cambié de carrera dos veces. ¿Pero acaso errar no abre puertas a lo que de verdad nos gusta?

cambié de carrera dos veces. ¿Pero acaso errar no abre puertas a lo que de verdad nos gusta?


Me equivoqué. No una sino dos veces. Es feo equivocarse o, por lo menos, a mí no me gusta. Y más con una decisión tan importante como mi futuro. Pero vamos de a poco.

En el secundario, siempre me gustaron las materias de sociales. Me encantaba la historia y la geografía. Odiaba las matemáticas y la física. Pobres ellas que no hicieron nada para que las odie y, aun así, las detestaba. Llegando a mi último año, apareció ese momento tan difícil donde hay que pensar hacia dónde ir, qué carrera elegir, pero nadie nos enseña cómo. ¿Cómo elijo entre tantas opciones? ¿Qué tomar como punto de partida? ¿Cómo decidir si no probé ninguna de esas cosas? Se vuelve completamente frustrante y da muchísimo miedo.

Da miedo no saber. ¿Qué pasa si elijo y me doy cuenta que no era la opción correcta? ¿Qué pasa si elijo y pierdo tiempo? ¿Qué pasa si nunca descubro lo que quiero hacer con mi vida? ¿Qué sucede cuando no sé? Mi cabeza explotaba de preguntas y muy pocas respuestas. Siempre me pareció una locura tener que decidir qué carrera hacer para toda mi vida. Como si no existiera la posibilidad de cambiar. De cambiar de deseos, de pasiones.… pero la carrera, ¿no? Y que al mismo tiempo, cambiarse de carrera, se sienta como un error. “Me equivoqué”. Bueno, déjenme decirles que me confundí múltiples veces. Y sí, lloré cada una de ellas.

En plena pandemia, empecé la licenciatura en Geografía, quizás fue la virtualidad o simplemente que no era para mí, pero no hubo match. ¿Me arrepiento? Para nada. Me encantó la experiencia, me encantaron las materias que tuve, pero simplemente me sentía una espectadora y no lograba visualizarme a mí misma ejerciendo. Ahí fue cuando pensé, tal vez no es por acá.

Final del secundario. En aquella época, Carolina Sichel estaba entusiasmada con la Geografía. Luego sintió que no era lo que más le atraía.

Si vuelvo el tiempo atrás y hablo con la Caro de diecisiete años, les aseguro que ella estaba segurísima de su elección. Ni dudaba. Le encantaba la materia y le apasionaba cada clase, de hecho, las esperaba. Hasta quizás, no me creería si le cuento dónde estamos hoy, pero así pasó. No fue. Y fue un baldazo de agua fría porque, como les comenté, no había duda… hasta que la hubo. Hasta que la dejé entrar y la recibí. Con lágrimas entre medio y muchos miedos, pero les di el lugar. Me di a mí misma el lugar de cuestionar si de verdad era algo que me gustaba o simplemente me iba bien. Eso también es gracioso, durante toda mi secundaria, detesté Lengua. Me iba pésimo, hasta tuve que ir a taller de lengua post hora para reforzar. Y no entendía. Amaba leer y escribir y, no obstante, no lograba amigarme con esa materia. A veces las primeras experiencias que tenemos nos hacen cerrarle la puerta a oportunidades que quizás nos terminan gustando.

La segunda vez que me equivoqué fue cuando elegí la licenciatura en Terapia Ocupacional, en la UNSAM. Cambio de facultad y carrera. Y esta vez presencial. Otra experiencia totalmente distinta. Lo loco de esta experiencia fue que casi termino la carrera, estaba muy cerquita. Y así todo, no lo hice. Por ahora. Nunca se sabe que puede pasar. Fueron cuatro años hermosos, donde conocí amigas que hoy me acompañan y, gracias a involucrarme dentro del ámbito de la salud, conocí una pasión que amo como es ser payasa hospitalaria. Tuve miles de experiencias gracias a la presencialidad que hasta ese momento no había tenido la oportunidad de conocer.

En un momento, empecé a desencontrarme. Uno no está enamorada de lo que hace las veinticuatro horas del día, muchas veces lejos de eso. Pero seguimos, seguimos porque hay algo que nos sigue moviendo a hacerlo. Siempre está esa materia medio tediosa o esos momentos donde uno quiere tirar todo a la basura, después se pasa y listo. Ahora bien, el tiempo pasaba y ya no era solo un momento. De repente, fueron unas semanas. Un cuatrimestre. Cada vez, era más. Y no lograba volver. No lograba entusiasmarme, enamorarme de vuelta. Y cuanto más lo intentaba, más me costaba y frustraba. Y en paralelo, venía ejerciendo y trabajando dentro del ámbito de la salud y cada día me costaba más. Todo costaba.

Carolina Sichel dice que se sentía "poco" por abandonar una carrera.

Mi familia me decía y recordaba que estaba tan cerca, ¿por qué dejarlo? ¿Por qué no terminarlo y listo? Y ahí es cuando pensé, ¿De qué sirve hacerlo de esta manera, padeciéndolo? ¿Por qué no puedo permitirme dudar? ¿Y si freno, qué pasa? Y la respuesta era simple; puro miedo. ¿Y si freno y me doy cuenta que no era por acá tampoco? ¿Y si otra vez me equivoqué? ¿Y si sigo dejando carreras una tras otra? ¿Y si, quizás, una carrera universitaria no es para mí? Porque hay algo que se juega también, y es sentirse poco. Poco por no hacer una carrera, poco por dejar, poco por abandonar. Simplemente poco. Me sentía insegura. Me sentía insuficiente. Algunos días, todavía me siento así, pero intento que esos días no abunden. Sí, fueron pensamientos que se presentaban por la noche y me dejaban en vela y, hasta el día de hoy, los sigo teniendo. No voy a mentirles, sucede, pero lo que no me daba cuenta es que hay muchas formas de aprender y estudiar. No hay solo un camino y nunca es tarde tampoco. No existe edad para empezar. ¿En qué momento decidimos que podemos probar con hobbies… pero no con una carrera?

