Por qué la sexualidad en la vejez es un tema poco aceptado

Por qué la sexualidad en la vejez es un tema poco aceptado

La cultura enseñó que a partir de cierta edad el cuerpo deja de ser territorio de placer para volverse un objeto exclusivamente médico, algo que se cuida, se monitorea, se repara, pero no se disfruta.

Se sexualiza intensamente a los jóvenes y se desexualiza por completo a los viejos, como si el deseo fuera patrimonio solo de cuerpos firmes y cuando la realidad desmiente esa ficción -un abuelo con una nueva pareja, una mujer mayor que habla de su deseo sin pedir permiso- la reacción suele oscilar entre la burla y la incomodidad.

Muchos adultos mayores ni siquiera consultan a sus médicos por problemas sexuales, porque asumen que son esperables para la edad, y muchos médicos no preguntan porque comparten el mismo prejuicio que sus pacientes. Ese silencio compartido es, quizás, el síntoma más elocuente de todos.

Pero la sexualidad no tiene fecha de vencimiento biológica, lo que cambia es su forma. El deseo se vuelve menos urgente y más deliberado, menos centrado en la genitalidad y más distribuido en el cuerpo entero, en la piel, la mirada sostenida, la complicidad compartida.

Muchas parejas mayores describen una intimidad más rica que la de sus años jóvenes, precisamente porque ya no está atravesada por la ansiedad del rendimiento ni por la comparación constante que domina en el deseo juvenil.

Durante la juventud, la sexualidad suele estar al servicio de confirmar la propia identidad y se busca ser atractivo, seducir, y muchas veces se termina midiendo el propio valor a través de la respuesta del otro.

El cuerpo funciona como una carta de presentación, y el encuentro sexual se convierte en un escenario donde se juega la autoestima antes que el deseo mismo.

Cuando el cuerpo envejece y deja de responder a los ideales estéticos vigentes, muchas personas sienten que ya no pueden ser objeto de deseo.

En realidad lo que casi siempre disminuye no es la sexualidad sino la confianza en la propia capacidad de despertar interés en otro.

Y ahí aparece una tarea silenciosa que se parece a un duelo dado que hay que despedir al cuerpo joven, con todo lo que representaba, para poder habitar el cuerpo actual sin sentirlo como una pérdida.

Quienes logran atravesar ese duelo -no negarlo, no taparlo con cirugías o promesas de eterna juventud, sino elaborarlo- descubren algo que no esperaban.

Al disminuir la presión por rendir o impresionar, aparece un espacio para una intimidad distinta y las caricias recuperan protagonismo, las conversaciones se vuelven parte del encuentro amoroso y el placer deja de depender sólo del desempeño físico.

Esto es especialmente visible en la viudez y en las parejas nuevas después de una pérdida, terreno cargado de prejuicios ajenos ya que los hijos adultos a veces reaccionan con extrañeza u hostilidad cuando un padre o una madre viudos inician un vínculo afectivo y sexual, como si ese deseo tardío traicionara la memoria del otro o resultara simplemente impropio de la edad.

Detrás de esa incomodidad suele haber algo más difícil de admitir: el pensar a los propios padres como personas con deseo sexual, un prejuicio que empieza antes de la vejez y que en muchos hijos persiste en cualquier etapa de la vida.

Cuando el erotismo deja de tener que probar algo, la intimidad, en esa etapa, deja de ser un encuentro entre dos cuerpos para volverse el encuentro entre dos biografías.

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