La insoportable hipocresía en torno a la IA

La insoportable hipocresía en torno a la IA

Cuando la inteligencia artificial comenzó a ser adoptada de forma masiva, las corporaciones detrás de ella insistieron en que no había habido en la historia una revolución tecnológica comparable. Vendieron sus modelos de lenguaje como la panacea para potenciar el conocimiento, el talento y las capacidades de individuos, grupos, instituciones y compañías. Contrastar centenares de fuentes bibliográficas o escribir y editar un ensayo se convirtió en un paseo. El artilugio de hablarle a la máquina tenía algo de acto de magia: bastaba promptear más o menos lo que uno quería. Los algoritmos se encargaban del resto.

Tan solo tres años después, esa magia se ha roto. Lo que es peor, la IA se ha vuelto una pesadilla: un invento que se rebela contra su creador, como en la escena del aprendiz de brujo en Fantasía de Disney. Algo tarde, los gobiernos empiezan a diseñar regulaciones para ponerle riendas a su poderío y las universidades tratan de establecer códigos estrictos para limitar su uso. Esta reacción tiene otra cara: quienes utilizan la IA en la producción creativa y de ideas de élite son estigmatizados como deshonestos productores de contenido prefabricado y corren el riesgo de ser execrados en los ámbitos académico, literario e intelectual. El AI slop, término peyorativo que designa un producto artificial y barato, sin arte humano, se ha convertido en una de las descalificaciones más rotundas de estos tiempos. Debatir el uso de la inteligencia artificial es indispensable, pero cabe preguntarse cuánto de ese debate es honesto, cuánto es una discusión que necesita madurar y cómo desenmarañarlo de la tendencia a forjar miniescándalos como armas de cancelación.

Un caso reciente es el del artículo Trump está gravando la ‘materia oscura’ que paga las cuentas de Estados Unidos, del profesor de Harvard Ricardo Hausmann, publicado en The Financial Times. Este es el argumento: los aranceles de Trump en sus guerras comerciales tienen un costo oculto para los productos generados por la altamente rentable propiedad intelectual de Estados Unidos en el extranjero, es decir, un impuesto del Gobierno de Trump a las ganancias de las compañías de su propio país. La base analítica es la teoría de la ‘materia oscura’, metáfora económica para los activos intangibles que Estados Unidos genera en el extranjero y que la contabilidad convencional no registra, desarrollada hace veinte años por el propio Hausmann y Federico Sturzenegger. Pero resulta que Brendan Nyhan, profesor de la escuela de gobierno de Dartmouth College y comisario del uso académico de IA, pasó el artículo por Pangram, un detector de uso de IA en la creación de texto, según el cual el 71% del artículo había sido generado por la IA. Esto detonó un breve escrache en las redes del que The New York Post, periódico abiertamente trumpista, se hizo eco. El Financial Times agregó un cintillo al artículo de Hausmann tomando posición: “Hemos sabido que se utilizó inteligencia artificial para resumir un borrador más extenso de esta columna antes de su envío al Financial Times y de nuestra intervención editorial. El código de conducta editorial del FT prohíbe expresamente el uso de IA en la redacción”.

El problema es que ni el post de Nyhan ni la nota editorial del FT ayudan a avanzar el debate, porque ambos miden lo que se puede medir —el porcentaje de texto— y no lo que más importa: quién decidió qué. Pangram detecta si frases y pasajes son artificiales, humanos o híbridos, pero no puede demostrar si la formulación de un problema, el desarrollo de un argumento y la composición de un artículo son parcial o totalmente originales de un autor. El prompteo para editar un texto es, en sí mismo, un acto de escritura que obliga a redefinir conceptos como originalidad, autoría y creación. ¿Qué tal si en el caso de Hausmann, uno de los creadores de la idea de ‘materia oscura’, el proceso conceptual es original y la edición fue asistida por la IA? ¿Cómo saberlo sin hacerle una autopsia al texto —autopsia que no hay forma de ejecutar sin un uso intenso de la IA? El FT tiene todo el derecho de prohibir el uso de IA en la redacción, pero ¿estaba Hausmann al tanto de esa política cuando envió el artículo? No es una pregunta tonta: si un colaborador externo no fue advertido, es injusto castigarlo con la misma vara que a un tramposo confeso por el resultado de un algoritmo.

La Universidad de Maryland, con investigadores de Pangram, publicó hace poco un estudio sobre el uso de IA en la prensa de Estados Unidos. El titular de Maryland Today lo dice todo: El uso de IA en los periódicos está generalizado, es desigual y rara vez se revela. La revisión de 45.000 artículos del Washington Post, The New York Times y The Wall Street Journal detectó además que los autores de opinión son seis veces más proclives a usar IA que los periodistas de planta. Si la cifra es correcta, no se trata de casos aislados, sino de una práctica común en espacios influyentes de la conversación pública.