Con todo el miedo del mundo, me permití frenar. Me permití cuestionar. Muchas veces no tenemos la oportunidad de hacerlo, hay veces que los tiempos, las urgencias, los contextos, requieren seguir sin frenar y sé que es un privilegio poder hacerlo y pensar qué hacer, pero así todo, teniéndolo, no me permitía ni siquiera considerarlo. Y cuando lo hice, el alivio me inundó. Bueno eso y, todos juntos digámoslo… muchas lágrimas, pero destaco el alivio por sobre todo. Porque sí, a pesar de que uno sabe que es lo correcto, no quita que nos genere angustia. Si bien nunca le cierro la puerta a nada, hoy no lo elijo y eso conllevaba un duelo. Un duelo de lo que no fue o un duelo de lo que pudo ser y no es. No queda otra que transitarlo. Y así fue. Lo lloramos todo.

Durante la infancia, uno juega, imagina y prueba. Tuve la oportunidad de ser docente, doctora, bombera, una estrella pop y hasta un unicornio. Todo en cuestión de horas. Fui tantas cosas e imaginé tantas historias. Algo que siempre estuvo muy presente en mi vida fueron los libros. Mi refugio, desde que tengo memoria, fueron las páginas. ¿Una tarde medio aburrida? ¿Un día lluvioso o hasta un día soleado para ir a la plaza? Cualquiera de esas opciones me gustaban porque en mi mochila de Mickey Mouse llevaba un libro conmigo y sabía que estaba bien acompañada. Y cuando descubrí las palabras y pude escribirlas, imaginen el abanico de posibilidades que se me presentó ante mis ojos.

Los diarios íntimos explotaban debajo de mi almohada, porque sí, los guardaba para que nadie los leyera. ¿Quién querría leerlos, no? No sé, pero ante la duda, los atesoraba bien ocultos. Escribía todo lo que se me ocurría. Como me peleé con Tomás en el primer recreo, los libros que leí en el día, lo que disfruté el paquete de surtidas con la chocolatada y también para entenderme a mí misma; escribía para alivianar lo que me pesaba. Y vuelvo a la infancia porque cuando empecé a hablar en redes sociales de libros, nunca hubiera pensado que podía trabajar ni hacer de esto una ocupación. A veces uno ni considera lo que más le gusta como una posibilidad.

Hoy, sigo perdida. ¿Quién no lo está? Y lo reivindico de hecho. Con esto no quiero decir que aguante no saber qué hacer de la vida, pero la realidad es que a veces no lo sabemos todo. Y cuando intentamos controlar eso, más nos frustramos. Me equivoqué, ¿Y qué? El mundo siguió girando. Equivocarse no es algo malo o negativo necesariamente. A veces simplemente toca probar. Probé y ahora sé que cosas no son para mí. Y tal vez en un futuro, me encuentre probándolas de vuelta. No lo sé. En estos tiempos tan acelerados, donde vivimos exigidos con agendas ajenas y calendarios explotados de cosas, es tan complejo pensar. Frenar. Y equivocarse se ve como una pérdida de tiempo. Y lo sé, yo lo veía de esa manera.

Cuando dejé Geografía, dije: perdí dos años de mi vida. Y cuando tomé la decisión de pausar Terapia Ocupacional pensé: y acá van otros cuatro años más que no voy a recuperar. Uno piensa en tiempos y productividad. Y la angustia me absorbía por completo. Lo que no me había dado cuenta es que de cada lugar, me llevé algo que me trajo a dónde estoy hoy. Aprendí a hacer mapas y cómo interpretarlos en Cartografía, por ejemplo. Me llevo grandes amistades que me siguen acompañando hoy en día y mis futuras terapistas ocupacionales de confianza. Descubrí que ser payasa hospitalaria es hacer salud también. Aprendí tantas cosas y todas ellas me acompañan a pesar de no ejercerlas. Sé con seguridad que me apasiona leer hasta el cansancio y escribir hasta que los dedos me pidan recostarse. Sé que me encanta tomar mate por la mañana y que por la tarde ya no lo disfruto de la misma manera. Sé que las góndolas de Farmacity son difíciles de atravesar porque siempre me termino llevando unas gomitas que están a 2×1 y que no quería. O un poco sí. Sé que Geografía no fue para mí y que Terapia Ocupacional tampoco. Hay cosas que sé y otras que no. ¿Cómo me veo en cinco años? Ni idea.

Hoy me encuentro trabajando en algo que disfruto mucho y son los libros. Hoy tengo la posibilidad de escribir y poder compartirlo. De poder hablar de libros con otras personas que también les apasiona lo mismo. Me encantaría poder reencontrarme con esa Caro de hace unos años y contarle todo estas vueltas que dimos. Todas las veces que nos confundimos y todo el tiempo que perdimos, porque no se lo diría negativamente, sino que se lo contaría como lo que fue. Y le diría que acá estamos esperando perdernos otra vez, porque quizás haya que arrancar por ahí. Quién sabe lo que puede pasar si le doy el lugar. Quién sabe dónde podemos terminar cuando aparece la duda y la dejamos pasar.

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