Elías Jaua: “Después de la muerte de Chávez no hubo árbitro y nos dimos con todo”

Elías Jaua: “Después de la muerte de Chávez no hubo árbitro y nos dimos con todo”


Muchas figuras históricas del chavismo respaldaron al Gobierno interino de Delcy Rodríguez tras la extracción de Nicolás Maduro por las fuerzas especiales de Estados Unidos. Los meses transcurridos desde el 3 de enero han revelado, sin embargo, una creciente grieta en el campo chavista. Desde la trinchera del chavismo militar originario, Francisco Arias Cárdenas, líder, junto a Hugo Chávez, del golpe del 4 de febrero de 1992, ha levantado su voz por el chavismo originario. “Un acuerdo dictado por los Estados Unidos y solo con participantes seleccionados por Estados Unidos es peor que una capitulación”, escribió en la red social X. El exgobernador del estado Zulia y exembajador en México ha pedido un diálogo directo entre Delcy Rodríguez y María Corina Machado, figura principal de la oposición, en lugar de un elenco negociador decidido enteramente por Washington. Arias ha dicho que Donald Trump debería ser “aliado y no padre ‘venático’ para la patria de Bolívar”. Pero Arias está lejos de ser el único chavista descontento.

La voz del exvicepresidente Elías Jaua (Caucagua, 56 años) se ha hecho sentir con fuerza. En enero repudió el “cobarde secuestro” de Maduro y Cilia Flores por parte de Estados Unidos, sin sumarse acríticamente a la troika que encabezan Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y el hombre fuerte Diosdado Cabello. De hecho, ha mantenido cierta distancia con la jerarquía chavista en los últimos cinco años. En abril, Jaua, quien está sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea, intensificó su crítica empleando términos como ocupación, dominación, colonialismo y tutela coercitiva para denunciar la relación de subordinación política y económica que el Gobierno de Donald Trump le ha impuesto a Venezuela. Desde el Centro de Estudios sobre la Democracia Socialista (CEDES) se encarga de promover un debate desde la izquierda para buscar salidas a la actual coyuntura, a partir de la construcción de una democracia plural. Sin embargo, el fantasma de Chávez no está quieto.

Pregunta: ¿Cómo define el momento que vive Venezuela y cuál es la principal amenaza?

Respuesta: Es uno de los momentos más graves de la vida nacional. ¿Por qué? Porque a partir del 3 de enero perdimos nuestra condición de nación independiente. El régimen republicano fue derribado a la fuerza —misiles, imposición sobre la administración de nuestros recursos, incidencia forzosa sobre nuestra legislación, aplicación de un plan político que no corresponde a una decisión de los venezolanos y las venezolanas. La falta de independencia nacional para decidir su propio destino es la amenaza más grave para Venezuela en este momento.

P: Usted ha planteado un acuerdo nacional para recuperar esa soberanía. ¿Qué tendría que reconocer?

R: Primero, la capacidad que debemos tener los venezolanos para regular democráticamente un conflicto incubado a lo largo de décadas. Segundo, llegar a consensos mínimos entre todos los factores nacionales que permitan un proyecto compartido por la mayoría de las corrientes políticas. Y tercero, reconocer la dura realidad de la ocupación coercitiva, lo que implicará un largo y complejo proceso de negociación con la potencia ocupante para recuperar nuestra condición de república.

P: ¿Qué pasó para que Venezuela perdiera las condiciones de esa democracia?

R: Por la exclusión constante de uno o varios actores políticos. La democracia representativa surgida en 1958 excluyó del Pacto de Punto Fijo a los factores de izquierda. A medida que se desarrolló el bipartidismo, importantes sectores quedaron rezagados en la capacidad de incidir y sentirse parte del modelo. Eso condujo a la ruptura de 1989 con el Caracazo, luego a las rebeliones militares y, finalmente, al triunfo de Chávez en 1998. Ahí se inicia un proceso que pretendió ser inclusivo. Un elemento fundamental de la Agenda Alternativa Bolivariana de 1996 era la inclusión de todos los factores. Pero desde 2002, con el golpe de Estado, vivimos una agresión que dificultó ese ejercicio de inclusión total. Tras la muerte de Chávez, se apostó erróneamente a la consolidación de un modelo partido-Estado, que terminó por desbordar los parámetros democráticos. Y ahí colapsamos: ya no solo la democracia, sino también la propia república.

