La cárcel de Devoto arrastra un destino singular. De una manera u otra, siempre formó parte del imaginario popular, ya desde su creación y puesta en marcha en 1927, hasta los días que corren, en los que a fin de año será mudada definitivamente al presidio construido en Marcos Paz. Sus muros de cemento concreto, garitas de vigilancia y alambrados de púas vetustos dejarán de ser una pesadilla para el vecindario más próximo que los circunda. Con propiedades devaluadas, bolillas negras para el mercado inmobiliario, generación tras generación ha vivido entre rezos de angustia y furias varias a su alrededor, por igual propietarios o inquilinos saturados ante los escándalos de tiroteos de madrugada, el humo de la quema de colchones, los ayes de dolor o las voces pendencieras de tantos motines y tantas revueltas sospechosas a cualquier hora.
Las paredes de esa cárcel guardan ecos de los ecos de otras voces, que alimentaron la historia cotidiana y la cultura popular atesorada durante un siglo por los porteños. Un anecdotario al que ni siquiera pudo eludir Juan Domingo Perón, cuando de acuerdo al testimonio de Abal Medina padre brotó de su boca, por teléfono, el enojo vestido de indignación: “Esto es un quilombo”, diría el viejo General frente a las pantallas de la TV española, desde su casa de Puerta de Hierro, en las afueras de Madrid, al ver cómo los pájaros con prontuarios disímiles salían de sus jaulas en malón, con los portones de Devoto abiertos de par en par. Y le pediría a Abal, entonces secretario general del Movimiento Nacional Justicialista, que tratara de atenuar los costos políticos de aquel desastre. Efectivamente lo hizo. Y en persona.
Ocurrió aquella noche del 25 de mayo de 1973, recordada como “El Devotazo”, por orden de Héctor Cámpora, el día mismo en que el delegado personal del jefe peronista, convertido en presidente de la Nación el 11 de marzo, inauguraba su caótico gobierno de 49 días. No sólo recuperaban la libertad los presos políticos de la dictadura lanussista: junto a ellos también se despedían del presidio de Devoto, ladrones, estafadores, violadores, asesinos beneficiados por el jolgorio de un peronismo que había dejado perplejo al mismo Perón. Hasta un conocido delincuente internacional, el mafioso y narcotraficante corso François Chiappe, colaborador en su momento de la Gestapo francesa, luego sicario de la Triple A, saldría aquella medianoche a caminar libre las calles de la Ciudad.
La cárcel que está cerrando su ciclo también daría vida y fama a la frase de cuño futbolero: “De la gloria a Devoto”, de autoría aún en debate, allá en el crepúsculo de los años 60, como metáfora sobre la fragilidad de los destinos humanos, a veces separados por una delgada línea roja, con los pesados barrotes de las celdas como frontera. Sin que la certeza de la historia admita una verdad definitiva, hay quienes la atribuyen a Carlos Bilardo, cuando era el abanderado de aquel Estudiantes de la leyenda negra, bajo el fuego de la polémica por sus estrategias al filo del reglamento y al borde de las ventajas no siempre lícitas. Ese equipo conocería la gloria deportiva de una colección de títulos, trofeos y copas, entre las más celebradas el triplete de la Libertadores, una Intercontinental y una Interamericana. Hasta el partido del 22 de octubre de 1969, frente al Milan de Italia en la Bombonera, cuando su juego violento y brutal prepotencia en la final de la Intercontinental, terminaría en un escándalo mayúsculo de proyección internacional.
El dictador Onganía, más rey de un estado tribal que presidente de una república, aplicaría el Edicto Policial vigente, que terminaría con tres jugadores en la cárcel de Devoto por 30 días: Alberto Poletti, Ramón Aguirre Suárez y Eduardo Luján Manera, quienes fueron aislados de los pabellones comunes, para evitar eventuales represalias tumberas. Ante el episodio, al parecer, Bilardo recordaría los días de esplendor futbolero y la prisión de sus compañeros y habría dicho aquello de que en el fútbol se podía pasar “de la gloria a Devoto” en un santiamén. El periodista que recogería en sus crónicas la frase sería Juan De Biase, jefe de Deportes de Clarín y secretario de redacción del diario, quien no la habría atribuido a Bilardo, sino a las voces anónimas de un vestuario en rebeldía. De Biase usaría la frase en varias de sus crónicas posteriores. Y quedaría consagrada en la jerga popular.
Además de estas, son muchas las historias que laten todavía detrás de las paredes carcelarias del barrio porteño, hoy entre los más selectos de la Ciudad. La prisión devotense se disponía a un adiós místico con la visita papal de León XIV, prevista en los protocolos para el 11 de noviembre a las 8 de la mañana, antes del cáncer de pulmón que llevó al jefe del catolicismo al quirófano. El Papa había manifestado su interés en conocer historias de algunos habitantes del penal, en un sentido pastoral, al margen de cualquier legajo penal. Acercar su bendición a los reos y sus accidentadas biografías, compasión que abarcaría también esas paredes seculares en las cuales la muerte acabó con la vida y muchas vidas celebraron la muerte.
