Cuando los zapatistas emergen del túnel y entran en la cancha, la multitud se funde en un grito: “¡E-Zeta-Ele-Ene! ¡E-Zeta-Ele-Ene!”. Es tremendo el entusiasmo por un equipo formado por 11 hombrecillos que llegan con su inevitable pasamontañas y unos shorts y jerséis que les quedan demasiado grandes. El partido, de principio, es disparejo. Los soldados del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se enfrentan a un combinado de veteranos futbolistas, capitaneados por Javier Aguirre, El Vasco. Es un inusual lunes 15 de marzo de 1999. El evento convoca a 6.000 personas en el estadio Jesús Martínez Palillo, en el centro de Ciudad de México. Cuentan las crónicas de la época que los zapatistas, flacos, morenos, que no pasaban de 1,65 de altura, ni siquiera calentaron antes del partido. Estaban a punto de lanzarse tras el balón calzando sus botas militares, pero varios aficionados se solidarizaron y les prestaron algunos pares de tenis.









