El 3 de diciembre de 2023 algo cambió en la vida de Manuela Lori (34). A partir de ese momento nada iba a ser igual. “Sentí como si algo en mi cabeza hubiera explotado”, recuerda la joven, quien se había recibido como psicóloga ese mismo año y trabajaba haciendo campañas de modelaje.
Era un domingo a las 8 de la noche y estaba acostada en su cama cuando apareció un dolor de cabeza fulminante. En cuestión de segundos dejó de sentir el brazo izquierdo y la vista se nubló.
Quien entonces era su novio se comunicó con el 107, pero la ambulancia tardó casi dos horas en llegar hasta su casa en Nordelta. La iban a trasladar al hospital público de Tigre hasta que él les dijo que tenía prepaga. Se tuvo que comunicar con la empresa y mientras, la espera continuaba.
Pasaron un par de horas más hasta que Manuela llegó al Sanatorio Otamendi. En ese lapso, la chica se mantuvo despierta, pero inconsciente. “Estaba preocupada por el tiempo que estaba transcurriendo y no me atendían, me daba miedo no tener un diagnóstico”, narra.
Lo que nunca hubiera sospechado fue la cantidad de días, semanas, hasta meses, que iba a estar bajo internación: “Yo siempre pensé que era una pavada, que iba a estar una noche en observación y volvía a la mañana, nunca dimensioné lo grave que había sido”, recuerda.
Al ver por primera vez a su hermana en el hospital le preguntó, en medio de mucha confusión, “¿Tuve un ACV?”. Lori pasó tres semanas en terapia intensiva en el Otamendi, donde se encargaron de estabilizar la hemorragia producida. También atravesó cuatro cirugías —conocidas como embolización endovascular— en la Clínica Sagrada Familia. Los médicos habían descubierto que Manuela presentaba una malformación arteriovenosa, que “es algo de nacimiento que nunca se había manifestado, en 30 años nunca había tenido ningún síntoma”.
Llegado fin de año, plena época de fiestas, fue trasladada a FLENI Escobar donde comenzó la etapa de rehabilitación. Las visitas a distintos profesionales fueron inmediatas: dos veces al día kinesiología, terapia ocupacional, neuropsicología y fonoaudiología. “Me hicieron todo tipo de evaluaciones porque necesitaban ver qué tal estaba. Lo evidente era que yo tenía secuelas motrices y visuales, pero por las dudas había que evaluar la parte cognitiva, gracias a Dios salió todo bien”, relata.
El siguiente paso la llevó a FLENI Belgrano, donde tuvo la última cirugía llamada Gamma Knife y así terminar de atacar la malformación.
Durante esa época Manuela estaba muy desconcertada por lo sucedido, no entendía cómo había ocurrido el accidente en esta etapa de su vida. “Tenía el concepto de que los ACV los tenían los viejitos, porque eso era lo que uno está más acostumbrado a ver. Después cuando entré a FLENI empecé a ver que había mucha gente de mi edad y hasta niños. Ahí entendí que un ACV lo puede tener hasta un bebé”, confiesa aún descolocada.
La adaptación a esta nueva realidad, que describe como “ser la mitad de lo que era antes”, fue difícil, pero no imposible. Las secuelas involucraron dificultad en la marcha, casi nula sensibilidad tanto en el brazo como la mano izquierda y una visión periférica anulada.
En los estudios, los médicos encontraron una malformación arteriovenosa. Foto Manuela LoriTuvo que aprender cosas desde cero —como usar su mano derecha al ser zurda— y también dejarse ayudar, a pesar de que ella siempre fue 100% independiente. “Fue complicado, primero empezar a dejar que los demás hagan las cosas por mí, ahora estoy amigada con esa idea, y después entrenar la mano derecha para que sea mi mano hábil”, cuenta la psicóloga.
Reconoce que, a pesar de todo, el hecho la ayudó a encontrar un rumbo en su vida, un objetivo. “Yo estaba muy perdida, creía que quizás mi destino iba a ser siempre el modelaje, lo superficial, la imagen. Después de lo que pasó pude encontrar un propósito, quiero compartir mi historia y ayudar en base a lo que viví”, narra Manuela como si hubiera sido un renacer.
En cuanto a su recorrido por el modelaje, al principio quiso ocultarles a las agencias que había padecido un ACV, pero a la larga se dio cuenta que no iba a ser tarea fácil. Su modo de caminar la delataba y al pedirle los directores que levantara ambas manos, sólo mostraba una. “Tenía que empezar a decir la verdad, cuando me animé a contarlo me di cuenta de que me liberé un poco”, admite Manuela.
