una trama narco, de venganza y silencio que ya suma tres muertes

una trama narco, de venganza y silencio que ya suma tres muertes


En la sala de espera la familia de Sebastián Ortiz cuenta los minutos hasta la hora de visita. Pasan los llamados, los médicos entran y salen. No hay noticias. Sebastián tiene 25 años y sobrevivió a una escena que, para quienes estaban en el barrio El Alpino, de Florencio Varela, todavía es difícil de explicar.

El joven está internado y grave después de haber sido víctima de un ataque a tiros que dejó a dos de sus amigos muertos.

Adriana, pareja de Sebastián desde hace más de ocho años, espera noticias en la Guardia del Hospital Mi Pueblo, conocido como “El Materno”. Se conocen “desde chicos”, le cuenta a Clarín rodeada de familiares y vecinos del barrio. Sebastián, repiten, quedó en medio de una situación que no lo tenía como protagonista.

El jueves 13 de agosto, a las 22.23, Sebastián estaba junto a sus amigos Franco Herrera (23) y Ariel Macchi (29) en la calle 1325, entre 1344 y 1348. Franco estaba sentado en la vereda de su casa. Sebastián había llegado hasta allí después de pasar por la casa de su tío a buscar unas herramientas: trabajaba de albañil y, según contó su familia, también hacía trabajos junto a él.

Tomaban una gaseosa, charlaban. Fue de repente que apareció una Volkswagen Suran gris. Fuentes policiales explicaron a Clarín que adentro iban cuatro personas.

Desde el auto empezaron a disparar contra el grupo. Los tiros fueron tantos que se escuchan en las imágenes de una cámara de seguridad.

Después, desaparece de escena.

Los tres terminaron baleados. Macchi murió en el lugar. A Franco y Sebastián los llevó un familiar hasta el hospital.

Franco tenía heridas en el estómago y la espalda y murió poco después.

Sebastián llegó al hospital con varias heridas, entre ellas en el abdomen y la espalda. Sigue internado, está estable y ya puede recibir visitas.

“Lo conozco de toda la vida porque vivía al lado de mi casa”, dice Adriana mientras espera volver a verlo. Habla de Sebastián, de su relación pero sobre todo de trabajo.

“Es oficial de albañil. Trabaja desde los 12 años. Toda su vida trabajó porque a él no le gusta que le regalen nada, no le gusta pedir nada a nadie. Siempre se la rebuscó”, asegura.

Por eso, dice, le duelen los comentarios que circularon en el barrio después del ataque: “Eso que se están diciendo es mentira. Él siempre fue un trabajador, un luchador. Él no es soldadito de nadie, es un pibe de barrio”, sentencia.

Sebastián vive con Adriana y con la hija de ella, producto de una relación anterior. La conoció cuando la nena tenía 4 años. “Él le dice hija y ella le dice papá”, cuenta Adriana. El padre biológico de la chica murió cuando tenía dos años y, desde entonces, Sebastián ocupó ese lugar cotidiano.

Es un gran padre para ella. Mi hija lo ama”, confiesa. La casa en la que viven es testigo de su historia: cuando se juntaron, recuerda Adriana, tenían apenas una habitación chiquita. “Él se encargó de todo, de sacarnos adelante a nosotras, porque yo estaba sola con mi hija. Trabajó para hacernos nuestra casa. Él hizo y nos ayudó en todo”, recuerda.

Sebastián -explica- trabaja de lunes a lunes. Los fines de semana también.

Su rutina, según su pareja, es casi siempre la misma: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Cuando tiene tiempo, se encuentra con sus amigos para jugar al fútbol. Le gustan los perros.

Disparos en la oscuridad

La noche del ataque había salido por algo puntual. Estaba cenando con Adriana cuando decidió ir hasta la casa de su tío con su amigo Ariel (una de las víctimas). Quería buscar herramientas porque también trabajaban juntos. El tío estaba durmiendo, entonces Sebastián se quedó afuera tomando una gaseosa con Ariel en la casa de Franco.

Fue ahí que llegaron los disparos. “Cuando me llaman y me cuentan, yo no lo podía creer. Él no tiene problemas con nadie. Es un santo”, dice, incrédula, Adriana. Y vuelve a hacerse la misma pregunta que se hizo aquella noche: “¿Qué pasó para que le hagan eso?”.

Sebastián todavía no sabe que sus dos amigos murieron: “Nosotros no le dijimos nada. Estamos esperando porque los médicos tampoco aconsejan contárselo todavía. Él no sabe nada del afuera”, reconoce.

Sí sabe que recibió varios disparos. Y pregunta. “Él llora y sufre y me dice: ‘¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué? ¿Qué hago yo para que la vida me pague así?’”, lamenta Adriana.

Y agrega: “Tiene 25 años ¿Por qué la vida es tan injusta con él? Si él se la pasa trabajando, se la pasa pensando en su familia, buscando siempre salir adelante. No entendemos por qué le pasó eso”.

La familia permanece prácticamente todo el día en el hospital. Sebastián está estable y, según cuentan, no tiene otros órganos comprometidos. Ahora esperan la evolución de la operación.

