«A ver si nos organizamos un poco, estamos en la Cámara de Diputados… ¡Esto parece el Cottolengo Don Orione!». Un auxiliar que le da la bienvenida a Clarín a las instalaciones de Claypole, mueve la cabeza negativamente al recordar aquella frase que expresó alguna vez un legislador nacional. «Duele que se nos siga estigmatizando. Hay mucha ignorancia, se habla sin saber, sin haber venido nunca. Ojalá la Cámara de Diputados o la política funcionaran como este lugar«.
Es una templada mañana de octubre y caminamos por un sendero rodeado de una arboleda envidiable. Después de aquel comentario hay silencio, sólo se escucha la naturaleza. Pasamos frente a una coqueta casa azul, más allá hay otra violeta y una más verde clarita. Son algunos de los 14 edificios destinados a los 410 residentes. Sorprende la luminosidad del lugar.
Se consulta sobre cómo se llega a ser interno del Cottolengo. «Tienen el certificado único de discapacidad y entran por situaciones de vulnerabilidad social y pobreza extrema, en las que la familia no puede contener a la persona, por lo cual se recurre a este servicio para cubrir los cuidados necesarios», responde Guillermo Ortiz, del área de Generación de Recursos, que acompaña a Clarín en la recorrida.
Seguimos la marcha como si fueran los caminos de un barrio cerrado. Es momento de ver, de apreciar y de sorprenderse con este escenario que el 9 de noviembre, a las 9.15, está previsto que visite el Papa León XIV y que genera una pequeña revolución interna de parte de residentes y trabajadores.
Se acercan dos internos por una callecita. Uno empuja la silla de ruedas del otro y le da palmadas al hombro del que está sentado. Frenan para saludar. «Estamos aprovechando este día de sol y de paso ayudo a mi amigo, que no puede caminar. Me llamo Pablo y él es Beto». La sonrisa de Pablo contagia a Beto, que no habla. «¿El Papa? No lo podemos creer, no vemos la hora que llegue, ojalá le pueda tocar la mano». Empuja la silla y siguen su recorrido.
Al Cottolengo, que fue inaugurado hace 90 años, se lo llama «la pequeña ciudad de Claypole», porque se trata de un gran terreno de 50 hectáreas. Además de los hogares donde viven los internos, hay otros edificios que funcionan como consultorios, aulas, espacios de rehabilitación y talleres. Trabajan más de 400 personas entre médicos, enfermeras y auxiliares.
Pertenece a una congregación religiosa denominada Pequeña Obra de la Divina Providencia, fundada por San Luis Orione y es una de las obras de caridad de la Iglesia Católica. «El principal ingreso del Pequeño Cottolengo es a través de las obras sociales públicas (PAMI) y privadas. Nosotros brindamos la prestación de Hogar con Centro Educativo Terapéutico para los que viven aquí y para los que vienen de afuera a recibir este servicio. Pero como no alcanza para cubrir los costos operativos, se recurre a donaciones y financiación de proyectos», explican desde el área de Generación de Recursos.
La caminata tiene paradas e interrupciones que aportan explicaciones. «Las viviendas están organizadas y adaptadas según las necesidades de cada persona. La mayoría de los residentes tiene discapacidad intelectual y algunos requieren asistencia permanente», hace saber Guillermo, que acompaña al cronista en esta recorrida. «Hay espacios donde la dependencia es mayor y esas personas necesitan apoyo para movilizarse, alimentarse y realizar tareas de higiene».
Sorprende lo cuidado y mantenido que está el Cottolengo Don Orione, un espacio históricamente estigmatizado. Foto: Mariana Nedelcu Entre marchas y contramarchas, hay lugar para el asombro. Recorrer el predio energiza, cambia la onda y el cuidado verde de tanta naturaleza omnipresente revitaliza. «¿Y los pacientes de dos cabezas? ¿Y la mujer sirena?», se le pregunta a un auxiliar guiñando un ojo. «No es joda, hay gente de la política y también de otros ámbitos que nos han preguntado si gente así reside aquí. La ignorancia molesta, pero a esta altura promueve risas».
A lo largo de su historia, el Cottolengo Don Orione ha sido destinatario de prejuicios, estigmas y comentarios peyorativos, como el remanido manicomio. «¿Que es un lugar lleno de chiflados? ¿Que vivimos en un lugar triste y abandonado? Por favor, los invito a que vengan y nos conozcan», levanta la voz Norma Donato (57), una residente sentada en un banco como si estuviera en una plaza.
