el título sugerente de “Allez Retour”. Una síntesis de su historia pictórica, inclinada por el abstracto moderno, tras abandonar algo más caricatural.

Franco-argentino, tras haber llegado a Francia a los 10 años, Octavio fue la mano derecha de su padre en el atelier de Arcueil hasta su muerte y el iluminador en los minimalistas espectáculos de Graciela, su madre. Hoy es profesor de arte y ha transformado su garaje de Ivry-sur-Seine, al lado de París, en su taller. Le queda una tonada cordobesa cuando habla español, y su francés es perfecto.

Obra del artista Octavio Blasi es hijo del maestro Antoni Seguí y de la coreógrafa Graciela Martínez. Foto: gentileza.

–¿Cómo llegaste a la pintura?

–Llegué a la pintura por una razón muy simple. Porque mis dos padres son artistas, Antonio Seguí y mi madre, Graciela Martínez, que era coreógrafa. De chiquito, vivía en casa, en Córdoba, en Villa Allende. Tenía un tío, Eduardo Moisset de Españés, que vivía ahí. Acababa de venir de Múnich, después de haber hecho estudios de arquitectura. Él también se volcó al arte y, sobre todo, al arte geométrico. Hacía una pintura geométrica generativa, muy influenciado por Max Bill. Las primeras obras que vi colgadas fueron las de mi tío.

–¿Te inspiraste en él?

–Él hacía una pintura geométrica, que no tiene nada que ver con la mía, porque es una cosa muy fría. Tanto las formas que él hacía como el color que él ponía eran derivados de fórmulas matemáticas que él inventaba. Era un personaje muy curioso. Yo tengo muy buen recuerdo de él. Era de origen francés y luego fue profesor en la Escuela de Bellas Artes de Córdoba. Era un personaje muy raro. No era para nada frívolo. Pero yo, desde chico, tuve muy buena relación con él. De grande también, porque era una persona sumamente abierta. Todos los amigos que habían estudiado con él me dijeron que fue el mejor profesor que tuvieron. Porque era alguien que, a pesar de tener así una obra muy particular y muy rigurosa, era abierto a cualquier experimentación rara que se proponían los alumnos. Era alguien que estaba muy formado, sobre todo.

–¿Y él te enseñó en tu casa o vos aprendiste?

–No, él no me enseñó nada. Las primeras cosas que vi, yo era muy chico. Debía tener 5, 7, 8 o 9 años. Hasta los 9 años vi cosas de él. Hacía cosas tridimensionales. Pero después, cada vez que lo veía, hablábamos. Era bastante tosco de palabra, pero le gustaba mucho hablar y ver cosas. Era muy curioso y lo poco que mostraba, me seguía y se entusiasmaba. Pero eso fue cuando yo ya había empezado a pintar, aunque tenía muy buena relación con él.

–En Córdoba estuve hasta los 10 años. Después, toda la escolaridad la hice en Francia. Cuando empecé a pintar, fue en un momento en el que yo conocí a mi compañera. Yo había trabajado, en realidad, unos años en lo que era el Trottoirs de Buenos Aires, un símbolo del tango argentino en París, en aquel entonces. Había trabajado dos años y medio. En un momento me tomé un año sabático porque, trabajando ahí, ya había empezado a hacer cosas en mi casa. Me fui a Córdoba, con mi mujer. Ahí me puse seriamente y enseguida me salieron ciertas cosas: una exposición en Benzacar, otra en Rubens, y no me había metido en la Escuela de Bellas Artes. Nunca hice estudios de Bellas Artes. Tampoco soy autodidacta, porque yo diría que soy medio autodidacta. En realidad, todo el entorno familiar que había, tanto del lado de mi madre como del lado de Antonio, eran todos artistas.

Obra del artista Octavio Blasi es hijo del maestro Antoni Seguí y de la coreógrafa Graciela Martínez. Foto: gentileza.

No me veía bailando

–¿Cómo condicionó tu decisión el hecho de ser hijo de Antonio, que fue un gran artista, y de Graciela, otra gran artista y bailarina?

