Shenzhen: la ciudad que mezcló Estado y mercado y no encaja en la grieta argentina

Shenzhen: la ciudad que mezcló Estado y mercado y no encaja en la grieta argentina

La polémica la abrió el periodista Diego Iglesias el lunes pasado con una frase dicha desde China: para entender la China moderna hay que entender Shenzhen, donde liberaron los precios, dejaron jugar a la oferta y la demanda y atrajeron grandes inversiones con incentivos fiscales extraordinarios. Dos días después le contestó el ministro de Economía Luis “Toto” Caputo: “Cambien Shenzhen por Argentina y es exactamente lo que estamos haciendo”.

Hay algo cierto en el debate: el proyecto Shenzhen es un éxito y vale la pena contarlo.

En apenas cuatro décadas, Shenzhen protagonizó una de las transformaciones económicas más extraordinarias de la historia contemporánea. La ciudad que hoy alberga gigantes tecnológicos, fábricas de electrónica, autos eléctricos, baterías y drones nació como el laboratorio que usó Deng Xiaoping para probar hasta dónde podía introducir mecanismos capitalistas dentro de una economía socialista sin abandonar el control político.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

El punto de partida fue 1978, con la política de “reforma y apertura”. El 26 de agosto de 1980 Shenzhen fue convertida en Zona Económica Especial. Su ubicación no fue casual: estaba pegada a Hong Kong, entonces colonia británica y centro financiero de Asia. China tenía tierra y trabajadores baratos; Hong Kong, capital, empresarios, tecnología y conexiones con Occidente. Shenzhen fue el puente entre esos dos mundos.

El experimento tuvo una combinación que muchas veces resulta difícil encuadrar exclusivamente como liberal o estatista. Pekín permitió en Shenzhen cosas que todavía estaban fuertemente restringidas en el resto del país: impuestos reducidos, exenciones aduaneras para insumos y bienes de capital, facilidades para remitir utilidades, precios más flexibles y mayor autonomía empresarial. También se flexibilizó la contratación laboral: las empresas pudieron seleccionar trabajadores, establecer incentivos salariales y despedir personal, rompiendo parcialmente con el tradicional “tazón de arroz de hierro”, que asociaba al trabajador de una empresa estatal con un empleo prácticamente vitalicio.

Shenzhen fue pionera en crear mercados de tierra, trabajo, capital y tecnología, con subastas de derechos de uso de terrenos y emisiones de acciones inéditas para la China comunista. Hacia 1986 ya existían mercados rudimentarios para buena parte de esos factores. El cambio alcanzó incluso al sistema cambiario, aunque sin liberación completa del yuan: hubo tipos de cambio múltiples y una apertura experimental y administrada, no una flotación libre.

Pero la otra mitad del modelo fue profundamente dirigista. El Estado chino decidió dónde instalar la zona, qué infraestructura construir, qué industrias promover y qué condiciones ofrecer al capital. Carreteras, puertos, electricidad, telecomunicaciones, agua, urbanización y posteriormente aeropuertos, metro y conexiones ferroviarias acompañaron una expansión industrial previamente buscada por las autoridades. El Banco Mundial destaca justamente, entre las características de las zonas chinas, la concentración de enormes inversiones públicas en infraestructura.

El capital extranjero tampoco ingresaba a un territorio desregulado: el objetivo chino era conseguir simultáneamente inversión, exportaciones, empleo, conocimiento y tecnología. En las primeras etapas se impulsaron las joint ventures, con el socio extranjero aportando capital y tecnología y la contraparte china, terrenos y trabajadores. También se usó el “compensation trade”: China recibía maquinaria y compensaba con producción futura.

Muchas empresas extranjeras enfrentaron exigencias de asociación con una estatal china, contenido local y transferencia tecnológica. Algo similar pasó con las exportaciones: el modelo tuvo fuerte orientación exportadora, pero ya a mediados de los 80 Shenzhen evolucionó hacia una economía urbana más amplia, con producción también para el mercado interno.

Los resultados fueron extraordinarios. Entre 1980 y 1984 el PBI de Shenzhen creció a una tasa anual cercana al 58%, según un estudio del Banco Mundial. Hacia comienzos de los 90 operaban unas 20.000 empresas, alrededor de 5.000 de ellas con participación extranjera. En 1980 el PBI de la ciudad era de apenas 270 millones de yuanes; para 2019 alcanzaba 2,7 billones de yuanes.

La primera industrialización estuvo muy ligada a Hong Kong, que trasladó actividades intensivas en mano de obra para aprovechar terrenos y salarios bajos: Shenzhen aportaba la fábrica, Hong Kong el financiamiento y el acceso internacional. Con los años esa relación cambió: Shenzhen dejó de ser solamente el taller barato situado detrás de Hong Kong y empezó a generar empresas propias. Huawei nació allí en 1987 y pasó de comercializar equipamiento telefónico a convertirse en uno de los mayores grupos mundiales de telecomunicaciones. Tencent, fundada en 1998, se transformó en un gigante de internet y servicios digitales. BYD nació en 1995 fabricando baterías y terminó siendo una potencia mundial de vehículos eléctricos. DJI, fundada en 2006, hizo de la ciudad un centro mundial de fabricación de drones.

El secreto de Shenzhen fue que China no eligió exclusivamente entre Estado y mercado, sino que construyó un sistema híbrido: liberalizó precios y relaciones laborales, permitió beneficios privados y competencia, pero al mismo tiempo planificó infraestructura, seleccionó sectores y orientó el desarrollo.

Esa es la característica central de la experiencia: China abrió la economía sin renunciar a dirigir su transformación productiva. El mercado determinaba cada vez más qué empresas ganaban; el Estado seguía decidiendo el terreno, la infraestructura y las prioridades estratégicas.

Quizás el mayor problema que plantea Shenzhen para la discusión argentina es que obliga a abandonar las categorías cómodas. Su éxito no demuestra que el liberalismo tenía razón ni que el dirigismo estatal es lo acertado: demuestra que Shenzhen utilizó las dos cosas.

Un liberal argentino podría viajar a Shenzhen y encontrar pruebas de que bajar impuestos y atraer inversiones funciona. Un desarrollista podría encontrar pruebas de que la planificación y la infraestructura pública también funcionan. Los dos volverían convencidos de haber ganado la discusión. Nuevamente, la grieta ideológica embrutece.

star111 login

betturkey giris

https://vsetut.uz

lottostar

https://slotcoinvolcano.com

lottostar

super hot slot

hollywoodbets mobile

pusulabet giris

yesplay bet login

limitless casino

betturkey guncel giris

playcity app

sun of egypt 4

moonwin

aviamasters

jeetwin

winnerz

lukki

croco casino

playuzu casino

spinrise

discord boost shop

fairplay

betsson

boocasino

strendus casino

sun of egypt 2 casino

gbets login

playwise365

amon casino

betmaster mx

verde casino

winexch

prizmabet

solar queen

quatro casino login

springbok