Manuela Lori, en una campaña que hizo antes del ACV. Foto InstagramDesde el momento del accidente siguió con castings, pero no la volvieron a elegir en ninguno. Al pensar en el proceso de selección remarca que “no vi inclusión en cuanto discapacidad” y toma como un gran referente a Verónica Perdomo, quien también sufrió un ACV.
Hoy, luego de casi tres años del episodio, Manuela Lori ya no tiene miedo y confía que todavía quedan muchos objetivos por cumplir: “Hay que agradecer y vivir el día a día”.
La voz de un especialista: ¿por qué el ACV ya no es solo una afección de mayores?
El caso de Manuela no es una excepción. El ACV en personas jóvenes representa entre el 10 y el 15% de todos los casos, según explica el neurólogo Matías Alet.
El año pasado, la Sociedad Neurológica Argentina presentó el estudio JACARANDA, el mayor registro nacional sobre esta problemática, con pacientes de 18 a 50 años atendidos en 26 centros del país entre 2015 y 2023.
De casi 19.000 pacientes con ACV isquémico, 1.422 eran adultos jóvenes. «Casi 1 de cada 13 ACV isquémicos ocurrió en una persona joven», resume Alet.
Las causas en este grupo etario son más variadas que en los adultos mayores. Mientras que en una persona de 75 u 80 años el ACV suele relacionarse con hipertensión, aterosclerosis o fibrilación auricular, en los jóvenes hay que buscar más lejos.
En el Hospital FLENI de Escobar realizó sus sesiones de kinesiología, iba dos veces al día. Foto Manuela LoriLa causa más frecuente es la disección arterial: una lesión en la pared interna de una arteria del cuello o del cerebro que puede favorecer la formación de un coágulo. Puede aparecer de forma espontánea o asociarse a traumatismos menores, movimientos bruscos del cuello o predisposición individual.
Hay algo que preocupa especialmente a los especialistas: el aumento de factores de riesgo a edades cada vez más tempranas. «Muchos factores que antes se veían más en adultos mayores aparecen cada vez antes: hipertensión arterial, tabaquismo, obesidad, sedentarismo, diabetes», señala el especialista.
En Argentina, según JACARANDA, los tres factores más frecuentes en pacientes jóvenes fueron la hipertensión, el tabaquismo y la obesidad.
No todos los ACV son iguales. El ACV isquémico —el más frecuente— ocurre cuando una arteria se tapa por un coágulo. En el ACV hemorrágico, en cambio, hay un vaso sanguíneo que se rompe y un sangrado dentro o alrededor del cerebro.
El tratamiento cambia por completo según el tipo. En el isquémico se busca restablecer el flujo de sangre; en el hemorrágico, el foco está en controlar la presión y tratar la causa del sangrado.
En el ACV isquémico existe un tratamiento clave: la trombolisis, que puede administrarse dentro de las primeras 4/5 horas desde el inicio de los síntomas. Cuanto antes se aplica, mayores son las chances de reducir secuelas.
«Encontré un propósito de vida», revela Manuela luego del ACV. Foto Manuela LoriSin embargo, uno de los principales obstáculos es la demora en reconocer lo que está pasando. «Todavía se subestima el ACV en jóvenes. Muchas veces el paciente, la familia o incluso el sistema de salud no piensan en ACV porque ‘es muy joven’. Eso puede hacer perder oportunidades de tratamiento», advierte el neurólogo.
Para no perder esas horas críticas, los médicos recomiendan recordar la regla BE FAST: pérdida del equilibrio (balance), alteración de la visión (eyes), asimetría en la cara (face), debilidad en un brazo o pierna (arm), dificultad para hablar (speech) y llamar a emergencias de inmediato (tiempo), sin esperar a ver si los síntomas «se pasan».
El impacto de atravesar un ACV en la juventud no es solo físico. «Una persona joven puede estar trabajando, estudiando, criando hijos, proyectando una familia; y un ACV interrumpe de golpe esa continuidad«, dice Alet.
Miedo a la recurrencia, ansiedad, depresión y la sensación de «no ser el mismo» son consecuencias frecuentes que muchas veces quedan invisibilizadas detrás de la recuperación física.
Maestría Clarín – Universidad de San Andrés