P: Cuando Chávez ganó la reelección de 2006 con 63%, había una expectativa de tregua, y lo que ocurrió fue una profundización acelerada: del bolivarianismo al Socialismo del siglo XXI. ¿Qué pudo haber sido distinto?

R: Después de 1992, Chávez y buena parte de nuestro movimiento escogimos el camino democrático, pacífico y electoral frente a la tesis de la rebelión militar, e intentamos ser consecuentes con eso. Pero después de la victoria de 2006 enfrentamos de nuevo, en 2007, la agresión violenta en las calles. A partir de 2004 hubo un acuerdo negociado con el Centro Carter que condujo al referéndum revocatorio, y en 2010 la oposición vuelve a la Asamblea Nacional. El 15 de enero de 2011, Chávez le da la bienvenida personalmente a cada uno de los líderes opositores —María Corina Machado y Andrés Velásquez entre ellos— y advierte: si seguimos sin límites, vamos a perder el país. Miren Siria, miren Libia. Chávez llama a una tregua. Hay ahí una autocrítica importante sobre los errores cometidos por no haber creado un espacio de convivencia. Después vino la muerte de Chávez, y ya en 2014 se desbordaron todos los parámetros constitucionales, de ambas partes.

P: Usted estaba en el gobierno. Desde adentro del chavismo, ¿qué autocriticaría?

R: Debí hacer un mayor esfuerzo para lograr ese espacio de convivencia que habría evitado la tragedia que hoy padece el país. Fui parte de todos los procesos de diálogo: desde 2014 con UNASUR, después con el Vaticano y en República Dominicana, el último en el que participé. Lamentablemente, se perdió ese esfuerzo. Uno se queda con el sinsabor de haber podido construir más fuerza política para lograrlo por parte del chavismo.

P: Mi apreciación es que el quiebre real se produce entre 2007 y 2009, cuando se aprueba la reelección indefinida.

R: Para Hugo Chávez la alternabilidad siempre fue una posibilidad real, de acuerdo con lo decidido en 1995. En varias oportunidades, dijo que perder una elección era una posibilidad de crecer o de revisar. Lo digo con honestidad política.

P: Cuando perdió el referéndum de 2007 dijo que se trataba de “una victoria de mierda”.

R: La aceptó. No la negó. En la reunión del día del referéndum —a mí me tocó hablar en nombre de la Dirección Nacional—, la posición era que si perdíamos por un voto, reconocíamos. La respuesta de Chávez fue inmediata: “Yo no quiero una victoria así. Vamos a reconocer”. Esa es la verdad histórica.

P: Usted pone el control de la renta petrolera en el centro de la soberanía. ¿Qué reglas propondría?

R: Sin autonomía económica, ningún país puede emprender ningún modelo de desarrollo. Una cosa es reconocer los problemas de administración, corrupción y falta de control eficaz —un problema estructural de todo el siglo XX venezolano— que deben formar parte del acuerdo nacional. Pero es absolutamente inconcebible, en el marco del derecho internacional, que un país se arrogue el derecho de administrar los recursos de otro, bajo ningún contexto ni pretexto.

P: ¿Quiere decir que hoy Venezuela no controla sus propios recursos?

R: En este momento, los ingresos nacionales de Venezuela están en una subcuenta del Departamento del Tesoro, y solo Estados Unidos decide sobre ella.

P: Trump dice que ya se ha “pagado la guerra” varias veces con el petróleo venezolano.

R: Se ha ganado mucho dinero, lo cual constituye un robo. “El ganador se lleva el botín” es la expresión más cruda usada por Trump: pillaje. Y el pillaje es un hecho superado entre las naciones civilizadas, prohibido por resoluciones de Naciones Unidas. Que un país le gane la guerra a otro no le da derecho a saquearlo.

P: Delcy Rodríguez dice tener una relación “de cooperación” con el gobierno de Trump. ¿Es cooperación o vasallaje?

R: Esa respuesta les corresponde a ellos. Pero desde afuera se ve como una decisión de cooperar ante una situación concreta: la posibilidad de un bombardeo y de responder militarmente a ese bombardeo.

P: ¿Están los Rodríguez traicionando los valores del chavismo? Ellos también hablan de restablecer la democracia.

R: Primero tiene que haber una restitución de la vigencia plena de la Constitución para restituir el régimen republicano y garantizar el ejercicio democrático para todos los actores políticos. Todos.

