Está escrito en los mandamientos del fútbol que el Morumbí impone respeto. Sin embargo, para Leandro Lozano, ese coloso paulista escondía un significado más doloroso. Posiblemente, cuando a los quince minutos del segundo tiempo sacó un zurdazo inatajable para adelantar a Boca contra San Pablo y salir festejando de cara al banderín del córner, su gol no fue uno más.
No solo porque significó su primer grito con la camiseta xeneize en su décimo partido. Tampoco porque sirvió para clasificarse a las semifinales de la Copa Sudamericana. Ese remate furioso fue, ante todo, un desahogo del alma. Fue una revancha personal con el destino y un sentido homenaje. Porque en ese instante de éxtasis, un recuerdo fugaz de su gran amigo Juan Izquierdo, el defensor uruguayo que falleció tras sufrir un paro cardiorrespiratorio en medio del Morumbí.
¡HAY GOL DE BOCA EN EL MORUMBÍ!
Enorme patriada de LOZANO para poner el 2-0 del Xeneize en la serie contra São Paulo.
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— DSPORTS Argentina (@DSportsAR) September 16, 2026
Para entender la magnitud de lo que vivió el lateral uruguayo con ese gol, resulta obligación retroceder al 22 de agosto de 2024. Aquella fatídica noche, en ese mismo césped, Lozano saltó a la cancha vistiendo los colores de Nacional de Uruguay para enfrentar al dueño de casa por los octavos de final de la Copa Libertadores. Fue allí donde la tragedia se hizo presente cuando su compañero se desplomó súbitamente. Lozano estaba a escasos metros y su primera reacción fue querer sostenerlo en el aire. Tras cinco días de angustia, Izquierdo falleció el 27 de agosto en el hospital Albert Einstein de São Paulo.
La prematura pérdida de su amigo sumió a Lozano en un profundo luto que detuvo su carrera. Rechazó ofertas para irse al exterior. Sintió que su deber moral era quedarse en Montevideo y transitar el duelo acompañado de los suyos. Recién en enero de 2025, entendiendo que el ciclo de sanación requería otros horizontes, se marchó a Argentinos Juniors.
El destino decidió que el fútbol lo devolviera al lugar de los hechos exactamente dos años más tarde, ahora defendiendo los colores azul y oro. Sin embargo, esta vez la historia tenía preparado un guion completamente redentor. Lozano logró transformar todo el dolor acumulado en energía y la angustia en un zurdazo cruzado que enmudeció a las tribunas brasileñas. Tal vez ese gol cerró un círculo emocional perfecto. Mientras corría a festejar, con los puños apretados, Leandro Lozano no solo acercó a su equipo a las semifinales: le regaló a su amigo en el cielo la sonrisa y la revancha que el destino les debía.
Esa misma emoción quedó evidenciada minutos después del pitazo final. Aún con las pulsaciones a mil, el defensor tomó los micrófonos ante la transmisión oficial y ratificó todo el peso sentimental que sobrevolaba en el ambiente. «Hicimos un buen partido. Estamos sólidos, salvo por el gol en el final. Hay que seguir, venimos muy bien. Quiero mandarle un saludo grande a mi familia y también a la familia de Juan Izquierdo porque fue un partido muy especial para mí en este estadio. Hace dos años perdí a un compañero en esta cancha«, declaró, acordándose de su gran amigo en medio de tanta felicidad.










