La colección de libros venía acompañada por videos VHS. Fines de los años ’90, San Martín, Mendoza. Una casa con cinco chicos, mamá profesora de matemática, papá empleado del Banco Nación. La nena del medio estaba fascinada con esa lectura y esas imágenes.
El tema, atrapante, era el origen de nuestra especie, y planteaba preguntas que aún hoy la desvelan. ¿De dónde venimos? ¿Cómo fue el proceso que nos trajo hasta acá?
“Tenía alrededor de 10 años en esa época y me acuerdo que me juntaba con mis amiguitas del colegio para verlos. Años después me regalaron un microscopio de juguete y creo que de a poco se fue moldeando mi vocación científica”, recuerda María Laura Mascotti, hoy doctora en Biología, investigadora del Conicet en el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza (IHEM-UnCuyo) y reconocida este año con el Premio Estímulo de la Fundación Bunge y Born en Bioquímica y Biología molecular.
Desde la primera vez que vio esos videos pasaron casi 30 años y esa percepción de que los científicos estudian mucho para formarse, en ella se corporiza plenamente. Siempre estuvo enfocada y fue muy decidida, como todo buen investigador.
Viva la entrevistó para entender cómo es el camino que lleva a una buena estudiante con vocación de investigadora a transformarse en una gran promesa de la ciencia.
«En el colegio seguí la orientación de Ciencias Biológicas porque, desde muy chica, participé en las Ferias de Ciencia provinciales. Y cuando tuve que elegir una carrera universitaria, pensé en lo que me apasionaba. A mí me gustaba el laboratorio, el trabajo de ver al microscopio las células y querer ir más allá: entender su funcionamiento, así que me anoté en Biología molecular porque tenía mucho de química y de biología, solo que la carrera no estaba en esa época en Mendoza, así que para cursarla tuve que viajar a San Luis”, cuenta Mascotti.
Ese fue el primero de varios traslados que tuvo que hacer para estudiar y perfeccionarse. Durante su doctorado estuvo en un grupo de química orgánica y «fui haciendo biocatálisis, que es básicamente buscar microorganismos para hacer reacciones químicas que nos interesan. Yo estaba bien en ese esquema, pero siempre tenía como la sensación de que era todo muy químico y yo soy bióloga molecular: quería ver no solamente una célula entera sino también detalles de sus reacciones químicas», dice.
Para dar ese paso decidió afrontar una primera experiencia de formación en otro país: «Me fui con una beca de doctorado sandwich (N. de la R.: es una estadía en otra universidad, durante el doctorado, para completar una parte de la tesis) a Países Bajos. Ahí hice todas las primeras cosas que uno aprende en esta carrera, clonar, expresar, hacer ingeniería genética y conocer más sobre la biología molecular de los microorganismos».
-Después volviste, ¿podrías haberte quedado allá?
-Eso fue el comienzo de la transición a ser una bioquímica como corresponde. Obtuve conocimiento y regresé a la Argentina, eso era lo pautado. Pero cuando terminé el doctorado tuve otra vez esa sensación de “está bueno lo que hago, pero…” Había algo que me pasaba y es que a mí siempre me encantó la evolución.
María Laura Mascotti en acción, en el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza (IHEM-UnCuyo). Foto: FBB.-¿Cómo lograste incorporarla en tu carrera?
–En realidad, aunque aún no trabajaba en ese campo, fue algo que siempre estuvo presente de algún modo. Me acuerdo que en primer año de la facultad tuve una clase de Introducción a la Biología con una profesora que era una genia, y que nos enseñó mucho sobre evolución. Me pareció increíble, y dije: cómo me gustaría trabajar en eso, pero en ese momento no le veía la conexión con lo molecular hasta que empecé el primer posdoctorado acá, en la Argentina. Ahí pude hacer la transición completa y empecé a investigar evolución con proteínas, particularmente con enzimas, que son un tipo de proteínas presentes en reacciones químicas. Ese fue el salto completo y por fin dije: “Sí esto es lo que a mí me gusta, quiero ir por acá”.
–¿Para ese camino definitivo tuviste que perfeccionarte otra vez?
-Sí, porque combinar toda la parte evolutiva es algo que requiere mucho trabajo de computación, de informática, y a mí eso me parecía durísimo en ese momento porque yo venía del laboratorio puro y duro, de clonar, de caracterizar enzimas, de hacer experimentos. Había que combinar todo el trabajo experimental del laboratorio con un enfoque informático. Pese al esfuerzo y los replanteos, ese era el camino que yo quería seguir. Entonces decidí hacer un par de posdoctorados afuera como para adquirir la expertise que me faltaba. Primero me fui al Reino Unido, al Instituto Europeo de Bioinformática y después a los Estados Unidos, a un laboratorio donde específicamente hacían investigación sobre mecanismos moleculares en la evolución. Lo hacían para realizar la reconstrucción de secuencias ancestrales. Después de toda esa preparación, empecé a tomar vuelo propio y también iba y venía de Holanda porque tenía un vínculo muy cercano con el lugar.