–La verdad, bailando no me veía. Me parecía mucho más accesible pintar, porque es como que no se necesita nada para pintar. Con un soporte y unos lápices, podés empezar a hacer algo. Había empezado a hacer cosas, algunas acuarelas, de una manera espontánea. Tampoco uno se proyecta tanto en el futuro. Te empezás a entretener, sin casi ninguna formación. Después empezás a conocer gente que hace un poco lo mismo. Como yo le digo a mis alumnos, si quieren avanzar, lo más importante es ir a ver cosas. Como hacían todos los pintores de siempre, de todas las épocas, que iban y se formaban en el Louvre. Veían y copiaban. Así me formé, un poco a los ponchazos.

–Al mismo tiempo, jugabas y trabajabas en el atelier de Antonio, en el estudio de tu mamá, ¿eso era tu mundo?

–Sí. A Graciela, ya de adolescente, la acompañé mucho a sus espectáculos. Le hacía parte de la iluminación. Con ella estuve trabajando en lo que era antiguamente el Palace, que era un teatro, en lo que era ahora la Gare d’Orsay. Fui a Túnez con ella. Yo hacía unos dibujos cuando era muy chiquito. Debía tener 13 o 14 años. Recuerdo que Graciela los había usado para proyectarlos en uno de sus espectáculos.

–¿Ser hijo de Seguí, de Graciela, te lleva a vos a buscar, de alguna manera, otra identidad? Porque es muy difícil ser hijo de los grandes, ¿no?

–En mi caso, yo creo que todo lo que hice hasta ahora no tiene nada que ver con Antonio. Un poco, tal vez, las primeras cosas, cuando uno empieza a copiar un poco. Pero no me duró nada. Porque enseguida encontré otro tipo de camino, algunas afinidades con las cosas de Graciela. Tal vez en cierto punto sí. Porque ella trabajaba con muy pocos medios y no había una superestructura en sus espectáculos. Pero había ciertos elementos muy minimalistas que ella usaba. Por ejemplo, tirar una pelotita de ping-pong, sin nadie en el escenario.

–¿Y la influencia de tu mamá?

–Eso tenía una fuerza. Una fuerza emocional increíble, y después me di cuenta de que me gustaban. Eso me di cuenta hace relativamente poco: que me gustan bastante los artistas que utilizan pocos medios, con un lenguaje medio restringido, como los artistas minimalistas o ciertas cosas un poco zen. Creo que Graciela tuvo influencia. Además, eran visualmente cosas muy fuertes. Tiene ya algo que ver, no con la pintura, pero con una imagen visual. Tenía algo que ver en aquella época, un poco, con lo que hacía Pina Bausch. Ella era muy querida acá, en el mundo del arte contemporáneo, en aquel momento.

–¿Vos eras la mano derecha de Antonio, ¿no?

–De Antonio aprendí al verlo trabajar, de ver en qué consiste el trabajo. Lo asistí durante muchos años. Yo, su mano derecha, ¡es un poco mucho para decir! Lo ayudé durante muchos años a Antonio. A pesar de no haber hecho la Escuela de Bellas Artes, fue una buena formación. Las primeras cosas, cuando yo lo ayudé, serían en el 78. Yo tenía 18 años y, en aquel momento, Antonio tuvo un accidente: se cayó de una escalera. Me había dado unas litografías, que había hecho en los años 60, a principios de los 70, porque había que retocarlas. Y ahí empecé. Después retomé, porque yo había hecho toda una serie de xilografías grabadas sobre madera, bastante grande, y había hecho unos cuadros retomando esa técnica. Y él había empezado a hacer en un taller los linóleos. Los linóleos se dibujan sobre una plancha de linóleo. Y después, la técnica es igual que la xilografía, porque con una gubia tenés que sacar la materia para que se imprima el dibujo. Hizo como 50, que era un laburo chino, porque es mucho trabajo. Eso se lo hice yo también. Y después empezó a necesitar a alguien. Ya había empezado a ayudarlo con la parte del color, porque él se ocupaba del dibujo más que nada. Y después necesitó a alguien. Yo hice venir a un amigo mío, que fue exalumno de él. Así empezó, sin que uno se lo proponga.