P: ¿“Todos” incluye a María Corina Machado?

R: María Corina Machado expresa una parte de la sociedad que piensa como ella, igual que cada liderazgo expresa una corriente de opinión. Excluir cualquiera de esas corrientes es crear las condiciones para un nuevo período de inestabilidad.

P: Ella representa un sector bastante grande: 93% de la primaria opositora, quizás 70% de la elección de 2024.

R: Una cosa es el respaldo electoral en una coyuntura, y otra expresar el pensamiento de toda la sociedad. Nosotros, con Chávez, ganamos el 63% del electorado, y eso no quiere decir que representáramos todo el pensamiento del país. Esta no es una sociedad de derecha ni particularmente liberal.

P: Tampoco ese 63% quería necesariamente el “socialismo del siglo XXI”.

R: Pero la oferta electoral de Chávez ese año fue el socialismo. Cuando votó por él, la gente estaba votando por esa propuesta.

P: Cuando usted habla de “regular democráticamente el conflicto”, ¿qué tiene que pasar para reconocer un resultado como legítimo?

R: La voluntad política de reconocer la soberanía popular, eso ha faltado desde 2002: en 2004 con el revocatorio, en 2006 cuando parte de la oposición desconoció la victoria de Chávez, en 2013 con Maduro —aunque Capriles finalmente lo reconoció. El que ganó, ganó; el que perdió, perdió; eso tiene que ser aceptado. En segundo lugar, el pluralismo. Me preocupa que este diálogo prefigure un bipartidismo, y eso no será la solución. Venezuela requiere un modelo democrático pluripartidista, de pluripensamiento. La sociedad venezolana no se siente representada por los dos factores que aparecen como únicos actores relevantes.

P: ¿Cree que ni la oposición de María Corina ni el sector sentado en la mesa representan a la mayoría?

R: Digo que no representan a “la mayoría” en sentido total. Y tampoco hay pluralidad dentro del chavismo gobernante: nació como un movimiento de diversas corrientes, y esas corrientes no están siendo reconocidas hoy.

P: Con presos políticos, exiliados, inhabilitados, 200 dominios bloqueados, 94 medios afectados, ¿qué garantías específicas se necesitan para restablecer el pluralismo?

R: Superar todo eso, más la eliminación de las condiciones que alteran la vida económica del país: sanciones, restitución del manejo de los ingresos soberanos. El que gobierna también tiene derecho a gobernar. Tiene que haber condiciones políticas para todos.

P: ¿Qué añadiría a lo que está en la mesa?

R: Primero y más importante, la recuperación de la independencia; segundo, la inclusión de todos los factores políticos no inhabilitados; tercero, que ese acuerdo derive en un proyecto nacional de largo alcance decidido entre los venezolanos, y no bajo tutela de ninguna potencia extranjera. Porque uno no sabe si lo que está en discusión es una elaboración de las dos partes o un documento que el señor Marco Rubio pone sobre la mesa.

P: ¿Qué haría usted si estuviera del otro lado de la mesa?

R: Propondría a todas las corrientes una ruta de regulación democrática, pacífica y electoral del conflicto, y le hablaría a la comunidad internacional para que Venezuela sea apoyada sin ningún tipo de intervención. Sé que dirán que el derecho internacional no existe hoy, que Trump no reconoce ningún principio de convivencia, pero Trump no va a durar toda la vida. Lo más grave ahora mismo es que no se ve esa voluntad política: la mayoría de los actores están tratando de ganarse el favor de quien ejerce la tutela.

P: ¿Es posible recuperar parte de la soberanía mediante esa negociación?

R: Hay que tener la voluntad política para intentarlo; si nadie lo intenta, no se puede saber si es posible. Lo que vemos es una aceptación generalizada del “plan de las tres fases”: no hay, ni en el Gobierno ni en la oposición, nadie que lo contradiga ni que se atreva a plantear un proceso de negociación para restituir la soberanía. No va a ser fácil, será complejo, tal vez trascienda a Trump, pero tiene que plantearse. Hoy día se requerirían estadistas capaces de anteponer sus aspiraciones para plantear, a partir de un acuerdo nacional, una lucha por la recuperación de la independencia del Estado.

P: ¿Cuáles serían las tres condiciones soberanistas mínimas que Venezuela debería exigirle a Estados Unidos?

