Vivimos una época en la que muchos valores están siendo revisados. El matrimonio, el trabajo, la educación, las carreras universitarias y los modelos económicos y sociales forman parte de debates en los que incluso algunas de las preguntas más profundas sobre la existencia vuelven a estar sobre la mesa.
Cuestionar no es necesariamente algo negativo. Parte del avance consiste en tener el coraje de revisar aquello que puede estar equivocado, pero el verdadero desafío está en preguntarnos desde dónde cuestionamos: si buscamos sinceramente la verdad o si intentamos encontrar una verdad que se adapte a nuestra manera de vivir.
Una persona puede defender un modelo económico porque considera que es el más justo, pero también porque es el que más le conviene. Lo mismo puede ocurrir con la forma de entender una pareja, un estilo de vida o determinadas decisiones personales. Una cosa es cambiar nuestros valores porque descubrimos que estaban equivocados y otra muy distinta es modificarlos porque no queremos que interfieran con nuestra manera de vivir.
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Si todo puede ser revisado, entonces aparece una pregunta fundamental: ¿con qué criterio vamos a hacerlo? Porque si el único criterio somos nosotros mismos, corremos el riesgo de no estar buscando la verdad, sino una verdad que se adapte a nuestras necesidades.
Había una vez un reloj en un pueblo, colocado al costado del camino, donde todos podían verlo. Era el reloj de la ciudad y funcionaba como referencia para quienes vivían allí. Un día, un hombre pasó en su auto. Miró su propio reloj: eran las diez. Después miró el reloj del pueblo: marcaba las 9:59.
—El reloj del pueblo está un minuto atrasado.
Como estaba al alcance de todos, bajó del auto y lo adelantó un minuto, según su propio reloj. Al día siguiente pasó otra persona. Su reloj marcaba las doce, mientras que el reloj del pueblo marcaba las 12:01.
—Está un minuto adelantado.
Y lo atrasó, nuevamente según su propio reloj.Y así, cada persona que pasaba hacía lo mismo. Comparaba el reloj de la ciudad con su propio reloj y, si no coincidían, corregía el reloj de la ciudad para que coincidiera con el suyo.
Hasta que un día, después de tantas personas modificándolo, el mecanismo se rompió.
Los habitantes del pueblo estaban desesperados. ¿Qué podían hacer?
Entonces alguien tuvo una idea. Lo arreglaron y colocaron el reloj en la cima de una montaña. Ahora todos podían verlo, pero había una diferencia fundamental: nadie podía llegar hasta él para cambiarlo. Pasaba una persona, miraba el reloj de la montaña y después miraba el suyo.
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—Mi reloj está un minuto atrasado.
Pero ya no podía subir a cambiar el reloj de la ciudad. Entonces cambiaba su propio reloj. Pasaba otra persona.
—El mío está dos minutos adelantado.
Y ajustaba el suyo.
Así, poco a poco, ocurrió algo extraordinario.
Desde ese día, todos los que tenían su reloj adelantado o atrasado con respecto al reloj de la ciudad comenzaron a ajustar el propio. El reloj de la ciudad dejó de ser modificado y, finalmente, toda la ciudad comenzó a funcionar sincronizada bajo una misma hora.
Los trenes salían a la misma hora. Las personas llegaban a trabajar a la misma hora. Los encuentros podían organizarse. Todos podían mirar el mismo reloj y saber que existía una referencia común.
No porque todos tuvieran naturalmente la misma hora, sino porque, cuando había una diferencia, cada uno estaba dispuesto a revisar su propio reloj.
La historia plantea una situación que también puede aparecer en nuestra vida cotidiana. Muchas veces tomamos un valor, una realidad, una situación o incluso una persona y, cuando no coincide con nuestra manera de pensar, intentamos modificarla.
La acomodamos, la reinterpretamos y la movemos hasta conseguir que se parezca a nosotros. Pero quizás la pregunta debería ser otra: ¿y si no siempre tenemos que cambiar el reloj de la ciudad? ¿Y si a veces tenemos que cambiar nuestra propia hora?
Esto no significa que nunca haya que cuestionar. Hay relojes que pueden estar mal, valores que necesitan ser revisados, estructuras que deben cambiar e injusticias que tienen que ser transformadas.
La diferencia está en el motivo. No es lo mismo cuestionar algo porque sinceramente creemos que está equivocado que cambiarlo simplemente porque no se adapta a nosotros. Esta lógica no se limita a los valores. También aparece en la manera en que nos relacionamos con la realidad y con los demás.
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Muchas veces pensamos que una situación debería ser diferente, que otra persona debería cambiar o que todo sería más sencillo si el otro pensara como nosotros. Sin embargo, hay momentos en los que la realidad no tiene que cambiar y tampoco tiene que hacerlo la otra persona.
Quizás, en determinadas circunstancias, el cambio necesario sea propio. Crecer también implica aceptar que existe una realidad que no depende completamente de nuestros deseos y preguntarnos qué podemos modificar de nosotros mismos para vivir mejor dentro de ella.
Ajustar nuestra hora no significa resignarnos, dejar de luchar o aceptar cualquier situación. Significa tener la humildad suficiente para reconocer que no todo lo que no coincide con nosotros está necesariamente equivocado.
A veces es más sano revisar nuestra manera de mirar, reaccionar, comunicarnos, esperar o comprender que intentar modificar constantemente aquello que nos rodea. No siempre necesitamos cambiar la realidad. En ocasiones necesitamos cambiar la manera en que vivimos dentro de esa realidad.
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Cuando revisamos nuestros valores, quizás no deberíamos preguntarnos solamente si aquello coincide con lo que queremos. También deberíamos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar nosotros cuando descubrimos que la realidad, la verdad o el otro tienen una hora diferente a la nuestra.
Una sociedad sana no necesariamente es aquella en la que todos consiguen que el reloj marque la hora que quieren. Es aquella en la que existe una referencia común y cada persona tiene la humildad de revisar su propio reloj cuando descubre que no coincide.
Y quizás eso también sea madurez: no vivir intentando que todo el mundo marque nuestra hora, sino aprender a mirar nuestro propio reloj y tener el coraje de decir: «Quizás no es la realidad la que tiene que cambiar. Quizás esta vez, el que necesita ajustar su hora soy yo».
(*) Rafael Jashes – Rabino