Nunca faltan el amor, la atención y las sonrisas de los trabajadores y los residentes.«Se van a encontrar con gente común, sencilla, humilde y con distintas capacidades. Los locos están en otras instituciones, no acá. Me duele, me da bronca que se ensucie este hogar que abriga y contiene. Por suerte, gracias a la visita del Papa, se empezará a hablar de otra manera», desea Norma, que lleva 44 años viviendo aquí y cuenta que es una de las elegidas para leerle una carta al Sumo Pontífice. «¿Qué voy a decirle? Sorpresa, sólo te cuento que me eligieron porque soy charleta y hablo bien», sonríe.
Continuamos la visita y se ve gente de mantenimiento pintando canteros y poniendo a punto la luminaria. El césped luce prolijamente cortado, lo mismo que las plantas y árboles, que enmarcan una escena terapéuticamente saludable. Pasan raudos un grupo de profesionales atendiendo las necesidades de los residentes. Se les consulta algo, pero se disculpan… Un detalle: no se ven chicos ni menores de edad, la población es adulta.
Escenas de una misa en el Santuario donde el Papa León XIV hablará con los habitantes del Cottolengo Don Orione. Foto: Mariana Nedelcu Presuroso también se lo ve caminando al Hermano Jorge Silanes, director del Cottolengo, que esta vez no puede eludir al cronista de Clarín. Sonríe respetuoso y frena su andar. «Nos viene visitando mucha prensa y nos atrasamos en nuestras tareas, pero acá estamos, felices de poder recibirlos. Es importante que se visibilicen no sólo los residentes, sino también los intachables profesionales que tanto esfuerzo hacen. ¿La visita del Papa? Nos tiene muy expectantes y ansiosos. ¿Por qué? Es importante que todo este trabajo trascienda las fronteras».
Silanes cuenta que vienen trabajando desde junio, cuando la visita del Papa empezó a ser un rumor encriptado. «Vino gente del Vaticano a ver el lugar una vez y después volvió dos meses después. Querían ver y estudiar si el Cottolengo era un lugar seguro y podía cumplir con las medidas necesarias. Así que desde hace meses que venimos con este runrun que intentamos mantener silenzio stampa, pero fue difícil. Los propios residentes empezaron a olfatear algo raro y nos preguntaban todo el tiempo si lo del Papa era verdad«, comparte entre risas.
El director de Don Orione calcula que León XIV estará una hora, llegará en papamóvil, ingresará por la entrada principal de la calle Lacaze y se trasladará hasta el santuario. Estima que entre residentes, profesionales y familiares, unas 1.800 personas estarán dentro de las instalaciones. «Tenemos que ser rigurosos y controlar y respetar los aforos, no es una visita de todos los días», enfatiza Silanes, que vive aquí y cumple su tercera etapa al frente del Cottolengo.
En el taller de cocina dicen que le prepararán «algo especial» a León XIV. Foto: Mariana NedelcuPedimos permiso para asistir a algunos talleres y nos metemos en una de las cocinas con la autorización de Micaela Aguilar, la coordinadora de «Amasando con el corazón». Hay un grupo de residentes que están preparando unas pepas que venden a los empleados del Cottolengo y a los vecinos a $ 2.000 la bandejita.
Marta, Pablo, Silvina, Norma y Graciela están concentrados en la puesta a punto de los bizcochitos. Unos amasan, otros colocan el dulce y están los que las prueban. «Hoy estamos haciendo estas galletitas, ayer cocinamos pizzetas, mañana berenjenas en escabeche y así vamos… lo que ellos tengan ganas», comenta Norma. «Y seguramente le prepararemos algo bien rico al Papa, pero será una sorpresa», desliza Graciela con una misteriosa sonrisa.
«Vivo aquí hace más de 50 años. ¿Dónde voy a estar mejor que acá? Este lugar me dio un oficio», dice Raúl, que es «el fotógrafo» del Cottolengo. Foto: Mariana Nedelcu De camino a otra actividad, se nos acerca un muchacho grande y se presenta como «Raúl, el fotógrafo». Porta una Nikon moderna, que muestra orgulloso. «Me la compré con el esfuerzo del trabajo. Conocidos de aquí me tienen en cuenta para cumpleaños, bautismos, casamientos y con eso puedo ahorrar una platita», dice este hombre de 61 años que lleva medio siglo residiendo en Don Orione. «Este lugar para mí es todo, es nada menos que mi hogar y la gente que está aquí, mi familia». Sobre la venida del Papa, Raúl sueña: «Ojalá pueda hacerle un retrato, sería increíble».