–¿Qué te enseñó Antonio? Porque era una persona con un enorme método.

–Más que nada, el rigor del trabajo. Ver lo que significa dedicarse al trabajo así, con rigor. ¡Antonio era muy discreto! No se metía mucho pedagógicamente. Yo no sé si era la persona más apropiada, porque era muy silencioso para ciertas cosas.

Obra del artista Octavio Blasi es hijo del maestro Antoni Seguí y de la coreógrafa Graciela Martínez. Foto: gentileza.

–¿Nunca se fijó en tus trabajos, nunca te orientó, nunca te preguntó?

–No, con eso no. Con eso fue siempre muy discreto. Yo sé que le había gustado mucho. Le gustaba bastante lo que yo hacía, en todo caso. Por lo menos lo sorprendí varias veces.

–¿Vos trabajás en el taller todo el tiempo? ¿Cómo es un poco tu metodología de trabajo?

–Trabajo cuando puedo. En realidad, porque como sigo dando cursos y eso me requiere bastantes horas por semana, yo dejé de trabajar un buen tiempo. Porque además de ayudar a Antonio, tenía mis cursos. Así que ahí tengo como un hueco bastante grande.

–Yo doy clase en los colegios municipales, que son con la idea de que la cultura es para todos. Es políticamente correcto y en teoría, pero en realidad para el aprendizaje no es tan fácil. Porque cuando uno entra en una escuela de Bellas Artes, los chicos ya tienen como una pequeña vocación. O sea, una selección. Acá no se selecciona a nadie. Se selecciona a una señora que está jubilada. Es muy difícil hacer avanzar ciertas personas que no tienen nada que ver con el mundo del arte, que no van a ver cosas. Pero vienen más que nada para pasarlo bien. Eso es gratificante. A veces tenés algunas sorpresas. Si agarrás a alguien joven y que se engancha mucho. He tenido algunos alumnos que han hecho después Bellas Artes. Y dentro de los adultos siempre hay algunas excepciones de gente que va a ver cosas. Pero en la mayoría de los casos no: es medio frustrante.

Obra del artista Octavio Blasi es hijo del maestro Antoni Seguí y de la coreógrafa Graciela Martínez. Foto: gentileza.

Caricaturas para empezar

–Vos empezaste con la caricatura, ¿no? Yo vi una cosa tan divertida, que era como un perrito, que arriba decía Christie.

–Pero no empecé con eso. Había hecho cosas antes ya. Yo había hecho toda una serie bastante grande de acuarelas, que es lo primero que expuse. Era un poco medio naif y bastante influenciado por un pintor portugués, que se llama René Bértholo. Después salté a la xilografía, que es una técnica que me enseñó un amigo. Lo ayudé a hacer una muestra, justamente, y con esa técnica hice mi primera muestra en el país. Después era una xilografía que medía dos metros, pero esa era pintura sobre madera. Es una serie que hice. La particularidad que tenía era que había hecho yo mismo mis propios papeles. Eran unos papeles que yo había hecho a base de cartón y de hoja de bananero, que iba a comprar a los chinos, y era toda una serie sobre el mercado del arte. Había como un personaje principal que era un cómic, una especie de Mickey. Un Mickey crucificado, que decía Christie. Y con ese me gané el primer premio Fortabat. Pero se armó quilombo porque la señora Fortabat no me quiso dar el premio a raíz de eso y no quiso asistir a la entrega del premio. A mí me vino bárbaro porque me hizo un montón de publicidad. Esa es una serie muy corta que hice. Yo habré hecho 15 o 20 de esos nomás porque era muchísimo trabajo y las hojas las tenía que hacer al sol. Así que me hice las hojas esas en verano.

