A cuarenta años de su muerte, acá en Ginebra, y a corta distancia de donde vivió Borges en esta ciudad de 1914 a 1918, se presentó ayer sábado, en una sala de la Maison Rousseau et Littérature, el libro ilustrado Borges, la colección, de Alejandro Roemmers y Alejandro Vaccaro, propietario y curador del catálogo respectivamente. Participó también Roberto Alifano, autor de numerosos libros de conversaciones con Borges y heredero de su confiable bastón irlandés.
Ahí nomás, «las calles dudosas de la ciudad vieja», como dijo él mismo en una carta, a metros de donde Borges hizo sus primeras armas en la lectura, con los libros que lo marcaron a fuego: «Ya era la que sería», podría decirse, repitiendo su descripción de Emma Zunz en el cuento homónimo. La historia de pendientes ascendentes y descendentes de Borges con las mujeres, de hecho, da comienzo en esta despareja ciudad hecha de desniveles, espejismos y variaciones de altura.
La Maison Rousseau –Borges no era fanático– vio multiplicar las ficciones del venerado autor resucitándolo con una animación creada con IA, que respetó su saco y corbata y subrayó así el elegante anacronismo de lo que solía ser un escritor.
Vaccaro explicó de qué forma una colección es una mezcla paradójica de azar y adicción y reclamó por la repatriación de los restos de Borges, cuyo destino –un término y una sentencia que siempre se evalúa a posteriori y que Borges elegía acatar– quiso que muriera acá, cerrando un círculo iniciado aquella noche de lluvia en que su familia desembarcó por primera vez en esta ciudad, a la que regresó no pocas veces y evocó siempre con una facilidad y un afecto que aconseja prudencia. Las motivaciones nunca son monolíticas ni todas visibles, y el destino no está a cargo de un solo coronel.
La familia de Borges vivía en el barrio antiguo, cerca del Collège Calvin, en la ex calle Malagnou. Foto: gentileza.Por su parte, Roemmers recordó que el edificio vecino de la Maison Rousseau –donde nació el filósofo y escritor suizo– es donde Borges pasó apenas sus últimas 48 horas de vida (aunque una placa aspira a insinuar una mayor extensión de esa estadía). Roberto Alifano recordó la manía de Borges de regresar a sus textos para seguir corrigiéndolos, años después de publicados: «Soy el dueño de este texto y tengo derecho a mejorarlo», solía razonar.
Materiales vivos
El gran tomo de Borges, la colección pesa como una lápida pero el material de su interior no puede estar más vivo. Las cubiertas de primeras ediciones nos recuerdan que en un día puntual del pasado Borges estaba recién estrenado y tuvo la ilusión y la realidad de unos pocos primeros lectores para cada resplandor.
Manuscritos (entre el arabesco domado y la filigrana recortada), dedicatorias, colecciones que dirigió como artífice y promotor (devolviendo una deuda contraída con sus autores dilectos), revistas en las que tradujo y colaboró, libros suyos en traducción, retratos artísticos (de su hermana Norah Borges a Sábat, Presas y Alonso). Documentos, objetos y epistolario del círculo familiar y de amigos. En la Maison Rousseau se exhiben algunas cartas y postales de su determinante etapa suiza.
Alejandro G. Roemmers recordó que el edificio vecino de la Maison Rousseau –donde nació el filósofo y escritor suizo– es donde Borges pasó apenas sus últimas 48 horas de vida. Foto: gentileza.El aura de las fotos (si alguien lo ve sin saber nada de él, puede inferir fácilmente que se trataba de alguien tocado por algún dios poco distraído) nos recuerda que él no se veía, que no se vio durante casi cuarenta años. Se adivinaba. Entre otras cosas, no pudo apreciar eso mismo, su evidente fotogenia vática. Como si a pesar de su ceguera, hubiera sabido posar.
Fue en Ginebra –otra y la misma– donde un joven Borges le agarró odio a las raíces cúbicas algebraicas; después, a modo de revancha, se propondría problemas en hipótesis más complejos. Fue acá donde empezó a aprender a traducirse. Su familia vivía en el barrio antiguo, cerca del Collège Calvin, en la ex calle Malagnou, ahora rebautizada Fedinand Hodler, en homenaje al pintor que Borges terminaría mencionando.
Esa calle sigue siendo levemente empinada, con una vasta vista y las cúpulas de la iglesia rusa a tiro detrás de un alto descampado. Al fondo, como entonces, el silencio no comprado de los Alpes. En la autobiografía dictada que publicó por primera vez en el New Yorker señaló: «Todavía conozco a Ginebra mucho mejor que a Buenos Aires, lo que se explica fácilmente porque en Ginebra no hay dos esquinas que sean iguales, y uno aprende rápidamente las diferencias. Cada día caminaba a lo largo del Ródano, un río verde y helado, que corre por el centro de la ciudad y que es atravesado por siete puentes totalmente diferentes entre sí».
