Juan Pablo Geretto: “La dictadura no terminó en el 83 para nosotros”

Juan Pablo Geretto: “La dictadura no terminó en el 83 para nosotros”

En 1999, el actor Juan Pablo Geretto había estrenado Solo como una perra, obra con la que hizo más de una década de funciones en Rosario y giras por varias ciudades. De ese periplo, casi no quedaron ni guion ni filmaciones. Sí, memoria, en el cuerpo, mente y emociones del propio intérprete. A partir de ese material y algunos rastros, se dispuso a retomar el proyecto. A comienzos de año lo reinició en el Teatro Broadway de Rosario, y ahora llega a CABA, a través la dramaturgia reescrita por Geretto y Juanse Rausch, quien realiza además la dirección. Mientras el protagonista combina su agenda con Berlín Berlín, de miércoles a domingo, en el Teatro Apolo, junto a Pablo Rago, Fernanda Metilli y Maxi De La Cruz, Solo como una perra va los lunes a las 20 en Santos Dumont 4040.

—¿Qué motivó que en sus orígenes la obra tomara ese título?

—Se llama así, porque yo venía haciendo trabajos con otros actores, y un día me llamaron a mí para que reuniera todos mis personajes en un unipersonal y, en la charla, surgió, como una tontería, “sí, solo como un perro”. Luego le cambiamos el género, porque la obra jugaba con ello. Así surgió el título.

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—¿Por qué se perdieron los registros y cómo fue la reconstrucción?

—La obra se perdió verdaderamente. Podría haber sido filmada, pero no había teléfonos inteligentes; había que llamar a un equipo de filmación y no lo hicimos. Incluso, se hizo en el Monumento a la Bandera de Rosario, durante una feria de humor [2007, ante un estimado de 15.000-20.000 personas] y tampoco se filmó. Argentores también perdió el registro. La reconstrucción fue a partir de la memoria. Además descubrí que tenía un pedacito de un personaje anotado y otro, en un casette, de esos que usaban los periodistas. La búsqueda me llevó un año y medio, en el que estuve a flor de piel. Juanse tiene la edad que yo tenía cuando empecé a hacer Solo como una perra. Él es una persona más formada que lo que era yo en ese momento; estudia, investiga sobre el tema. Yo aporto desde la experiencia y el doble de edad. Eso retroalimenta.

—¿Qué personajes aparecen?

—En aquel momento, había una paraguaya, que era una excusa para contar cosas que me pasaban. Otro personaje es una docente, de donde después salió Maestra normal. En general, era un play back típico de los espectáculos de transformismo. Esta obra, más que nacida de un texto, es nacida de un cuerpo con ganas de expresarse. Los personajes se fueron ampliando, engordando, ensanchando, durante esos 11 años de esta especie de monólogo que transitaba por varios personajes y mostraba modos de trabajo del transformismo, un arte de variedades.

—¿Qué relación tiene la obra con el clima de época en que se gestó?

—El espectáculo no sucedió de la nada, sino que surgió de la época de los 90 y un grupo de transformistas y lo que pasaba conmigo, como un reflejo de lo que sucedía en el colectivo LGTBIQ+ en Rosario, que era más o menos lo mismo que sucedía acá en Buenos Aires. Los 90 fueron años terribles y fueron años geniales. Éramos muy jóvenes. Por un lado, recorrimos la primera pandemia, que fue el VIH, para gente que recién empezaba a abrirse sexualmente en la vida, y de repente tenías a la mitad de los amigos muertos. Todo eso fue muy trágico y todavía es una herida abierta en mi generación. Por otro lado, nos divertíamos sin tener mucha conciencia de lo que sucedía, escapándonos de la policía, porque la dictadura no terminó en el 83 para nosotros: siguieron muchos años más donde te perseguían o llevaban preso por cualquier cosa. La comunidad LGBT y el colectivo Trans siempre fueron los que peor la pasaban.

Cortes y continuidades en el tiempo y el espacio

A.M.

—Si los años 90 fueron, como dijiste, “terribles”, ¿cómo es el presente en relación con derechos del colectivo LGTBIQ+?

—Cuando uno mira los periodos históricos, los derechos, los ganamos hace un segundo. Los tiempos históricos exceden al tiempo que cada quien vive en la Tierra. Hay algo que recién se obtiene y hay que seguir peleando por cosas nuevas. Estos son momentos turbulentos en el mundo, en los que hay que cuidar lo que se tiene. Asomamos la cabeza. Hay que reivindicar los derechos: nosotros, como colectivo, y de cualquier otra minoría. Hay que reforzar lo colectivo, armar comunidades más grandes y entender que somos parte del entramado de esta especie en la Tierra. Deberíamos ser más piadosos, cordiales y amorosos entre nosotros, en general.

—¿Qué marcas te dejaron los lugares en los que viviste?

—Tengo la sensación de que nunca dejo de habitar los lugares que he habitado. Nací en Junín, pero es un lugar que no conozco y no siento como pertenencia. Toda mi familia es de Gálvez, Santa Fe. A los 17 me fui a Rosario siguiendo amigos y mi deseo de habitar otro lugar. Pero a la hora de escribir o pensar un espectáculo, mi imaginario siempre estuvo en Gálvez. En Rosario pude vivir de ser actor. Luego estuve en Buenos Aires y en Valencia. Pero soy argentino en Valencia, soy galvense en Capital y siempre soy de Rosario, una ciudad que me adoptó. Es lindo alejarse, porque la distancia geográfica y de madurez te da perspectiva. Uno es como es viniendo del paisaje del que viene. Es lindo pensar cuáles serán los paisajes del futuro.

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