viaje a las entrañas del Malacara, un tesoro geológico en plena cordillera argentina

viaje a las entrañas del Malacara, un tesoro geológico en plena cordillera argentina


Entrar en un volcán, avanzar por sus pasadizos sinuosos y llegar hasta las chimeneas y cárcavas es posible solo en tres lugares en el mundo.

El sur de Mendoza es uno de ellos. Allí se puede ingresar al Malacara, un volcán inactivo donde el camino se abre entre paredes amarillas y negras, mientras la luz entra a intervalos desde lo alto y el viento frío encuentra paso entre las grietas.

Viva fue a la cordillera para visitarlo. Llegó hasta el campo de los Quezada, la familia que un día se enteró que en su propiedad había nada menos que un increíble tesoro geológico, una especie de gigante dormido.

Hoy, ellos mismos se encargan de administrar las visitas a su interior.

Recorrer el Malacara es internarse en una geografía que permaneció durante años casi inadvertida. Su historia como destino turístico comenzó hace apenas 26 años, cuando los lugareños descubrieron el valor de esas formaciones volcánicas que hasta entonces eran parte silenciosa del paisaje.

El Malacara en los terrenos de la familia Quezada. Foto: Ramiro Gómez.

Durante décadas, para la familia Quezada, el Malacara no fue un volcán. Era un cerro más dentro de las 2.000 hectáreas donde criaban chivos, vacas y caballos, en el paraje La Batra.

Un cerro bonito, quizás, pero también incómodo: entre sus profundas cárcavas se perdían los animales y algunos de ellos nunca regresaban.

Nadie imaginaba entonces que aquellas paredes amarillas y negras guardaban la historia de antiguas erupciones, del contacto con el agua y el viento.

Los caminos hacia el interior del Malacara muestran cómo fue moldeado por el agua, el magma y el viento.

La revelación llegó en el año 2000, de la mano de Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires.

Ella había pasado cerca de diez años estudiando volcanes en la isla Decepción, en la Antártida, cuando comenzó a buscar formaciones similares en otras regiones de la Argentina a través de imágenes satelitales.

Así llegó hasta La Payunia. En aquel enorme territorio volcánico del sur mendocino encontró algo que llamó su atención. Había varios volcanes formados por la interacción entre magma y agua, entre ellos el Carapacho, Piedras Blancas, Perro Atado y el Malacara. Risso viajó hasta Malargüe para conocerlos.

Pero llegar al Malacara no era tan sencillo como señalar un punto en el mapa. No había carteles ni caminos turísticos.

Apenas algunas huellas abiertas sobre el campo. En el pueblo le dijeron que buscara a Alberto Beto Quezada.

“Me di cuenta de que era imposible llegar sola. Me indicaron que tenía que hablar con Beto, que muy amablemente me mostró una picada (un sendero angosto). Por ahí llegamos hasta una quebrada y pudimos entrar a la cárcava principal”, recuerda la geóloga.

Beto no terminaba de entender tanto interés. “¿Está segura de que quiere ir a esa porquería donde se mueren mis chivos?”, le preguntó a Risso.

Huellas de una erupción

Para él, aquello era parte del paisaje de toda la vida. Había caminado por esos terrenos junto a su padre, había llevado animales a pastar y conocía cada dificultad que se presentaba del campo.

Pero nunca se había preguntado qué historia había detrás de ese cerro. Risso, sí. Cuando ella entró por primera vez en las cárcavas, quedó sorprendida.

“Son fantásticas. Lo increíble es que no las ves hasta que llegás”, cuenta.

Desde afuera, el Malacara guarda buena parte de su forma. Hay que acercarse, entrar y caminar entre sus paredes onduladas para comprenderlo. Lo primero que atrapó la mirada de la geóloga fue el amarillo. ¿Por qué aparecía ese color?

Lo primero que hay que entender es que el Malacara es un volcán hidromagmático. Es decir, su formación estuvo marcada por el encuentro violento entre el magma y el agua, probablemente proveniente de una antigua laguna que existió allí cientos de miles de años atrás.

