“El caos no es un pozo, es una escalera”. La frase es de Game of Thrones, la serie de HBO que fue furor entre 2011 y 2019, pero parece escrita para este momento de traiciones, alianzas e intrigas que atraviesa la FIFA conducida por Gianni Infantino, el rey que ve amenazada como nunca su corona. Tanto en la ficción como en la realidad, la lucha por el poder es constante, pero cualquier descuido puede convertir la tensión en guerra. Y eso es justamente lo que empieza a ocurrir ahora.
El paso en falso de Infantino fue la idea de abrir parte de los negocios de la FIFA al capital privado. No le alcanzó con todas las innovaciones que impulsó en sus diez años al frente de la organización, como ampliar de 32 a 48 la cantidad de selecciones en los Mundiales, coquetear con la posibilidad de llevar el torneo de 2030 a 64 equipos -que, de por sí, se disputará en seis países y tres continentes distintos- o celebrar la primera edición de un multitudinario Mundial de Clubes. Su gestión también lo mostró sonriente en Medio Oriente, cercano a los jeques e íntimo de Donald Trump en la Casa Blanca, mientras fortalecía lazos en distintos puntos del planeta, especialmente en Sudamérica.
Sin embargo, otra enseñanza que deja Game of Thrones es que ganar batallas no implica ser invencible. Y al ítalo-suizo le llegó su propia Boda Roja, el capítulo más dramático de la saga escrita por George R. R. Martin. Había atravesado con éxito el Mundial 2026, le había entregado la Copa del Mundo a España y había celebrado la presencia de Lionel Messi hasta el último partido. Pero unos días después dio un paso más: impulsó la creación de FIFA Forward Enterprise (FFE), una nueva empresa comercial valuada en unos 20.000 millones de dólares, separada de la estructura tradicional de la FIFA y destinada a gestionar los negocios y las competencias de la organización. La iniciativa contemplaba vender hasta el 20 por ciento de esa compañía a inversores privados y recaudar unos 4.200 millones de dólares. En resumen: un negocio multimillonario que encendió la interna.
Tantos viajes y apretones de manos con Trump y los jeques llevaron a Infantino a cruzar un límite que el ambiente del fútbol, en especial quienes aguardaban una oportunidad para atacarlo, no dejó pasar. Entonces apareció la UEFA, con cuentas pendientes desde hacía varios años, y el efecto dominó generó consecuencias que se actualizan día a día, comunicado tras comunicado, a través de apoyos, críticas y hasta pedidos de renuncia.
La polémica obligó a desenvainar las espadas y el escenario quedó dividido entre quienes respaldan la conducción de la FIFA y quienes ven la oportunidad de disputarle el Trono de Hierro. En el primer grupo aparecen los que mantienen una buena relación con Infantino y comparten proyectos a corto plazo. De ahí la adhesión de la Conmebol, especialmente de la AFA de Claudio Chiqui Tapia, agradecida por la confirmación de que la Argentina será anfitriona de uno de los partidos del Mundial 2030 y con el objetivo de recibir una fase de grupos si finalmente se amplía a 64 la cantidad de selecciones. Paraguay, Colombia -este viernes Infantino estuvo en la asunción del presidente Abelardo de la Espriella- y Venezuela están en la misma sintonía. En la Concacaf aparece México, que viene de organizar el tercer Mundial de su historia y es una de las pocas federaciones de la región que se expresó públicamente a favor de la actual gestión.
La carta más fuerte de Infantino está en África, el continente con mayor cantidad de votos y donde el presidente de la FIFA se reunió hace apenas unos días para reagrupar las tropas en plena crisis. El mitín se realizó en Rabat, la capital de Marruecos, donde la FIFA posee un fastuoso edificio que funciona como sede. El premio a tanta lealtad podría ser la final del Mundial 2030, que hasta ahora tenía al Santiago Bernabéu de Madrid como principal candidato, pero que también podría disputarse en el Hassan II, un estadio para 115.000 espectadores que se construye en las afueras de Casablanca. Egipto, Yibuti, Gambia y República Democrática del Congo son otros países africanos que se pronunciaron a favor. En Asia, hasta ahora lo hicieron Qatar, Sri Lanka, Bangladesh, Emiratos Árabes Unidos, Bután, Indonesia, Filipinas, Kuwait y Líbano.
Del otro lado del tablero aparece la UEFA, que reúne a varias de las federaciones y los clubes más poderosos del mundo, aunque eso por sí solo no garantiza los votos necesarios para desplazar a Infantino. Europa tiene reclamos estructurales, como los calendarios cada vez más cargados, pero también coyunturales, como la reciente intervención de Trump para anular una tarjeta roja durante el Mundial, episodio que generó un primer chispazo de indignación. La lista de los que alzaron la voz incluye a Gales, Inglaterra, Dinamarca, Finlandia, Rumania, Noruega, Alemania, Suecia, Grecia, Países Bajos, Croacia y Albania. Fuera de Europa, Jordania también aparece entre los opositores.
El camino hacia la presidencia de la FIFA tendrá dos fechas clave. La primera será el 18 de noviembre, cuando vencerá el plazo para presentar las candidaturas. De acuerdo con la normativa de la FIFA, cada postulante debe ser propuesto formalmente por al menos cinco federaciones miembro y cada asociación puede respaldar únicamente a un candidato. Después, las postulaciones quedarán sujetas al correspondiente control de elegibilidad.
El primer capítulo decisivo de esta batalla se escribirá, entonces, el 18 de noviembre. Hasta ese día habrá comunicados, alianzas y negociaciones para saber si la rebelión consigue algo más difícil que levantar la voz: encontrar un candidato capaz de enfrentar a Infantino.
La batalla final llegará en mayo de 2027, cuando el Congreso de la FIFA elija al presidente. Recién entonces se sabrá si Infantino consigue un nuevo mandato o si la oposición logra convertir el descontento en una alternativa capaz de disputarle el poder. Porque, como en Game of Thrones, para quedarse con el Trono de Hierro primero hay que sobrevivir a la guerra.