–¿Y cómo llegaste a este abstracto geométrico?

–Después de la serie hecha sobre el mercado del arte, seguí con unos collages. Seguí con un montón de cosas así. Empecé a sentir afinidades con otras cosas. Mucho más que con la figura. Tampoco fue una casualidad, pero un día me fui a los mercados: los de St. Pierre. Ahí me encontré con dos banderas francesas enormes, que estaban vendiendo. Y de esas cosas dije: «Esto lo voy a comprar”. No sé por qué las compré y terminé haciendo algo de una manera abstracta sobre las banderas. No me animo a colgarlas porque, como está el mundo hoy en día, seguro que cuelgo esas banderas y me armo un lío.

–¿Te influyeron también los americanos?

–Sí, claro. Me encanta Rothko. Me encanta todo el expresionismo abstracto. Quedo muy abierto a todo, porque soy curioso. No es porque el arte representativo no me importe. Hay gente que hace arte representativo y me encanta. Pero para mí me gusta más este lado de tratar de hacer cosas. Me siento como que me da más poder creativo.

–Estabas exponiendo muchísimo en Alemania, ¿por qué?

–Porque tenía una galería que me defendía muchísimo en Alemania, que trabajaba nada más que con artistas latinoamericanos. Además de ser una galería, éramos muy buenos amigos. Digo que me defendía porque ella murió y manejaba la galería. Quedé en muy buenos términos con el marido también. Hace poco lo volví a ver porque tenían unas obras de Antonio y me compré unas para mí. Me gustaba porque era una serie que él había hecho hace mucho y la compré. Fueron los únicos que me defendieron de todos los cortes y rupturas que hice en mi carrera artística. Ellos siempre agarraban vuelo. Además de ser galeristas, teníamos una muy buena relación. No es fácil con los galeristas.

Obra del artista Octavio Blasi es hijo del maestro Antoni Seguí y de la coreógrafa Graciela Martínez. Foto: gentileza.

–¿Qué significa para vos esta muestra y por qué se llama “Aller Retour”?

–Porque había hecho una muestra hace 20 años. Esa vez, yo había hecho una muestra, que se llamaba ALLEZ. Fue como la última individual que hice y entonces esta es como un eco de esa. Además, puse un cuadro que estaba ya en esa muestra. Es como un viaje en el espacio, en el tiempo y en el paisaje. Como es una especie de popurrí de cosas, que seleccioné también porque es un compilado de obras antiguas y algunas cosas nuevas. También me gustaba la idea de mezclar un poco y de hacer algunas cosas diferentes. Porque uno va a ver una muestra y ve una serie. Un poco todo lo mismo, con diferencias. Yo no trabajo tanto por series. Trabajo más por variaciones, que es otra forma de trabajar, porque puedo retomar un cuadro que vi hace como 20 años y verle otra salida, y retomo la misma idea y lo rehago. Me gusta exponer —como decía Antonio— “un surtidito”…

–El mundo de hoy, que es extremadamente perturbador y confuso, ¿cuando vos tenés que sentarte a pintar lo considerás o no?

–Hay varias maneras. Claro que lo tengo en consideración, por supuesto. Hay gente como Yuyo Noé. Él decía que siempre pintaba el caos. O sea, pintaba el reflejo del mundo a su manera. Hay otros que están muy de moda, que consisten en pintar o hacer arte en torno al tema de la ecología. Es una manera de reflejar el mundo. Yo soy como vos: siento que el mundo es un quilombo y yo necesito un antídoto a eso. Mi antídoto es ese: tratar de hacer lo opuesto de lo que es el reflejo. El caos ya está al exterior, yo necesito hacer algo. Necesito pintar algo que es el antídoto de eso. Lo que pasa es que yo nunca me propongo nada de antemano. No me gusta tener una temática de antemano, y si llega a haber un sentido es porque viene después. Yo necesito ver un contrapunto a todo esto. Prefiero ver una ficción, pero una ficción un poquito más grata. Más saludable.

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