Marcel Proust, Oscar Wilde y Dostoyevski: escritores tras las rejas

Marcel Proust, Oscar Wilde y Dostoyevski: escritores tras las rejas


Escribe Daria Galateria en el prólogo a Condenados a escribir (Impedimenta): “La vida entre rejas se parece bastante a la vida frente a un escritorio (…) Muchos escritores se han alegrado de la abundancia de tiempo y de la concentración que la cárcel impone a la fuerza”.

Y menciona algunos ejemplos de autores de los que se ocupa en el libro y sus circunstancias vinculadas a las cárceles: Marcel Proust, a quien la policía fichó como rentista tras una redada, hizo de su dormitorio una celda.

Luego agrega declaraciones textuales de algunos otros autores sobre los que investigó, como el Marqués de Sade: “Creéis haber realizado una gran hazaña, estoy seguro, condenándome a una abstinencia atroz de los pecados de la carne… Pues bien, os equivocáis: habéis encendido una luz en mi cabeza, me habéis empujado a crear fantasmas que algún día convertiré en realidad”.

Galateria es una escritora italiana, profesora de literatura francesa en la Universidad La Sapienza de Roma, autora de la edición canónica en italiano de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y traductora de autores como Diderot o Anatole France. Publicó, entre otros, el libro Trabajos forzados: los otros oficios de los escritores (Impedimenta, 2011), sobre las tareas que encaraban, entre otros, Franz Kafka, Dashiel Hammet y Antoine de Saint–Exupéry para sobrevivir y poder dedicarse a escribir.

En 2005 fue nombrada en la lista de miembros de la Orden de las Artes y las Letras (Ordre des Arts et des Lettres) una distinción honorífica otorgada por el Ministerio de Cultura de Francia. Algunas personalidades locales que obtuvieron el mismo reconocimiento fueron Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Alberto Ginastera, Manuel Mujica Láinez, Ernesto Sabato.

Ejemplos célebres

Otro de los ejemplos célebres con los que se encuentra el lector Condenados a escribir ya desde las líneas introductorias al libro es el de Fiódor Dostoievski: “He aprendido mucho de los condenados”, reconoce en ellas el escritor ruso, quien reunió en un cuaderno las formas de hablar y las reflexiones de sus compañeros de letrina.

Fiódor Dostoyevski. Foto: archivo Clarín

Los hermanos Karamázov, cuenta la autora, “se basa en un error judicial que le contaron durante su estancia en Siberia”. Cuando le preguntaban a Dostoievski con qué derecho pretendía hablar en nombre del pueblo ruso él mostraba sus pantorrillas todavía marcadas por los grilletes de hierro: “He aquí mi derecho”, expresaba.

Según la definición de la palabra, una cárcel –prisión o penitenciaría– “es un centro de detención autorizado para recluir a personas condenadas o bajo proceso penal, con el fin de castigar, gestionar la seguridad pública y facilitar la reinserción social”.

En su investigación Galateria se ocupó de indagar al detalle en las reclusiones de autores tan disímiles como Robert Louis Stevenson, Jack London, Ezra Pound, Norman Mailer, Oscar Wilde o Paul Verlaine, entre otras decenas de nombres, que vivieron en distintas épocas y fueron privados de su libertad por motivos tan diferentes como robo a mano armada, sustracción de obras de arte, difamación, homicidio, conspiración o composición de poemas elegíacos a la muerte de Hitler.

El caso de London, autor norteamericano de Colmillo blanco, La llamada de lo salvaje y otra gran cantidad de cuentos y novelas en las que la búsqueda, justamente, de la libertad extrema se produce en la naturaleza, fue haber recibido en 1894 una condena de treinta días de arresto por haber sido encontrado “en estado de vagabundeo”.

En rigor, se había unido a una marcha de protesta organizada por un general de la guerra de Secesión, en la que miles de desempleados se manifestaron entre Oakland a Washington para apoyar un proyecto de obras ligadas al ferrocarril que, en plena crisis económica, les permitía ilusionarse con miles de nuevos puestos de trabajo.

El escritor, poeta y dramaturgo británico de origen irlandés, Oscar Wilde, es especialmente conocido por su única novela, El retrato de Dorian Gray (1891) que indaga sobre el mito de la eterna juventud. Un joven rico y de gran belleza descubre al haber sido pintado en un retrato, en plena era victoriana, la tristeza que le produciría envejecer. Al desear que eso no sucediera nunca decide hacer un pacto para que quien envejezca sea el cuadro y no él, que se mantiene joven, bello y entregado a la lujuria.