Emplazado desde su origen entre las calles Bermúdez, Nogoyá, Desaguadero y Pedro Lozano, el predio carcelario, en verdad, estaba más próximo a lo que sería Villa del Parque que al corazón de Devoto, que aun con numerosas quintas a su alrededor, resabios de la inmigración rural que llegaba a estos suelos desde finales del siglo XIX, ya se distinguía por ciertos aires aristocráticos, bajo la inspiración del conde Antonio Devoto, uno de los cuatro hermanos del clan nacido en Lavagna, en la Liguria, Génova, desde cuyo puerto partían navíos repletos de viajeros deseosos de “fare la América”. En ese inmigrante ambicioso, llegado al país en 1850, a los 17 años, además de un linaje de cuna, había un alma de emprendedor y una voluntad hacedora, que se potenciarían en un país donde todo estaba por hacerse.
De adulto se convertiría en un exitoso agente inmobiliario de espíritu benefactor, en cuyos planes figuraban palacetes de estilo europeo, arboledas densas y perfumadas, bulevares de encanto, una plaza estelar, una Biblioteca Pública modelo para ilustrar a los vecinos, clubes y sociedades de fomento, estaciones de dos líneas ferroviarias con estilo británico para permitir un fluido tránsito del vecindario al Centro. Y hasta la idea de ceder un predio a la Diócesis porteña, donde se asentaría el Seminario Metropolitano, futuro semillero de los más altos mandatarios de la Iglesia, como el mismísimo Jorge Bergoglio, el “padre Jorge” de la leyenda papal en ciernes.
Lo que jamás tuvo en su cabeza el hombre que legaría su nombre al barrio fue la construcción de una cárcel en ese vergel en situación de parto. Sin embargo, fue allí donde los ladrillos irían dando forma a las celdas para contraventores, bajo mando de la Policía Federal, en tierras que no pertenecían a su familia, sino a otros inmigrantes de fortuna, como los Visillac, quienes donarían los terrenos con los fines de amortiguar el delito, que crecería en los años 30, con la gran mishiadura de aquel tiempo, producto del desplome bursátil de Wall Street y su derrame en las periferias más lejanas, acaso la primera de las globalizaciones conocidas, cuando faltaban muchas décadas para que se hablara de ese término.
El mismo año en que sería inaugurada la prisión porteña, según datos de “Historia Viva”, editada por el diario La Razón en 1966, Buenos Aires aceleraba el ritmo de construcción y en el país había 10.637.335 habitantes, de los cuales dos millones vivían en la Ciudad. El movimiento demográfico porteño registraba estos datos: 46.058 nacimientos; 26.531 defunciones y 17.422 matrimonios. El alumbrado eléctrico crecía a la par de los empedrados, se estimaban en 12.500 las lámparas en servicio promedio y en 2.500.000 los kilovatios horas consumidos por mes. Todavía existían 93 faroles de querosene con un consumo mensual de 10.500 litros de combustible.
Algo es seguro: ninguno de los casi 50 mil habitantes que nacían el mismo año que la cárcel sospecharía las historias lúgubres que surgirían a su alrededor, como la del sangriento motín del 18 de diciembre de 1962, con 36 muertos (13 agentes penitenciaros y 23 reclusos). La feroz revuelta, con granadas y bombas Molotov, ocurrió en el Pabellón 4: un grupo de reclusos tomó de rehenes a guardiacárceles y empezó a ejecutarlos de a uno, arrodillados y de un tiro en la nuca. El delincuente Jorge Villarino, conocido como el Rey de las Fugas, paró la matanza y escondió al resto de los rehenes.
Hubo otro motín salvaje: el 14 de marzo de 1978, en plena dictadura, coincidencia que despertó sospechas y conjeturas, con el saldo de 65 reclusos muertos por asfixia, acuchillados o baleados. Y casi un centenar de heridos, algunos de gravedad. Como paradoja del destino, ninguno de los más célebres delincuentes de las antiguas crónicas policiales iría a dar con sus huesos a esos calabozos. Entre ellos, El Pibe Cabeza (Rogelio Gordillo), que daba golpes comando con las devastadoras ametralladoras Thompson, caería en su ley, baleado en Mataderos en 1937. Décadas después, El Loco del Martillo (Aníbal González Igonet), un temido asesino de mujeres al promediar los años 60, sería condenado a perpetua, pero cumpliría la mayor parte de su condena (43 años) en el penal de Sierra Chica. Tampoco estaría allí Mate Cosido (Segundo David Peralta), un recordado bandolero rural de los años 40, que delinquía en jurisdicciones alejadas, en el noroeste del país.
