A los 82 años, Richard Ford revisa medio siglo de escritura, literatura y política

A los 82 años, Richard Ford revisa medio siglo de escritura, literatura y política


Alto, guapo, de ojos celestes y pómulos tallados. De joven, con patillas y bigotes tupidos. Ahora usa la cara limpia, tiene el pelo canoso, plateado. Es uno de esos escritores de camisa a cuadros y saco con muchos bolsillos, en el que debe haber lapiceras y un cuaderno. Hasta en la foto se le puede oler el after shave. Incluso su nombre es varonil, clásico: Richard Ford. Made in USA.

A sus gallardos 82 años sigue activo, escribiendo, con planes. Ahora mismo está con una novela sobre la eutanasia asistida, en tono humoristico, inspirada en la experiencia real de un amigo. Dijo que será breve, y que provisionalmente la titula Never Better (“mejor que nunca”). Esto lo contó recientemente en Barcelona, durante la presentación de su último trabajo, En palabras sencillas, con traducción al castellano de Damià Alou.

La editorial italiana Feltrilleni inició, con este breve y generoso libro, una serie de ensayos de grandes autores alrededor de la literatura y el presente, Ford hace acá una reflexión sobre cómo se encuentran la escritura de ficción y la política. Para poner a funcionar En palabras sencillas parte de una pregunta que, cuenta, lleva décadas rumiando: ¿puede considerarse a sí mismo un novelista político?

Para gran parte de la crítica especializada mundial es el mayor narrador estadounidense vivo. De esos que comparten pedestal en la búsqueda de la “Gran novela americana”, término que se usa para definir a una obra canónica que encarna y examina la esencia y carácter de Estados Unidos.

Ford hace eso, de un modo peculiar. Es ácido y a la vez tierno. Es viril, pero también sensible. Se detiene en las cosas mínimas y las vuelve extraordinarias. Es un escritor de realismo sucio, pero con la certeza de que la vida, y el mundo, pueden ser maravillosos.

A lo largo de su ficción sin dudas muestra el Lado B de su país, la parte imperfecta y no brillante del supuesto “sueño americano”. Es más que interesante, entonces, la duda de Ford a lo largo de En palabras sencillas.

Comienza a responder, sin certezas, convidando a pensar con él, desde la cita inicial, de Stendhal, padre de la novela moderna: “La política en medio de una obra literaria es como un pistoletazo en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención”. Después de esa apertura, el autor hace un autoanálisis sincero, íntimo, lúcido, de su medio siglo de ejercicio literario.

¿Quién es ese chico, señorito, tan fino?

Richard Ford nació en Jackson, al sur de Estados Unidos, el 16 de febrero de 1944. Su padre vivió enfermo y murió cuando su único hijo tenía 16 años. Su madre trabajó de lo que podía y los dos terminaron en la casa de los abuelos, en Arkansas, del otro lado del río Mississippi. Fue un chico rebelde, peleaba, robaba coches, participaba de carreras. También trabajó como fogonero en el Ferrocarril Missouri Pacífico en Little Rock y descubrió que tenía gran éxito con las mujeres.

Su origen y trayectoria tienen el peso de haber crecido en el Mississippi de los años 50 y 60, con el tema racial muy instalado en la vida pública. También, a la orilla de William Faulkner, Eudora Welty y Carson McCullers.

Hasta los 18 años no había leído mucho. No era un buen estudiante y cuando descubrió que era disléxico tomó las riendas del asunto para dar vuelta la adversidad. Suele decir que eso lo hace leer, y escribir, con más atención, pensando mucho en cada palabra, idea y sus significados.

Ingresó en la Universidad de Míchigan para estudiar administración hotelera, el negocio familiar, pero sólo duró un año y se cambió a Literatura. Ahí conoció a Kristina Hensley, su gran amor, con quien se casó en 1968, dos años después de graduarse. Quería ser escritor.

Hizo una maestría de escritura creativa en la Universidad de California, que terminó en 1970, y en 1976 publicó su primer libro, Un trozo de mi corazón, la historia recia, conmovedora y divertida de dos hombres desarraigados que se cruzan en el Delta del Mississippi. Uno persigue a una mujer, el otro se busca a sí mismo y el encuentro cambia sus rumbos. La novela no tuvo nada de repercusión.

En esa época también se hizo amigo de Carver y Tobias Wolff. Se armó un trío dinámico de realismo sucio. Siguió con su segunda novela, La última oportunidad, que salió en 1981, y consiguió buenas críticas, pero nada de ventas. Se frustró. Creyó abandonar.

Entonces empezó a trabajar como periodista deportivo, en Inside Sports, donde estuvo varios años y dijo que era feliz, que podría haberse quedado haciendo eso por el resto de su vida.