R: Primero, el derecho a la autodeterminación política: el plan tienen que elaborarlo los venezolanos. Lo más grave hoy es que, al aceptar el plan Rubio sin discutirlo, la dirigencia reconoce que no tiene capacidad de ponerse de acuerdo entre sí. Más allá de las aspiraciones de Trump sobre el petróleo, ese fue un terreno propicio para el tutelaje. Segundo, la restitución plena de nuestros ingresos nacionales bajo los controles fiscales de la Constitución. Tercero, la autonomía en las relaciones internacionales: me preocupa que Estados Unidos nos empuje hacia su geopolítica en el Medio Oriente: el reconocimiento de Israel, el deterioro de la relación con Irán, el retiro de la Corte Penal Internacional. Venezuela debería preservarse de un conflicto geopolítico ajeno. Después hay aspectos más operativos: si el interés fundamental de Estados Unidos es energético, conversemos sin lesionar la soberanía nacional.

P: Usted fue su vicepresidente. ¿Qué cree que haría Hugo Chávez si estuviera hoy frente a esta negociación?

R: No voy a hacer un ejercicio de imaginación. Me remito al discurso del 15 de enero de 2011, en la Asamblea Nacional, en el contexto de las guerras civiles en Siria y Libia [que se gestaban entonces]. Chávez temía que Venezuela fuera llevada a una situación así. Creo que hubiese hecho todos los esfuerzos por evitar la ruptura del espacio democrático, por más que hubiese sido jalonado por la extrema derecha. En ese discurso dice: lo primero es la nación; podemos pensar distinto, pero no matarnos ni romper el juego democrático. Pero la esencia de ese discurso es preservar la nación.

P: ¿Qué se perdió de ese espíritu en el gobierno de Maduro?

R: Reivindico en Chávez su capacidad de entender la democracia como conflicto agonístico, no existencial. Sabía maniobrar el conflicto dentro de unos parámetros de convivencia, y cuando sentía que esos espacios se desbordaban, hacía esfuerzos por rectificar a tiempo cualquier deriva autoritaria.

P: ¿Y eso no pasó después, porque —como dijo Diosdado Cabello— Chávez controlaba “a los locos”?

R: Sí, después de 2014 le quitaron las cuerdas al ring, no hubo árbitro, y nos dimos con todo sin atender esa alerta de Chávez sobre cuidar la integridad de la nación por encima de las diferencias.

P: Usted pertenece a una generación que fundó y administró el proceso bolivariano. ¿Qué responsabilidad histórica debe asumir por el deterioro institucional?

R: Hay que segmentar el relato: no es “el chavismo” como bloque único, sino distintas etapas del chavismo. En la primera, con Chávez al frente, cumplimos con la Agenda Alternativa Bolivariana, nuestro programa: un proceso constituyente, democratización “aguas abajo”, inclusión participativa, renacionalización de industrias privatizadas. Hubo errores de gestión, sí, pero logramos una nueva institucionalidad y amplios procesos de inclusión social. Y sí, en el marco de la polarización, también generamos políticas de exclusión hacia sectores que pudieron manejarse de otra manera.

P: El chavismo ha sido testigo de una corrupción muy grande, documentadísima. ¿Qué criticaría?

R: Sí, eso es cierto, y debemos reconocerlo como una línea incumplida, a pesar de los esfuerzos por contenerla. Tiene que ver con aspiraciones de acumulación de riqueza. Nuestro error, como partido, fue no haber sido lo suficientemente efectivos para establecer controles éticos. El flagelo estructural de la corrupción está ligado a la renta petrolera y a un sector privado también corrupto. El problema seguirá si no lo atacamos de raíz.

P: ¿No había, dentro del modelo petrolero y del partido único, un incentivo estructural para la corrupción?

R: Siempre hubo la firme decisión de combatirla. Pero la masividad de las políticas públicas a veces desbordó la capacidad de control fiscal del Estado: primó “hay que atender las demandas de la población” sobre el rigor fiscal, y ahí se colaban cosas.

P: El chavismo fundó su legitimidad en elecciones, participación y Constitución. ¿Conserva hoy esa legitimidad?

