El Barcelona es una orquesta en el arranque de la Liga de España. Al margen de otros actores protagónicos como Rodri, Pedri, Raphinha o Fermín López, tiene un director dentro de la cancha: Lamine Yamal. A sus 19 años, y ya campeón del mundo, el delantero convirtió un doblete, el primero con un paso de ballet incluido, para la goleada 5 a 0 sobre Valencia como visitante, que sirvió además ver el debut de Gabriel Jesús como blaugrana.
El pleno de cuatro triunfos lo completaron los goles de Fermín López (22′), Raphinha (50′) y Pedri (78′). Así, no parece haber rivales para que el conjunto dirigido por Hansi Flick pueda ir en búsqueda del bicampeonato, más allá de estar escoltado por el Real Madrid y Betis.
«Ha sido un partido fantástico, hemos controlado desde el principio y es lo que quiero ver», dijo Flick. Lamine Yamal, que había sembrado la duda tras entrenar al margen el sábado por un golpe, fue finalmente titular y uno de los hombres más peligrosos del Barça.
El joven campeón del mundo abrió rápido el marcador al recibir un pase bombeado al área para elevarlo por encima de la salida del arquero Stole Dimitrievski (6′). Golazo. En el complemento, Lamine repitió al rematar otra pelota filtrada (84′), además de ver cómo se le anuló otro tanto más por un fuera de juego milimétrico.
Así despejó las dudas que había generado un gris inicio de temporada, yendo de menos a más y a las puertas de recibir el miércoles al Feyenoord en el inicio de la Champions League.
Con el termómetro rozando los 34 grados y la tribuna de los hinchas «animadores» vacía en forma de protesta, el partido arrancó con silbidos para los jugadores locales, el técnico Carlos Corberán y Kiat Lim, el dueño del club. El clima era adverso, mucho, para un Valencia al que se le notaron los nervios desde el inicio.
Mientras Mestalla era un polvorín, el Barcelona dominó con facilidad bajo la dirección de Pedri y Rodri, que estrenó titularidad ante un Valencia que intentaba revolverse, pero en sus llegadas al área pecaba de inocente.
Muchos valencianistas abandonaron su butaca antes del silbato final, pero los que se quedaron volvieron a mostrar su malestar un día más mientras sus jugadores, junto a Carlos Corberán, aguantaron los silbidos en el centro del campo.