El interior del Malacara. Un festival de luz y colores. Foto: Ramiro Gómez.

Cuando ambos elementos entraron en contacto, la erupción fragmentó la lava en pequeños pedazos. El agua alteró esos materiales y dejó buena parte de los tonos amarillos que hoy cubren las paredes del volcán.

Pero en algún momento el agua desapareció. Y la erupción siguió. Entonces comenzó otra etapa, visible en los materiales negros que quedaron depositados sobre los anteriores.

Por eso quien hoy camina hacia el interior del Malacara atraviesa también, sin saberlo, distintos momentos de su historia.

“Primero aparecen bloques oscuros bajo los pies. Más adelante, entre las paredes erosionadas, surge el amarillo”, describe la geóloga.

Las cárcavas por las que se realiza la experiencia de visitarlo se formaron mucho después. El viento y el agua fueron abriendo lentamente caminos sobre aquellos depósitos volcánicos, un material frágil que todavía se desgrana al tocarlo.

Risso suele explicarlo con una imagen sencilla: “Es como una torta. Entrás desde la parte externa hacia la interna. Vas caminando por uno de sus costados hasta llegar a la zona de los cráteres”.

Sal de ahí, chivito

En la parte alta del Malacara hay tres cráteres. Desde abajo casi no pueden verse: el relieve los oculta y la vegetación ha cubierto parte de ellos.

Su verdadera forma aparece con claridad recién desde el aire.

Beto Quezada creció en ese paraje. Su padre, José Alberto, pasó alrededor de 70 años en la extensa meseta volcánica. De joven se marchó para trabajar en las minas de Malargüe, pero más tarde regresó al puesto para ayudar con la crianza de las cabras. Allí formó su familia. “Nacimos y crecimos en el puesto”, le cuenta Beto a Viva.

En medio de los pasadizos del Malacara se metían los chivos de la familia Quezada y no regresaban. Foto: Ramiro Gómez.

Durante los años noventa, sus padres consiguieron mediante título supletorio la propiedad de unas 2.000 hectáreas donde durante décadas habían criado animales.

Cuando su padre murió, el campo se repartió entre los hijos. A Beto le quedó el sector del Malacara.

“Era el cerro que tantos problemas nos había dado. Los chivos se metían entre las cárcavas, se perdían y algunos se morían”, describe.

Por eso todavía recuerda su sorpresa cuando aquella geóloga llegada de Buenos Aires empezó a hablarle de erupciones, una posible laguna y de una formación volcánica poco común.

“Cuando me explicó que era un volcán de millones de años, me costaba comprender su valor. Lo conocía de andar pastando o de caminar con mi papá. Me parecía bonito, pero nunca me había imaginado su historia geológica.”

El mismo paisaje estuvo frente a sus ojos desde siempre. Con las revelaciones de la geóloga Risso, lo que había cambiado era la manera de mirarlo.

Su padre tardó más en aceptar aquella nueva idea. “Él nunca le vio el lado bueno. Tal vez un poco al final de su vida, cuando empezaron a llegar los turistas”, comenta Beto.

“Pero yo entendí que aquello podía cambiar nuestras vidas, y sentí que no podía fallar con este nuevo proyecto”, revela.

En 2002, Corina Risso dio una conferencia en Malargüe y mostró por primera vez sus investigaciones en la zona.

“A medida que hablaba y contaba lo que había en el Malacara, la gente no lo podía creer”, recuerda.

Malargüe buscaba nuevos sitios para sumar a sus circuitos turísticos y el volcán estaba relativamente cerca de la ciudad. El problema era cómo llegar.

La familia Quezada comenzó a trabajar con guías locales. Al principio, las excursiones tenían poco de infraestructura turística y mucho de aventura: Beto acompañaba a los visitantes a caballo por las huellas del campo.