Cuando la revista cerró intentó ir a Sports Illustrated, pero no consiguió el trabajo, así que le dio una oportunidad más a la ficción. Sentía que tenía que apostar todo, encontrar algo que funcione y sabía que no era por el camino que venía probando.

Fue Kristina la que le propuso el desafío: escribir sobre alguien que sea feliz. Tuvo que cambiar su visión del mundo, contó. Así nació su personaje Frank Bascombe, uno de los antihéroes más emblemáticos de la literatura estadounidense contemporánea.

El escritor estadounidense Richard Ford en el CCCB. EFE/Quique García

En 1986 salió El periodista deportivo, que cuenta la crisis espiritual de un hombre al que se le muere el hijo y a partir, o a pesar de su tragedia, intenta ser feliz, busca ser una mejor persona. También calibró otra cosa, un ajuste personal.

Hasta entonces se lo podría haber situado entre el gótico sureño, algo grotesco, de Flannery O´Connor y la concisión austera, viril, de Ernest Hemingway.

Con su tercera novela encuentra su tono, propio, único: un realismo sucio optimista, pero cínico y perspicaz, que usa para retratar con ironía melancólica a personas comunes en sus contradicciones, desde la vulnerabilidad, y así contar historias aparentemente chiquitas, en donde se aleja de grandes eventos épicos, poniendo el ojo en los claroscuros de la clase media estadounidense.

Se consagró. Fue finalista del premio Premio Faulkner en 1987 y la revista Time la eligió como una de las cinco mejores novelas del año (en 2005 la seleccionó entre las mejores 100 desde 1923).

Bascombe se volvió un personaje recurrente, que evoluciona a lo largo de casi 40 años y refleja, junto a sus transformaciones personales, las de la sociedad, y su país. Protagoniza también El día de la independencia (de 1995, por la que simultáneamente Ford ganó el Pulitzer y un Faulkner), Acción de gracias (de 2006, que iba a cerrar una trilogía, pero no pudo parar), Francamente, Frank (de 2014, en donde reúne cuatro relatos largos o novelas cortas) y Sé mía (de 2024, ahora sí, la última entrega de la saga).

En medio, también hizo antologías, fue editor y ganó múltiples premios, entre otros el prestigioso Princesa de Asturias en 2016. Además, escribió dos novelas de iniciación, narradas por adolescentes: Incendios –de 1990, una historia de amor, contada por el hijo adolescente de la protagonista– y Canadá, de 2012, una suerte de Oliver Twist del siglo XX que, contó en varias oportunidades, surgió de una apuesta que había hecho con Carver en los años 80.

Publicó, además, entre 1987 y 2019, cuatro libros de relatos y el guión de la película El despertar de un ángel (Bright Angel), dirigida por Michael Fields, estrenada en 1990 y protagonizada por Dermot Mulroney, Lili Taylor y Sam Shepard.

Algo para recordar

Los ensayos y las memorias no son un género nuevo para Richard Ford. En 1988 se publicó Mi madre, donde la toma como punto de partida para armar, o intentar reconstruir entre certezas y sospechas, una novela familiar, la propia, de su origen.

En 2012 salió Flores en las grietas. Autobiografía y literatura, un libro en el que reúne, por primera vez, ensayos y memoirs, con textos íntimos –como el recuerdo de un instante de felicidad con su padre–, otros de oficio –sobre el sentido de la escritura y los procesos creativos– y los mix de ambos, con su perfil de Carver, por ejemplo.

El escritor estadounidense Richard Ford en el CCCB. EFE/Quique García

En Entre ellos, de 2017, amplía Mi madre con Su muerte. El recuerdo de mi padre, y el conjunto es una evocación familiar en la que registra también su infancia, además del lado adverso, y personal, de Estados Unidos en el siglo XX.

En palabras sencillas, ahora, recupera todo esto, desde otro lugar, que a la vez es el mismo. Es un ensayo conciso, concreto, fácil –como promete en el título–, pero a la vez casi clarividente, sostenido por la originalidad de su punto de vista y la nitidez de su prosa.

Richard Ford llega, ahora, con este libro que es más que un testimonio personal o un ensayo. Generoso, comparte su meditación sobre lo que la novela puede ser, como género y experiencia vital.

En 124 páginas nomás, enuncia, indaga y responde lo que no terminaba de saber de su obra, pero estaba ahí desde el inicio: que la ficción y lo artístico, lo ético, lo público, lo privado y la no ficción no son asuntos separados. O, en palabras sencillas, que lo personal es político.

En palabras sencillas, de Richard Ford (Feltrinelli Editores).

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