R: En el último congreso del partido PSUV expresamos divergencias entre quienes han gobernado y quienes creemos que la viabilidad de una revolución democrática descansaba en una amplia participación popular con libertades públicas. El propio Chávez, en su mensaje del 8 de diciembre de 2012, antes de partir a Cuba, señaló que la revolución debía seguir su camino democrático, con plenas libertades. Esa fue nuestra corriente original. Desde 2018, eso fue sustituido por un Estado de mayor control que argumentaba una agresión externa. Pero nosotros creíamos que había que responder con más democracia.

P: ¿Qué habría hecho usted antes de Juan Guaidó?

R: Hubiese hecho todos los esfuerzos por firmar el acuerdo de República Dominicana, que era un buen acuerdo. Nosotros, al vetar a algunos actores, contribuimos a que no se firmara; pero la oposición estaba dividida y también tenía vetados a algunos, además de no ponerse de acuerdo en torno a un candidato. Esa es la verdad.

P: El 28 de julio de 2024, el CNE proclamó ganador a Maduro sin publicar las actas. El Centro Carter concluyó que la elección no cumplía estándares democráticos. ¿Reconoce que Maduro perdió legitimidad y que ese quiebre dejó a Venezuela más expuesta a la tutela externa?

R: El problema de la legitimidad de Maduro no comenzó en 2024. No publicar las actas generó una duda razonable, pero, anteriormente, cuando sí se publicaban las actas, también había desconocimiento de las elecciones. Solo quedó la decisión constitucional del Tribunal Supremo, que le dio legalidad al mandato de Maduro.

P: ¿No hubo fraude, entonces?

R: Esa es una pregunta que entrampa, porque no ha habido actas: yo tampoco tuve acceso a ellas.

P: Pero el Gobierno estaba en control del CNE y del Tribunal Supremo.

R: Esas elecciones no debieron darse en esas condiciones, porque no estuvieron precedidas de un acuerdo político que garantizara el reconocimiento del resultado, ganara quien ganara. Fueron hechas “a trocha y mocha”. Pero no creo que la explicación de la intervención militar esté en las elecciones de julio de 2024: es más profunda y depende del interés evidente de Estados Unidos en las reservas energéticas de Venezuela.

P: Antes del 3 de enero hubo en Catar una negociación entre Miraflores y la Casa Blanca que no llegó a un acuerdo. ¿Pudo haber otro desenlace?

R: Especular es lo último que haría. Creo que debió haber un acuerdo político que priorizara la integridad de la revolución y evitara que Venezuela fuera atacada y sometida militarmente.

P: ¿Acepta que Venezuela no recuperará la soberanía frente a Estados Unidos mientras no recupere legitimidad interna —elecciones, derechos humanos, pluralismo, rendición de cuentas?

R: Mi posición contra la represión ha sido pública, clara y declarada, siempre. Como revolucionarios, no podemos avalar una represión desmedida. El Estado tiene derecho a ejercer autoridad —hubo procesos insurreccionales en esta época, atentados contra la vida de Maduro—, pero un Estado revolucionario está obligado a responder preservando la integridad de los derechos humanos. Decir que el chavismo, como modelo político, es violador de derechos humanos no es cierto. Cada quien debe asumir su responsabilidad individual.

P: Se activaron el DGCIM, el SEBIN, la Guardia Nacional: instituciones que se usaron para reprimir al pueblo.

R: Durante el gobierno de Chávez hubo, como política de Estado, respeto a los derechos humanos. Hubo excesos puntuales, pero siempre fueron corregidos, castigados e incluso denunciados públicamente por el propio presidente.

P: ¿Qué está dispuesto a hacer para contribuir a esa legitimidad interna?

R: La legitimidad interna es necesaria, pero no suficiente: un nuevo proceso electoral no resolverá el tema del tutelaje por sí solo. Lo resolverá un acuerdo nacional de largo alcance. Venezuela no puede mirar su futuro como un país cuyos recursos administra otro, que tiene que pedir permiso para tomar decisiones políticas, que legisla con la pistola en la cabeza a favor de intereses contrarios al suyo, que es permanentemente humillado por las declaraciones de otro presidente. Ese no puede ser el futuro de Venezuela. En eso sí creo que estamos de acuerdo la inmensa mayoría de los venezolanos.

P: Es importante el debate y que empiece a haber respeto.

R: Es importante que la comunidad internacional sepa que pensar Venezuela solo como dos actores enfrentados, “el gobierno” y “María Corina Machado”, es un error. Son los fundamentales hoy, pero no los únicos, y en el futuro no necesariamente serán los de mayor peso.

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