“La educación puede considerarse el principal acelerador de nuestro cerebro”, afirma el neurocientífico francés Stanislas Dehaene. La frase resume una idea que los estudios del cerebro conocen desde hace décadas: nacemos con circuitos cerebrales que requieren de la interacción con el ambiente para desarrollarse, ya que el cerebro madura en diálogo permanente con las experiencias de vida.
Para lograrlo se necesita un ambiente estimulante desde lo cognitivo, pero también seguro desde lo afectivo, con adultos disponibles y presentes. Los adultos somos parte fundamental del ambiente y educamos de algún modo desde los distintos roles que ocupamos: como padres, docentes, entrenadores, abuelos, o referentes de la comunidad.
Esta situación nos otorga un enorme potencial y también la responsabilidad de ser promotores del desarrollo y del cuidado de la salud mental y cerebral de niños y adolescentes. Pero, ¿qué lugar le corresponde a la escuela en esta tarea?
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Responder esa pregunta implica hablar de aprendizaje y enseñanza. Hoy sabemos que aprender no consiste en repetir datos de manera mecánica. Cuando la información se memoriza sin comprensión, suele olvidarse con facilidad. Aprender implica algo más profundo: relacionar los contenidos que se enseñan con las habilidades intelectuales necesarias para comprenderlos, utilizarlos y transferirlos a nuevas situaciones.
Si en Historia lo que se propone es repetir una definición de manual sobre qué es la revolución industrial, sus causas y consecuencias es probable que ese contenido pueda recuperarse para un examen, pero también que se debilite y se olvide con el tiempo.
No es lo mismo si usamos ese conocimiento para analizar un documento histórico, proponer soluciones para problemas sociales, debatir ideas y fundamentar posiciones o elaborar producciones propias. Así, la información deja de ser solo un fin en sí misma.
El problema es que muchas veces eso suele exigirse, pero no enseñarse de manera explícita. Leer y comprender, redactar, resumir, resolver problemas, planificar, tener paciencia cognitiva para sostener tareas complejas y regular la atención son procesos que no deberían darse por supuestos.
Enseñar cuáles son las estrategias intelectuales que cada estudiante usa para aprender, es también una forma de ampliar oportunidades, porque aunque con los años olvidemos muchos de los contenidos que aprendimos en la escuela, permanecen las habilidades y herramientas construidas en ese proceso.
Philippe Meirieu sostiene que la democratización de la educación no consiste solo en garantizar el acceso a la escuela, sino en lograr que todos aprendan, lo que también implica contemplar la diversidad de un aula. Al enseñar, es fundamental tener en cuenta que, si bien existen procesos cognitivos y neuropsicológicos universales que hacen posible el aprendizaje, estos se expresan de manera singular en cada persona.
Hay una condición primera que hace posible cualquier aprendizaje: la atención»
Hoy la neuropsicología aporta herramientas para nombrar esas diferencias, comprenderlas e identificar cuándo pueden ser facilitadoras u obstáculos para las experiencias de aprendizaje. Esto implica ir más allá de lo observable para comprender los procesos que sostienen esas diferencias, evitando confundirlas con falta de esfuerzo, de voluntad y con lecturas superficiales que devienen en etiquetas estigmatizantes. Este conocimiento nos permite traducir esa comprensión en estrategias pedagógicas concretas, organizando ambientes de aula con variedad de recursos y propuestas.
Ahora bien, hay una condición primera que hace posible cualquier aprendizaje: la atención. Es la puerta de entrada que permite que la información ingrese para ser procesada, asociada con conocimientos previos, resignificada y consolidada. Y acá aparece uno de los principales retos de la escuela contemporánea: educar la atención.
Las neurociencias muestran que atender implica un esfuerzo activo y que la capacidad atencional varía entre los alumnos de un mismo grupo, pero no depende solo de las características individuales. Por eso es necesario diseñar situaciones de aula donde la atención no tenga que “prestarse”, sino que las propuestas tengan relevancia y sentido para los estudiantes, estimulen su curiosidad y activen su atención.
Para diseñar mejores ambientes de aprendizaje, es necesario pensar en aquellos estímulos que compiten con la tarea, y el principal competidor es el celular ¿prohibirlos o permitirlos? La evidencia reciente muestra que el celular constituye una fuente importante de distracción en el aula, sobre todo para cerebros que todavía están desarrollando su capacidad de autorregulación de la conducta y que están expuestos de manera sostenida a la multitarea digital y a una modalidad de atención propia de las redes sociales, basada en la novedad y la recompensa inmediata.
Informes recientes muestran que Argentina se encuentra entre los países en los que los propios estudiantes reportan mayores niveles de distracción asociados al uso del celular en las aulas. Esto sugiere algo más profundo: la forma en que nos concentramos también se modifica con la experiencia. La plasticidad cerebral demuestra que el cerebro se adapta a aquello que hacemos de manera repetida, por lo tantotambién en nuestras formas de atención.
Para muchos niños y jóvenes, la escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde dedicar tiempo a comprender el mundo, encontrarse con los libros, hacerse preguntas e imaginar otros mundos posibles. Tal vez ese sea hoy uno de sus desafíos más importantes: no solo transmitir conocimientos, sino generar oportunidades para que las nuevas generaciones se reconozcan como sujetos capaces de construirlos.
Sabemos que la educación cambia el cerebro y que aquello que se construye en las experiencias de aprendizaje acompaña a las personas mucho más allá de la infancia, contribuyendo a su salud cerebral durante toda la vida.