Cadena de oración para que Sebastián Ortiz, el único sobreviviente, se recupere.

En tanto, la investigación sobre lo ocurrido continúa en manos de la fiscal Vanesa Maiola de Florencio Varela. La familia se reunió con los investigadores y manifestaron su preocupación por el narcomenudeo en el barrio.

También interviene el personal Gabinete Técnico Operativo (GTO) de Comisaría 5° de Florencio Varela y la Sub DDI.

Una pueblada fatal

Después del tiroteo que dejó a Macchi y Herrera muertos y a Ortiz internado, un grupo de vecinos atacó una casa, contra la que -se presume- iban los disparos.

Una pueblada improvisada, promovida por el enojo y el hartazgo, fue el preludio de un pacto de silencio y la radiografía de un barrio harto del avance de la droga.

Un grupo de personas llegó hasta la casa de la calle 1325 y la destrozó. La prendieron fuego y se llevaron lo que podían. De ese tumulto salió una persona con un cuchillo que apuñaló a una mujer e hirió a un hombre.

Cintia Caballero tenía 30 años y murió. Su pareja escapó.

Los vecinos contaron a Clarín que Cintia sería cuñada del hombre al que acusaron de vender droga en el barrio, el dueño de la casa. Son “Johny” y su hermano, a quienes identifican como “transas del barrio”.

Para la Policía este no era un lugar desconocido, confiaron fuentes consultadas por Clarín. Incluso, aseguraron, ya se había solicitado un allanamiento ante la denuncia de los vecinos por la instalación de un búnker de drogas, algo que -advirtieron- no fue concedido por la justicia.

Mientras buscaban más elementos para lograr el allanamiento, se desató esta balacera y venganza que dejó tres muertos y dos heridos.

De fondo habría una pelea entre dos grupos y, consultadas por este diario, las fuentes descartaron que se trate de una gran organización criminal, sino más bien de delincuentes que se dedican al narcomenudeo y que se disputaban el negocio entre los adictos de la zona.

Los vecinos contaron que, después de que un grupo atacara la casa, Caballero salió corriendo. La persiguieron y, mientras varias personas registraban la escena con sus teléfonos celulares, uno de los vecinos que salió del tumulto la apuñaló.

En el barrio nadie quiere decir quién fue.

Los vecinos prefieren hablar “por encima” de “lo que pasó”, sin demasiados detalles, y evitan precisar quién fue el autor de la puñalada.

En silencio, como el de otros que prefieren no denunciar ni dar testimonio sobre el avance del narcomenudeo en el barrio, dificultan a los investigadores el avance de la causa que todavía no tiene detenidos.

La investigación de Maiola, por estas horas, canaliza el ataque a tiros contra Franco, Sebastián y Ariel, y el crimen de Caballero y las heridas sufridas por su pareja, quien luego de huir no pudo ser localizado para entrevistarlo.

Lo cierto es que esa casa, la de Caballero y su pareja, era la destinataria de la balacera del jueves y no las víctimas que estaban en el lugar.

“No hay nada concreto a nivel judicial. Todo es supuestamente. No vimos foto, ni video, ni nada. Todo es de palabra”, se preocupa la madre de Sebastián.

«Él estaba en el lugar y en el momento equivocado y le pasó lo que le pasó”, sintetiza una tía de Sebastián y se indigna: “Cualquiera pudo haber salido afuera a comprar y lo tiroteaban por un ajuste de cuentas que no era suyo”.

Antecedentes de un barrio con miedo

Javier, vecino del barrio, asegura que El Alpino fue, durante años, un “lugar tranquilo” y que en los últimos años la venta de drogas les cambió la vida. “Este barrio era súper tranquilo hasta que hace ocho años se instalaron unos ‘paisas’ en un descampado”, cuenta. Recuerda que hubo allanamientos, pero nada cambió.

“Los Paisas” son paraguayos instalados en la zona y que se dedican a la comercialización de estupefacientes.

“Esto es un supermercado. Ves cómo hacen fila, cómo compran, todo”, lamenta.

Fuentes policiales confirmaron a Clarín que hay cuatro personas señaladas identificadas con “Los Paisa”, un grupo del barrio lindero llamado «El Paraná».

Según confiaron las fuentes, una semana antes del ataque, «Los Paisa» habían ido a esta misma casa en una camioneta tipo Trafic blanca. En esa oportunidad, los sospechosos entraron a los tiros y golpearon a «Johny» y a su pareja para exigirles que dejaran de vender drogas en la zona.

La Policía intervino y se acercó al lugar ante el llamado de los vecinos, pero nadie quiso declarar ni denunciar lo que había pasado.

El mutismo como herramienta de control en el barrio es la principal barrera con la que se enfrentan policías e investigadores judiciales.

El 26 de marzo ya hubo un allanamiento en Barrio Paraná en el que secuestraron 593 envoltorios con pasta base (unos 155 gramos), armas y hubo dos detenidos.

La presión policial en la zona ya había concentrado otros dos allanamientos realizados el 10 de junio por personal la comisaría 5° en el barrio El Alpino. Ese día se secuestraron 223 envoltorios de pasta base, 129 de cocaína e identificaron a una persona.

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