En el interior del Malacara se pueden ver los lugares por donde pasó alguna vez la lava. Foto: Ramiro Gómez.

Los primeros viajeros llegaron por recomendaciones. Uno se lo contaba a otro. En 2006, una vieja picada petrolera permitió que Beto ingresara con una camioneta y luego con maquinaria vial.

Así, poco a poco comenzó a tomar forma el camino que acercaría al turismo curioso hasta el volcán.

Hoy, los viajeros recorren dos de las tres cárcavas, caminan sobre las antiguas formaciones volcánicas y ascienden hasta un mirador desde donde, a la distancia, aparece la laguna de Llancanelo.

“Yo era una persona que trabajaba con animales en el campo. Pero me propuse hacer conocido este lugar y lo logré. Hoy mucha gente viaja hasta Malargüe para visitar el Malacara”, dice Beto, satisfecho.

Aquello que alguna vez había sido un problema para la familia terminó modificando también su vida. Hoy sus hermanas están al frente del parador y del restaurante, mientras él coordina las visitas y habilita el ingreso al campo.

Aspecto lunar

Geográficamente, el Malacara está ubicado a 42 kilómetros de la ciudad mendocina de Malargüe, dentro de la formación geológica patagónica, pero fuera del área protegida conocida como Reserva Payunia. Al ingresar a esa región, se pierde la noción del tiempo.

Valles de aspecto lunar, silencio que estremece y, en invierno, un viento helado que congela la mandíbula.

En los alrededores del Malacara, las piedras parecen provenientes de la Luna. Foto: Ramiro Gómez.

Hay más de 800 volcanes inactivos, con senderos sobre sus laderas, desde donde se pueden disfrutar vistas panorámicas a los valles y la inmensidad del horizonte.

De todos los conos de Sudamérica, el Malacara tiene un atractivo especial: es uno de los tres volcanes del mundo que se pueden visitar por dentro. Los otros dos están en Islandia y Guatemala.

De 2.450 metros de altura, es un volcán hidromagmático, en la que el agua acumulada y el viento forma pasillos, chimeneas y cárcavas de más de 30 metros de altura.

Caminata

La excursión parte de la villa cabecera de Malargüe, que tiene variedad y calidad de alojamientos y servicios turísticos, desde que se inauguró en la zona el centro de esquí Las Leñas.

El viaje en vehículo es por la ruta nacional 40 hacia el sur, luego hay que tomar el desvío al este, por la ruta provincial 186, que es de ripio.

El trayecto desde la ciudad de Malargüe al volcán es de 45 kilómetros y lleva poco más de una hora por las características del terreno: hay que transitar unos 17 kilómetros sin asfalto.

El acceso al predio del Malacara está sobre la ruta 186. La excursión a pie para llegar y recorrerlo completo dura alrededor de dos horas.

Es una caminata de dificultad baja pero que siempre se realiza con guía. El ingreso a su interior está a unos 500 metros de la ruta. Malacara está en el paraje La Batra y tiene una tranquera en su entrada porque está dentro de una propiedad privada, parte de la estancia de los Quezada.

Para poder visitarlo hay que contratar un guía habilitado de la asociación de guías de Malargüe .

Durante el trayecto hay tramos que incluyen escaleras metálicas para sortear grandes rocas, y una caminata final hacia el mirador de unos 400 metros con una pendiente pronunciada (45°), que exige un esfuerzo físico moderado.

Tiene tres cráteres, desde donde surgieron tres flujos de lava. El cráter más extenso apunta al norte y es de 10 metros de espesor y 7 kilómetros de lava.

Su ladera tiene una degradé de colores tierra, parecida a la que tienen en la cara los caballos Malacara.

“El nombre del volcán es por esos colores, de negro o marrón con una franja de color claro, que a los pobladores de la zona les hacía recordar a los caballos llamados malacara, con su pelaje blanco amarillento en una parte de la cara”, comenta la guía Marisa Verdú.