Entramos al taller de bochas adaptadas que motoriza Nadia Vergara. Somos testigos de cómo se divierte una decena de residentes en silla de ruedas. «Les hace bien moverse, estirar los brazos y tirar las bochas. La finalidad es evitar el sedentarismo», remarca Nadia, que lleva 16 años en este espacio. «Tengo la camiseta puesta. Nadie me obliga, tuve otras propuestas interesantes de laburo, pero yo sigo eligiendo estar acá por ellos, para acompañarlos en este camino y hacer lo posible para que mejoren y lo pasen bien».
Una de las actividades para los residentes en sillas de ruedas: taller de bochas adaptadas. Foto: Mariana Nedelcu Sobre los prejuicios que rodean al Cottolengo, Nadia es clara: «Yo creo que cuando se estigmatiza es porque no conocen el lugar, ni a sus residentes, ni a los que hacemos este trabajo. Por este motivo invitamos a que vengan y conozcan… Se encontrarán con alegría, sonrisas, caridad y generosidad. Ahora es tiempo de pensar en la llegada de León XIV, que no vendrá sólo a visitar un lugar, sino a encontrarse con personas, observarlas. Y para nuestros residentes ser mirados tiene un significado enorme».
Nos van contando que en el predio hay enfermería, kinesiología, terapia ocupacional y otros espacios de atención con equipos interdisciplinarios que trabajan todo el día. Además hay otros talleres convocantes como los de cerámica, pintura, teatro, expresión corporal, junto con actividades de huerta, cocina, manualidades y formación laboral.
Los talleres son una gran distracción para los residentes, como ocurre con Graciela, que es habitué del taller de pintura. Foto: Mariana NedelcuTerapista ocupacional, Jorgelina Leis conversa cálidamente con un residente. El buen trato y la armonía son un común denominador de parte de los profesionales. «Somos muy fanáticos del Cottolengo, sólo los que trabajamos acá lo entendemos así, y lo sentimos».
Hace 31 años que Jorgelina viene todos los días y subraya que lo sigue reeligiendo. «Es un trabajo invisible, éste es un lugar invisible, que no goza de buena prensa… Desde lo personal no me ofende lo que se dice, creo que el desconocimiento alimenta la fantasía. Invito a que vean la vida, la sabiduría y la luz que abunda en el Cottolengo. Gracias a la visita del Papa los residentes se sienten protagonistas porque serán vistos por todo el mundo».
La visita va llegando a su final y las sensaciones y buenas vibras brotan por los poros. Se acerca Raúl, el fotógrafo, que se ofrece a tomar una imagen. «¿Qué te pareció nuestra casa?», pregunta curioso. «Yo me siento muy cómodo, ¿adónde voy a estar mejor? Afuera la vida está dura y muy cara. Yo le debo todo a Orione, no sólo el hogar, sino la profesión, porque yo para fotógrafo estudié acá. También hago cursos de música y pintura, nunca se sabe, hay que estar preparado».
Una vista del Santuario Diocesario donde se encuentra el corazón de Luis Giovanni Orione. Foto: Mariana Nedelcu Hacemos una parada obligada por centro neurálgico del predio, que es el Santuario Diocesario del Corazón de Don Orione. Justo llegamos en medio de una misa para un colegio de la zona. «Allí está literalmente el corazón de Don Orione, lo trajeron de Italia en el año 2000 y está ubicado y protegido con una alarma en el relicario de la capilla», comenta un cura, que señala: «Ahí donde está el padre Cristian dando misa, allí estará León XIV hablando con nosotros«.
Nos vamos y se acerca otro residente que se presenta como profesor de artes plásticas de una escuela de Claypole. «No sabés lo importante que es la visita del Papa para nosotros, que durante tantos años fuimos descartados por el afuera… Es un orgullo que alguien ponga la lupa en este lugar y que sea León XIV es un privilegio, porque se terminarán las faltas de respeto…, Para muchos la palabra cottolengo es sinónimo de insulto, de agresión y eso molesta mucho». Se despide y caminando dice que se llama Marcelo Robles.
Justo dice la palabra cottolengo. Pero, ¿de dónde viene la palabra cottolengo? El Hermano Jorge Silanes despeja la duda: «Proviene del apellido de San José Benito Cottolengo, quien en 1832 abrió en Turín una casa para recibir a personas con discapacidad. Don Orione tomó su obra y ejemplo para abrir los Pequeños Cottolengos, como un reconocimiento a su labor».









