Por todas partes se ven y en todos está la esencia de su creador. La Ciudad de México es, en algunas zonas, una gran celebración de la obra de Teodoro González de León. Si alguien quiere acudir a un lugar para recordarlo solo tiene que acercarse a alguno de los monumentales bloques de hormigón a los que dio forma hasta convertirlos en algo más, una obra de arte y una oda a la funcionalidad. “La arquitectura es una forma de vida o no es nada”, decía él, para quien lo fue todo. Hasta el último aliento trabajó y dejó su sello: edificios que se funden con la calle, porosos a lo que en ella acontece. Un deleite para el paseante, que cruza los umbrales de sus construcciones escoltado por la propia ciudad. “Hay un momento en el que se confunden el espacio urbano y el arquitectónico. Esa ambigüedad es lo que he buscado”, reconocía ya en 1996 el artífice de muchos de los grandes emblemas capitalinos, como el Auditorio Nacional y el Museo Rufino Tamayo. Han pasado 30 años de aquella afirmación. Son 100 desde su nacimiento y 10 desde su muerte, pero su legado sigue vivo y este otoño sus colegas han salido a celebrarlo.