Recuerda, también, que un caballo Malacara fue protagonista de una hazaña histórica en la Patagonia, cuando un colono galés logró escapar en su lomo de unos ataques. Saltó de una orilla a la otra del cañón y en su cabeza sobresalía su mancha blanca.

Al alcanzar los puntos más altos, se obtienen vistas panorámicas privilegiadas del norte de La Payunia, de la imponente antena DS3 de la Agencia Espacial Europea y de la tranquila Laguna Llancanelo.

Orígenes

La zona se caracteriza por tener un vulcanismo monogenético, es decir, que los volcanes se forman a lo largo de una sola erupción.

“El paisaje es único en el mundo, en esta región están todos los tipos de volcanes”, asegura Johny Albino, operador turístico de Malargüe.

Durante el recorrido, el guía Rodrigo Martínez menciona que una cárcava se forma con la erosión del agua sobre algún tipo de material que deja un desnivel. Sobre la pared queda el registro de cada una de las erupciones.

“Todas las veces que llueve, hay algún cambio en las paredes y en las cárcavas del Malacara”, agrega Verdú.

Con 20 años guiando turistas a su interior, Verdú asegura que si el día está soleado o si las nubes van cubriendo parte del cielo, eso se refleja de otro modo en el interior del volcán.

Al paso, se pueden ver en el camino unas bolas de roca a las que se conoce como bombas volcánicas. “Fueron parte del material expulsado, que voló varios metros hasta caer por las laderas, formando esas bolas”, explica la guía.

Durante la erupción, un volcán lanza grandes cantidades de magma viscoso. Son masas que vuelan por el aire, su exterior se solidifica rápidamente mientras que el interior permanece fundido.

Debido al giro en el aire y la composición de la lava, adoptan distintas formas antes de impactar y endurecerse por completo.

La primera abertura hacia el cielo que se puede ver al llegar es la cárcava Tito Alba, en homenaje a un tipo de lechuza blanca que habita la zona y que deja sus nidos en el interior del volcán.

Marisa, la guía con más visitas en su mochila, aconseja: “Deténganse unos segundos, sientensé en la roca, hagan silencio y conecten con la naturaleza”.

Mirador de estrellas

La ciudad de Malargüe promueve su cielo limpio para mirar las estrellas. Todas las farolas alumbran para abajo para no contaminar.

Tiene un planetario abierto al turismo, ideal para ir con chicos, y un observatorio de rayos astronómicos, único en el mundo. Este año han lanzado también el turismo ufológico, con paradores para mirar las estrellas y sitios de presunto avistaje de objetos voladores no identificados.

En ese contexto, la zona del Malacara no se queda atrás. Allí está La Cresta, un mirador con vistas panorámicas que permiten divisar la Laguna Llancanelo, con la mayor reserva de aves de Mendoza.

Avanzando unos 100 kilómetros se llega a la reserva de La Payunia con sus pampas negras de sedimento volcánico y una extensión de 650 mil hectáreas.

La reserva tiene 827 volcanes inactivos. En promedio se estima que hay 10 por cada 100 kilómetros y, en algunos sectores, 33 por cada 100 km.

En el camino se ve fauna autóctona: guanacos, choiques y piques. Los guanacos sobrepasan los 11.000 ejemplares, la mayor comunidad protegida de estos camélidos en el país. Y hasta puede aparecer un puma o gato andino.

Durante buena parte de su vida, Beto Quezada vio al Malacara desde el puesto, caminó sobre él y buscó los chivos que no regresaban.

Atardecer en el sur mendocino. El gigante continúa dormido. Foto: Ramiro Gómez

Tuvo que llegar una geóloga desde la Antártida para contarle que ese cerro guarda una historia de agua, magma y viento escrita cientos de miles de años antes.

Corina Risso, quien reveló los secretos del Malacara, siguió estudiándolo durante años. Investigó su origen, reconstruyó sus distintas etapas eruptivas y publicó trabajos científicos sobre el lugar hasta que llegó su jubilación.

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