Pasó en los dos lados: grupos de barras, en plena casa de San Lorenzo y de Racing, que se les plantan a los jugadores para tener una “conversación”. Después, voces, atemorizadas cuando no cómplices, salen a quitarle relevancia, con el cassette de que todo transcurrió “en buenos términos”.
Los “buenos términos” de los de San Lorenzo incluyeron la exigencia de una lista de los jugadores que no quieren jugar más en el equipo para pasársela al entrenador y que no los ponga más.
¿Más “buenos términos”? Que esta vez vinieron a hablar; la próxima será distinto. Esto, además de ir en intimidante cantidad a rodear al plantel en sectores internos del club.
Algunos hinchas comunes a los que San Lorenzo y Racing ya se pasan de rosca de ponerles a prueba la paciencia (que ya están con la paciencia al plato, digamos), a veces terminan justificando, en su ofuscación, que los barras aprieten a los jugadores.
A ellos, y a toda la gente, conviene recordarles quiénes son esos delincuentes, qué hacen, de qué viven, y cuáles son sus “buenos términos”. ¿No tienen sentimientos por sus clubes? Sí, posiblemente varios de ellos sí, se amarguen genuinamente, sufran, se tatúen escudos y copas. Pero, antes que nada, son barras.
Grupos de presión que viven de la extorsión y de negocios ilegales en torno al fútbol (“donaciones” bajo cuerda, reventa de entradas y pasajes, estacionamiento, venta de gaseosas y otras “yerbas”, pases de jugadores), que también trabajan para políticos y sindicalistas y en muchos casos tienen como ocupación regular el choreo, el crimen, el delito.
Cuando los barras se adueñan de los clubes caemos en los bordes de la desintegración, los lugares que dejen de ocupar los dirigentes legítimos y los socios, los tomarán ellos.
Y con ellos no hay “buenos términos”.