Es probable que esto obedezca a un vacío normativo entre periodistas de planta y colaboradores externos. Eso no implica que informadores y opinadores no deban seguir reglas éticas comunes, como el rigor argumentativo y el compromiso con los hechos y la verdad. Ese es el estándar del periodismo de calidad. Pero el vacío normativo lleva a otra pregunta obligatoria: ¿no es tarea del medio establecer los mecanismos de control de calidad que garanticen ese estándar?

La exculpación del FT es comprensible, pero endeble, y no responde a un mundo en el que la IA ya forma parte del trabajo cotidiano de miles de millones de personas. Ese es el verdadero problema. Las redes sociales presionan sin cesar para que adoptemos la IA: quien no la use quedará fuera del mercado, repiten, sobre todo en trabajos que exigen usar el intelecto. Si la IA es el presente y el futuro de la sociedad, resulta casi hipócrita exigir a estudiantes y autores que prescindan de ella para hacer sus tareas, preparar un examen o componer un ensayo.

Frente a esa hipocresía, cada actor improvisa su propia respuesta. La UNAM rediseña su prueba de ingreso para esquivar la IA. Anthropic implanta una marca de agua en el contenido generado por Claude, un intento técnico de resolver con una firma digital lo que en el fondo es un problema de responsabilidad humana. Y el economista político de la Universidad de Chicago Chris Blattman pone a disposición de cualquier usuario su sitio Claudeblattman.com para potenciar la búsqueda del conocimiento mediante herramientas de IA. Prohibir, marcar, potenciar: tres respuestas al mismo fenómeno, y ninguna coincide con la otra. El problema no es técnico ni administrativo. Es de quien decide.

Pero, aun así, hay algo que no cuadra: el desarrollo de la tecnología más transformadora y revolucionaria nos tomó con la guardia baja, obligándonos a replantear los parámetros que nos permiten relacionarnos con ella, desde la ética hasta la privacidad, en todos los campos imaginables de nuestras vidas.

Volviendo a nuestro tema, la IA ha hecho saltar por los aires nociones tan antiguas como creación, autoría, escritura y originalidad. Es evidente que involucrar algoritmos en un proceso tan personal como la escritura obliga a revisar muchas cosas. Pero la noción de autor tiene una función poco considerada en el debate sobre qué es ser ético y qué es hacer trampa en la era de la IA.

La escritura es, en esencia, un acto lleno de decisiones. Esto es así en casi cualquier género, salvo quizás las Sagradas Escrituras —que vienen dictadas por un tal Dios— y ciertas vertientes de la poesía, como la mística y la escritura automática en el surrealismo.

En la escritura expositiva y el ensayo hay un largo camino de decisiones que van desde elegir el tema, el ángulo, el tono, las imágenes y los énfasis, elementos que pocas veces son visibles a los ojos de un lector, incluso el más avezado. El autor delega parte de ese proceso cuando pone la edición —que no es sino otro elemento de la escritura— en manos de un editor. Sea humano o artificial, ese editor es un tercero. Pero así como la función de un editor debe ser mejorar la calidad del ensayo, la responsabilidad del autor es que la edición lo ayude a expresar con exactitud lo que quiere expresar. Pongamos por caso que le pido a Claude o ChatGPT que evalúe esta columna, ya larga, y me ayude a condensarla. La IA puede parafrasear, volar párrafos enteros, proponer cambios a la estructura o reescribir el texto completo, bajo otro ángulo y con otro tono. Puede acertar o equivocarse, pero el autor es quien debe decidir cada cambio. No puede delegar la responsabilidad de decidir.

Y olvidar esa responsabilidad es uno de los grandes peligros que entraña la adopción generalizada de la IA (no necesitamos que Bill Gates nos lo diga). No hay que permitir que sus algoritmos tomen por nosotros decisiones críticas. Pero también hay que seguir lidiando con las preguntas fundamentales de la transparencia periodística: ¿Cómo y hasta qué punto integrar la IA a la prensa informativa y de opinión? ¿Dónde termina la edición y dónde empieza la autoría? ¿Cuándo debe reconocerse el aporte de un editor de IA como coautor? Hay que reconocer, además, las paradojas de nuestra era: la IA nos potencia y nos amenaza, haciéndonos a todos contemporáneos y responsables de nuestro porvenir. Podemos combatirla como los luditas del siglo XIX, abrazarla como tecnoutopistas o plantearnos una resistencia inteligente: la que busca vigilar, regular y limitar sus usos más peligrosos. Pero urge hacerlo sin hipocresía ni pánicos apocalípticos y con algo de humor. Después de todo, quien esté libre de IA, que lance la primera piedra. Por si acaso, todos los guiones largos son míos.

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