Cuatro años después, cuando Andy García Lorenzo fue excarcelado, el castrismo todavía estaba ahí, en el poder. El país era un país peor, con menos luz, menos agua y menos comida —o más cara— que antes. El barrio en Santa Clara tampoco era el de siempre, o al menos el que él había conocido hasta sus 23 años, cuando la policía política cubana lo encarceló: la casa permanecía intacta, “como detenida en el tiempo”, pero la abuela había muerto, los padres estaban avejentados, el vecino que dejó siendo un niño ahora era un adolescente, y el que dejó de adolescente ya se había marchado o averiguaba la manera de marcharse de Cuba. García Lorenzo también había cambiado; la prisión no lo domesticó, más bien lo curtió, lo hizo “más libre”. Aquel 11 de julio de 2021 aún le resuena en la cabeza.












