Nuestros sabios enseñaron hace dos mil años una regla de oro para la supervivencia judía en diáspora:
“Hevú zehirim barashut, she-ein mekarvin lo la-adam ela le-tzorjan” (“Sean prudentes con el poder, porque no se acerca al hombre sino para su propia necesidad”), Pirkei Avot 2:3.
Y también: “Ohev et hamelajá vesoné et harabanut” (“Ama el trabajo y aborrece el poder”), Pirkei Avot 1:10. No por desprecio al gobierno, sino por conciencia de su volatilidad.
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La historia judía nos acostumbró a gobiernos indiferentes, hostiles o, en el mejor de los casos, tolerantes con nuestra identidad y con el Estado de Israel. Sabemos cómo defendernos. Lo que no sabemos es cómo actuar cuando ocurre lo inverso.
El caso del presidente argentino Javier Milei desafía todos los modelos tradicionales de vinculación.
Milei no solo no es hostil. Se identifica explícitamente con los valores judíos particulares y universales, estudia Torá, cita a nuestros sabios y se presenta -y es presentado en Israel- como el presidente más sionista del mundo. Incluso supera a mandatarios judíos como Volodimir Zelensky, que mantienen una distancia prudente con la vida judía institucional y con el Estado de Israel.
Hay un elemento adicional que complejiza aún más el cuadro: Milei adscribe públicamente a una corriente específica dentro del judaísmo, el jasidismo de Jabad Lubavitch, con prácticas, creencias y mesianismo que no solo no son compartidas por la mayoría de los judíos -en su mayoría seculares, conservadores o reformistas-, sino que generan debates intensos dentro del propio mundo ortodoxo.
El presidente no se identifica con un judaísmo normativo y consensual, sino con una vertiente particular y minoritaria, que él abraza con fervor de converso.
Esa adhesión, legítima en el plano personal, se vuelve un problema en el plano comunitario cuando se proyecta como si fuera “el” judaísmo.
Como lo definieron en Israel, este es un Javier, javer – el mejor amigo. Y eso rompe el molde.
Fuera de la Argentina, Milei es visto como un rockstar por su plan económico y su personalidad disruptiva, pero en el mundo judío lo es por otra razón: en un momento de aislamiento brutal de Israel, él ofrece una comprensión sin fisuras del desafío que Occidente enfrenta frente al islam radical y al régimen de Irán.
Como dice la vieja canción israelí: “Dvarim she-roim mikan, lo roim misham” – Las cosas que se ven desde aquí, no se ven desde allá.
Argentina tiene su propia dinámica, compleja y contradictoria. Los presidentes no son dueños del poder y no son eternos. Y hay un peligro aún mayor que la sobreexposición: en política, del amor al odio hay un solo paso.
Los amores políticos cambian de acuerdo a las necesidades e intereses del momento. Aunque Milei no sea un político tradicional, la historia enseña que no hay amores eternos. Basta mirar a nuestro mejor amigo y aliado, Donald Trump. El mismo Trump que fue celebrado como el presidente más pro-Israel de la historia, hoy negocia, presiona y coquetea con los enemigos de Israel de acuerdo a su conveniencia electoral.
Si eso hace con su mejor aliado, ¿qué nos hace pensar que una alianza personalista es para siempre? Hoy somos el mejor amigo, mañana podemos ser una carga.*
En las últimas horas, la visita de Milei a la escuela técnica ORT y su habitual discurso de confrontación contra periodistas, “marxistas” y enemigos diversos, reabrió el debate. Preguntas que la dirigencia debe hacerse con honestidad:
¿Era necesario que ORT, una escuela plural y prestigiosa por su excelencia académica y no por su adhesión a una corriente jasídica, invite al presidente en este momento? ¿En qué beneficia a una institución judía esa exposición a un discurso de confrontación? ¿Era necesaria y prudente la presencia institucional de la DAIA, que debe representar a todo el arco judío -desde el laico hasta el ortodoxo- en un acto que convalida implícitamente una sola lectura del judaísmo?
Con cualquier otro presidente, una visita a una escuela judía es una validación buscada y necesaria. Con Milei, esa misma visita se convierte en un imán para la polémica interna y para potenciar un antisemitismo que crece, paradójicamente, con cada gesto de amor genuino del presidente hacia los valores que él interpreta como judíos.
Cada foto con Milei hoy es capitalizada por sus adversarios como “Milei = judíos = Israel = Jabad”.
No es fácil gestionar esta nueva realidad. Requiere un pensamiento sofisticado que vaya más allá de la foto del día. El desgaste natural de toda figura presidencial, los inevitables damnificados por cualquier modelo económico y los errores propios del poder, canalizarán su malestar hacia Milei. Y por transitividad, hacia lo que él representa para muchos: lo judío.
Lo que hoy parece una luna de miel histórica, mañana puede transformarse en la peor pesadilla de nuestra historia comunitaria. Algunos memoriosos recuerdan la “sinagoga radical” de Alfonsín, solo por haber nombrado a algunos judíos destacados en cargos importantes. El costo de esa sobreexposición lo pagamos todos.
La comunidad judía argentina, centenaria, diversa y plural, no puede hipotecar su futuro al éxito o fracaso de un gobierno de turno, y mucho menos identificarse con una sola corriente interna para congraciarse con el poder.
Como dice Kohelet 3:1: “La-kol zman, ve-et lejol jéfetz tajat hashamayim” – Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Hay tiempo para abrazar y tiempo para tomar distancia.
Los gobiernos pasan. Las comunidades quedan.
Saber surfear con sabiduría los mares cambiantes exige leer permanentemente el clima y, sobre todo, mantener una respetuosa prudencia frente al mar lleno de tiburones que siempre esperan el cambio de marea.