La familia de Borges vivía en el barrio antiguo, cerca del Collège Calvin, en la ex calle Malagnou. Foto: gentileza.Con Ginebra de fondo aludió a «la tentación del suicidio», como trazando con la navaja de Ockham o un cortaplumas suizo un tajo en un lago manso.
Ciudad que, como Borges, no se deja capturar, Ginebra es de hecho la única ciudad que pudo hacerle sombra a Buenos Aires en su íntimo panteón geográfico. Bioy Casares precisaría estas cuestiones meses después de la muerte de Borges, en febrero de 1987: «Más de una vez afirmé: ‘Borges me dijo que para morir da lo mismo un sitio que otro. Ginebra no era para él un destierro. La recordaba siempre con nostalgias».
Una asociación local con un pie argentino, «Los conjurados», organiza informados y entretenidos tours a cargo de Marcos Liyo y es así como, entre otras cosas, el paseante puede enterarse de que en Suiza los alumnos que asisten a escuelas del Estado lo hacen por cercanía, sin derecho a elegir. O que en el camino es en lo lateral –una muralla de piedra que quizá rozó su portafolio escolar o un jardín elevado por el que seguro paseó– que por segundos un excursionista raptado percibe –acaso de una manera similar al efecto telescópico de la casi nula vista de Borges– ráfagas de luz.
Ginebra no es enfática
Fue aquí en Ginebra que este maestro de las transposiciones regresó de su visita en sus últimos años y que le hizo dictar lo siguiente, incluido en el libro titulado Atlas: “A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la «ciudad vieja», perduran las campanadas acompasadas y las fuentes de agua potable, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales. Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo«, remataba, a lo mejor insinuando que podría adelantar las fechas de esa profecía.
Fue acá en Ginebra donde su admirado Conrad situó su visionaria novela Bajo la mirada de Occidente. Pero Borges –que en sueños veía– prefería La línea de sombra. Fue la excusa de consultar a un oculista la que pretextó su padre para mudarse esos años con la familia a Ginebra.
El edificio vecino de la Maison Rousseau –donde nació el filósofo y escritor suizo– es donde Borges pasó apenas sus últimas 48 horas de vida. Foto: gentileza.Es lo que llevó a James Joyce a Zurich, donde está enterrado y cuyo destino Borges no sabía que imitaría cuatro décadas después cuando redactaba su poema «Invocación a Joyce»: «Tú, mientras tanto, forjabas / en las ciudades del destierro, / en aquel destierro que fue / tu aborrecido y elegido instrumento, / el arma de tu arte».
Es curioso que en los dos hayan convivido, ordenada y desordenadamente, lo clásico y lo disruptivo. Los dos se inventaron una clave para ser leídos (la persona y la obra), y en sendos casos son sus líneas las que mejor vuelven a urdir un aura, un mito nada unánime, una trama indivisible.
«Borges es siempre mejor en español», señalaba el lúcido crítico y traductor peruano Luis Loayza, que fue vecino muchos años del sol y la nieve de Ginebra. El ensayista Alberto Manguel y la académica Annick Louis darán esta tarde conferencias en la Maison Rousseau, pero antes leerán, en castellano y francés, poemas junto a su tumba. (Y un día el mundo llegó a la ciudad donde casi nunca pasa nada: por la gran manifestación que se espera este domingo contra el G7 que se celebra cerca, en Évian–les–Bains, el cementerio permanecerá cerrado, pero un permiso especial gestionado por el guía Marcos Liyo permitirá por un rato el ingreso de algunos devotos intrusos).
Una asociación local con un pie argentino, «Los conjurados», organiza informados y entretenidos tours a cargo de Marcos Liyo. Foto: gentileza.La inscripción de la lápida es un guiño condensado del poema narrativo anglosajón La batalla de Maldon y a su vez un refraseo de la sentencia bíblica «Noli timere» (no temas). Dragón manso e incansablemente ocurrente, Borges ejerció su no escaso coraje sin darse cuenta o sin darse aires.
Es la tumba más visitada en este «Cementerio de los Reyes» en el barrio de Plainpalais, jardín cercado, más insolado que penumbroso, nada irreal, donde descansa junto a Alberto Ginastera y Ernest Ansermet, y donde es oportuno evocar las frases hondas y certeras que a Borges le dedicó su colega y amiga Silvina Ocampo: «Le gusta quedarse como si partiera; partir como si se quedara. En todos sus viajes busca a Buenos Aires como el pájaro busca su nido y el perro su cucha, Encuentra su país en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Suiza, en Escocia, en España».
La de Borges es la tumba más visitada en este «Cementerio de los Reyes» en el barrio de Plainpalais. Foto: gentileza.Según las variaciones de la luz y la frecuencia con que uno se tope con callecitas de serenos recortes geométricos, Ginebra sabe ser rápidamente mágica, a pesar de no tener librerías a la altura de Borges ni de nadie. Pero como lo resumió Pierre Drieu La Rochelle al visitar Argentina en los años 30, «Borges vale el viaje».










