Cada vez que se nos va una figura del deporte, inevitablemente miramos hacia atrás y empezamos a revisar su historial. En el caso de Jorge Roña Castro, el resultado arroja un enorme superávit de piñas, coraje y guapeza. Tres virtudes que el santacruceño, fallecido ayer tras sufrir un paro cardíaco, convirtió en su marca registrada y que lo llevaron a conquistar el título mediano de la AMB. Una corona que sostuvo durante 494 días, desde el 12 de agosto de 1994, y defendió exitosamente cuatro veces.
Castro quizá no tuvo la vigencia de Carlos Monzón ni la cintura de Nicolino Locche. Pero sí compartió con Víctor Galíndez, otro de los grandes campeones argentinos, esa guapeza que no se aprende en ningún gimnasio. Su inolvidable KO en México ante John David Jackson, tras recibir una paliza, fue la expresión nítida de ese espíritu.
El Roña se retiró en 2007, a los 39 años, con récord de 130 (90 KO) – 11-3. Quizá corresponda ubicarlo en un segundo escalón entre los grandes boxeadores nacionales, aunque con un mérito adicional: fue campeón en una época en la que llegar a la cima todavía era una conquista reservada para pocos.
Los títulos mundiales y las asociaciones no se multiplicaban como ocurre hoy, cuando la proliferación de cinturones termina desdibujando el valor de una corona.
Y ahí aparece una tristeza que excede su muerte. Porque el boxeo argentino no solo despide a uno de sus ídolos: nos recuerda cuánto extraña a campeones como él. A esas veladas que convocaban multitudes, a las peleas que paralizaban al país, a protagonistas capaces de convertir una noche frente al televisor o al ring del Luna Park en un recuerdo imborrable.
El Roña, además, trascendió el ring con una naturalidad de pocos. Fue amigo de Diego Maradona, hizo reír a Susana Giménez con sus ocurrencias, se animó a cocinar en MasterChef y les dio de comer a miles.
Su muerte nos deja un vacío y un lagrimón de nostalgia. Por Castro, por sus batallas y por aquellos tiempos en los que un campeón mundial argentino era motivo de orgullo colectivo. Se fue el Roña. Y con él, otro pedazo de una época que cada vez extrañamos más.