Caminaron por sus “leoneras” (el espacio de recreación y descanso de los presos), comieron en sus pabellones y durmieron en sus calabozos Carlos Robledo Puch, “El Angel de la Muerte”, el mayor asesino múltiple del crimen nativo: con menos de 20 años ya había matado a once personas con una ferocidad inusitada, en el amanecer de los 70. Otros inquilinos detrás del misterio de esos muros fueron Arquímides y Alejandro Puccio, jefe y ejecutor del clan familiar, de conocidos lazos con la represión, especializado en secuestros y asesinatos a sangre fría en los 80. En la misma década, luego de un fugaz paso por Caseros, estaría el parricida Sergio Schoklender, entre 1981 y 1995: al salir en libertad condicional se vincularía con Hebe de Bonafini para montar la estafa de Sueños Compartidos. Curiosa resocialización la suya: había matado a su madre biológica y fuera ya de la cárcel pasaríaa llamar “mamá” a la Bonafini, quien le había alquilado a los Kirchner su coraje y valentía en tiempos de los dictadores genocidas.
«La Garza“ Sosa, también libre, y “El Gordo“ Valor ante la Justicia.En los 90 también pasaría por Devoto Luis «El Gordo» Valor, mítico asaltante de bancos y blindados, admirador de los “ladrones de oficio y estilo, de esos que robaban peinados con gomina”, según su propio decir, capo rotundo y respetado en el hampa, cacique mayor de la llamada Superbanda, que también integraba “La Garza” Sosa. El 16 de septiembre de 1994, Valor encabezaría junto a cuatro de sus compinches una fuga digna de Hollywood: vestidos con uniformes médicos para facilitar el posterior escape se deslizaron por los muros de Devoto, que daban a la calle Bermúdez, anudados a unas sábanas, mientras se tiroteaban con un grupo de guardiacárceles, al parecer de mala puntería. Afuera los esperaban autos de apoyo con los cuales cruzarían la General Paz.
Valor estaría 244 días en fuga hasta su recaptura en mayo de 1995, cuando recibiría una condena adicional de siete años de prisión, ya en penales de máxima seguridad. Su vida ha sido hasta ahora, que está libre y sin cuentas pendientes con la justicia, un tránsito continuo entre delitos, condenas, prisiones y fugas. Un prototipo de ladrón: 33 años de su vida los pasó entre rejas, sólo dos de ellos en Devoto, aunque la espectacularidad del operativo de evasión que protagonizó lo asociaría por siempre a la cárcel que pronto será recuerdo.
Quizá uno de los habitantes más “celebrados” de Devoto, con fuerte impacto en la opinión pública, fue el entonces ex futbolista y director técnico Héctor “Bambino” Veira, condenado a 6 años por violación consumada de un menor. Entraría a la cárcel el 4 de octubre de 1991, pero saldría en libertad condicional en septiembre de 1992. Once meses, aunque a resguardo de la intemperie tumbera: pasaba sus días en el Pabellón 50, rebautizado por medios y la sociedad como “pabellón VIP”, desconocido hasta entonces, entre quienes el violador compartía el ocio carcelario con el dirigente peronista Norberto Imbelloni, ex diputado, en sus tiempos jóvenes sindicalista de avería y el empresario José “Cacho” Steinberg, financista, estafador, manager de Carlos Monzón en su tiempo final, entre otros.
Los corrillos periodísticos y los mentideros políticos no descartaron entonces la influencia del presidente Carlos Menem, dado que Veira saldría en libertad por la intervención de la Corte, inusual en casos como este. El tribunal cambiaría la carátula del caso: dictaminó que había sido “intento de violación” y no “violación consumada”. Era la Corte de la mayoría automática, un grupo de jueces obedientes a la voluntad del jefe de Estado, amigo y admirador de Veira.
Internos de la cárcel de Villa Devoto se amotinan para pedir medidas que les permitan enfrentar el coronavirus. Foto: EFE/ Juan Ignacio Roncoroni.Recontratado por San Lorenzo, club en el que había nacido a la fama como jugador, a los 17 años, cuatro más que el chico a quien volaría décadas después, el 20 de septiembre de 1992 (partido San Lorenzo 2 Independiente), Veira sería recibido con una ovación y coros tribuneros, como el recordado “Bambino, querido, Boedo está contigo”. Y uno peor, de desconcertante humor negro, transformado en himno barrabrava: “Tooodos con el culo en la pared…llegó el Bambino”. Hoy, a los 80, lejos de la actividad, sin cuentas pendientes con la justicia, se lo recuerda más por la picaresca de sus anécdotas en el mundo futbolero que por su paso carcelario. Una anécdota más que se llevarán los vientos que soplaron dentro y fuera de Devoto.










