«Antes era válido acusar a quienes historiaban el pasado de consignar únicamente las «gestas de los reyes». Hoy día ya no lo es, pues cada vez se investiga más sobre lo que ellos callaron, expurgaron o simplemente ignoraron«. Así comienza el libro legendario del historiador Carlo Ginzburg, que lo volvió referencia en una disciplina dentro de la suya y que hoy es sinónimo de su trayectoria. El libro, El queso y los gusanos (1976); el área, la microhistoria. Hoy la micro y la macrohistoria están de duelo, pero también miles de lectores no especializados que se dejaron seducir por la aventura de ese molinero llamado Domenico Scandella, al que todos le decían Menocchio, que nació y vivió entre los años 1532 y 1601 en las colinas del Friul y que fue rescatado del anonimato por un académico distinto.
Cuando el libro fue publicado, Carlo Ginzburg ya era doctor en Filosofía por la Universidad de Pisa. El mundo de las ideas no le era ajeno, ya que sus padres también eran académicos: la escritora italiana Natalia Ginzburg (1916-1991) y el intelectual Leone Ginzburg (1909-1944), que lo vieron nacer en 1939 en Turín. “Mi privilegio no fue solo criarme rodeado de libros, también lo fue tener modelos”, decía Carlo a propósito de ese nido familiar que lo educó, en más de un sentido.
La carrera profesional de Carlo Ginzburg lo llevó a dictar clases en la Universidad de Bolonia y en la Universidad de California en Los Ángeles hasta 2006, al tiempo que dictaba cursos en la Scuola Normale Superiore di Pisa e instituciones estadounidenses como Harvard, Yale y Princeton. En la Argentina, visitó la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Nacional de San Martín (Unsam).
Pero antes de eso, hubo un molinero acusado por la Inquisición. «Este libro narra la historia de un molinero friulano –Domenico Scandella, conocido como Menocchio– muerto en la hoguera por orden del Santo Oficio tras una vida transcurrida en el más completo anonimato. Los expedientes de los dos procesos en que se vio encartado a quince años de distancia nos facilitan una elocuente panorámica de sus ideas y sentimientos, de sus fantasías y aspiraciones«, explica el propio Ginzburg en El queso y los gusanos.
Tras publicar este libro, el historiador quiso ir por más y, en 1979, Ginzburg hizo una petición al papa Juan Pablo II para que abriese los Archivos de la Inquisición. Nunca recibió respuesta a ese reclamo, pero doce años más tarde un grupo de universitarios logró acceso para revisar el material de esos archivos. Hubo que esperar hasta 1998 para que el acceso fuera parcialmente habilitado para investigadores bien calificados.
Solo cuando Benedicto XVI se transformó en papa se supo que en la decisión del Vaticano de abrir aquellos archivos había tenido un papel decisivo aquella antigua carta de Ginzburg.
Pero ¿cuál era el crimen que llevó al molinero a la muerte? Según el pensamiento de Menocchio, Dios no había creado el mundo. El hombre pensaba que el planeta se había generado a partir de un caos primigenio, del que habrían surgido Dios y los ángeles, como los gusanos del queso. «Con una terminología embebida de cristianismo, de neoplatonismo, de filosofía escolástica, Menocchio intentaba expresar el materialismo elemental, instintivo, de generaciones y generaciones de campesinos», apunta el historiador en el libro.
Ginzburg recorre las posibles lecturas del molinero, se pregunta por sus lazos sociales y por las huellas de la cultura popular en la que estaba inserto. «Es preciso comenzar a partir del elemento más vistoso del lenguaje de Menocchio: su densidad metafórica. Son metáforas que incorporan palabras de la experiencia cotidiana a las que ya hemos hecho referencia: «niño en el vientre de la madre», «rebaños», «carpintero», «queso» y así sucesivamente», escribe en el libro.
Las lecturas y su propia vida germinaron de manera singular en la mente de Menocchio, ya que el molinero interpretó de manera errónea muchos pasajes, o sacó de ellos conclusiones más atrevidas que las que el texto permitía, en lo que ve una prueba de que las ideas provenientes de esa mentalidad popular estaban mediatizando su lectura.
Según Ginzburg, las ideas de Menocchio no pueden explicarse únicamente a partir de posibles influencias como las del luteranismo, el anabaptismo o el islamismo (se cree que Menocchio pudo haber leído una traducción italiana del Corán), sino que deben insertarse en el contexto de una cultura popular que, si bien entra en relación con la cultura de las clases dominantes, no es un mero reflejo de esta.
El molinero fue condenado a muerte por el inquisidor de Aquileia y Concordia e incluso «el jefe supremo del catolicismo, el papa Clemente VIII en persona, bajaba su mirada hacia Menocchio, convertido en miembro infecto del cuerpo de Cristo, y exigía su muerte», escribe el historiador.
Menocchio fue ejecutado. «Sabemos muchas cosas de Menocchio. De este Marcato, o Marco –y de tantos otros como él, que vivieron y murieron sin dejar huellas– no sabemos nada«, concluye Carlo Ginzburg su libro.