Oscar Wilde. Foto: archivo Clarín

Es también sabido que el escritor pasó un duro período de su vida en la cárcel: el 3 de abril de 1895 se iniciaron tres procesos en su contra. “El octavo marqués de Queensberry, excéntrico lord escocés ‘conocido en todos los ambientes deportivos’, había dejado una nota injuriosa para Wilde en su club en la que lo acusaba de hábitos inmorales; para ser exactos, de ‘alardear de sodomita’.

Wilde, que mantenía relaciones con el hijo del marqués, el joven lord Douglas, incoó contra el padre un pleito por difamación”, se cuenta en Condenados a escribir.

En el interrogatorio que se realizó durante el proceso leyeron a Wilde fragmentos de su novela en los que se hablaba de un hombre que “adoraba apasionadamente a un muchacho”, y le preguntaron si conocía ese sentimiento.

“El escritor respondió que nunca había adorado a nadie que no fuera él mismo y que, en cualquier caso, esas frases incriminatorias estaban extraídas de los sonetos de Shakespeare. Wilde era un acusado mucho más brillante de lo que se acostumbraba a ver en el tribunal, y el público –del que estaban excluidas las mujeres– se reía bien a gusto”, escribe Galateria.

Durante su condena, Wilde sufrió tortura física y aislamiento que agravaron su salud. En ese período compuso su carta De Profundis, una epístola penitencial inspirada en el salmo 130 de La Biblia, publicada por su albacea literario en 1905, cinco años después de la muerte del escritor y dramaturgo.

Divertido cuando lo detuvieron

Ser novelista, cuentista, poeta y ensayista no es garantía de que no se irá a parar a la cárcel. Eso pudo comprobar Robert Louis Stevenson, quien se mostró divertido cuando lo detuvieron por su aspecto al considerarlo un vendedor ambulante de fotos pornográficas primero y un mendigo después, aunque ya no le causó tanta gracia cuando un gendarme le pidió los documentos, que él no tenía, y entonces lo envío ante un brigadier. En su mochila encontraron poesías de Charles d’Orléans, motivo suficiente para considerarlo un espía alemán políglota y enviarlo preso.

El escritor Robert Louis Stevenson. Archivo Clarín.

“Louis ha vuelto hoy de Francia con una mochila y nada más”, escribió su madre en el diario en el que tomaba notas de su vida. “¡Lo han tenido en la cárcel dos horas y se lo han quitado todo, incluso el pañuelo, por miedo a que se ahorcara!”.

“Al ver que mete la mano en el bolsillo donde guarda la pistola, Rimbaud, con sus famosas ‘suelas de viento’, se gira y sale volando; en su carrera se aferra a un policía, Auguste Michel, a quien pide ayuda”, cuenta el libro. La ayuda era para que lo protegiera del poeta francés Paul Verlaine, quien le había prometido portarse bien al implorarle que se vieran en Bruselas. Rimbaud había aceptado a pesar de los antecedentes en sentido contrario y llegó el 8 de julio de 1873 al hotel de la capital belga en el que se encontraron.

El dúo de poetas estaba acompañado por la madre de Verlaine, quien días después fue casi testigo presencial del disparo de su hijo contra la muñeca izquierda de Rimbaud en una habitación de hotel. “Estaba –diría Rimbaud al juez en su declaración– desesperado y lleno de remordimiento”.

Paul Verlaine. Archivo Clarín.

Verlaine fue trasladado a la prisión acusado de homicidio, donde fue recibido con comentarios en flamenco “y sonrisas socarronasfáciles de interpretar; el guardia le señala un grupo que pela patatas de pie, y el poeta se les une resignado”.

Unas semanas después, cuenta Galateria, sus condiciones de encierro mejoraron, cuando el director del penal vio que a aquel prisionero de historial no del todo intachable le llegó una carta de alguien que pedía por él: “Mi pobre poeta, ánimo y vuelva a la verdad”. Estas palabras de ayuda llegaron nada más ni nada menos que de la pluma de Víctor Hugo.

Condenados a escribir, de Daria Galateria (Impedimenta).

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