-¿Por qué regresabas allá?
-Volvía a la Universidad de Groningen, que está al norte, en Países Bajos, porque allí me formé para trabajar con las enzimas y estudiar su evolución. Lo que ocurrió es que cuando ya estaba orientada e incluso había ingresado a la carrera de investigadora en la Argentina surgió la posibilidad de volver a trabajar allí, pero en un consorcio internacional sobre el origen de la vida, que se llamaba Origins of Life.
-Fue genial. Ahí dije, con mi pareja, bueno, nos vamos y estuvimos allá por cuatro años. Trabajé en ese consorcio internacional y tenía mi propio proyecto: investigaba sobre enzimas, pero en particular estudiaba algunas transiciones que ocurrieron en el origen de la vida. Fue increíble porque imaginate que era un consorcio donde había gente muy diversa. Había astrónomos, matemáticos, biólogos, gente que hacía simulaciones. Entonces, participar en esas discusiones me abrió muchísimo la cabeza. Éramos 18 investigadores contratados. Formábamos 18 grupos de trabajo diferentes y estábamos ubicados a lo largo de los Países Bajos.
-¿Por qué se hizo todo el trabajo en ese país?
-Ese consorcio surgió porque en Holanda hacen consultas populares para preguntarle a la gente cuáles son los temas que los científicos deberían investigar. El origen de la vida es uno de los temas que siempre votan, por eso se organizó allí el trabajo de todo el consorcio. Para responder a ese llamado, a ese pedido popular.
-En medio de la construcción de tu carrera, ¿cómo fue la construcción de tu familia, algo que para una científica no es sencillo?
-Mi compañero es de Buenos Aires y también es investigador del Conicet. Prácticamente pudimos hacer juntos el camino de formación, eso es fundamental. Creo que eso ha sido clave. Hablamos el mismo idioma, nos entendemos, nos acompañamos, nos apoyamos en nuestras transiciones. Estamos juntos hace un montón de años. Cuando él se fue primero a Alemania, yo estaba en San Luis, luego me fui a Holanda cuando él estaba en Buenos Aires. Después él se fue a Francia un año y yo lo fui a visitar. Es decir, fuimos armando nuestras carreras, la de cada uno, con esfuerzo y hemos sido medio nómades durante mucho tiempo.
-¿Cuándo lograron estabilizarse?
-Bueno, ya vivíamos juntos cuando surgió mi posibilidad en Holanda. Tenía todo preparado, y cuando estaba a punto de viajar empezó la pandemia, el confinamiento. Tenía la visa, todo listo, y justo cerraron la frontera. Él estaba en los Estados Unidos y apenas fue posible nos logramos reunificar los dos en San Luis. Ahí quedé embarazada, luego nos fuimos a Holanda y volví de nuevo para que mi hijo, Luca, naciera acá y toda la familia lo conociera. Estuvimos un tiempo más allá y regresamos para quedarnos en Mendoza.
-Con todo lo que pasa hoy con la ciencia, ¿te hubiera gustado quedarte allá?
-Podría haberme quedado en Países Bajos pero volvimos por razones personales, tuvimos un hijo, empezamos a pensar en el núcleo de contención familiar y en que de alguna manera está bueno decir yo puedo hacer mi carrera afuera y me va a ir súper bien, pero también está buenísimo hacer algo acá y contribuir a mi país, que me dio tanto. Hacer que la ciencia crezca aquí. Por eso me parece muy triste y preocupante que no se valoren la ciencia y la tecnología, que son dos actividades fundamentales en el desarrollo de un país. Es muy dramático tener que pelear por un financiamiento digno. El mensaje que les damos a las próximas generaciones es realmente desalentador. Pero creo en la resistencia y la resiliencia del sistema científico. Tenemos que sostenerlo.
-Volviendo a tu trabajo, ¿qué es lo ultimo que se sabe sobre el origen de la vida?
-Sabemos bastante y también hay mucho que no conocemos. La teoría más actual, la que más asidero tiene, es que la vida surgió en el fondo de los océanos, y eso es algo que sabemos desde hace poco porque al principio muchos creían que era fundamental tener energía solar para que la vida surgiera. Recién en 2005 pudieron mapear que en el fondo de los océanos existen high termal vent, que son como unas formaciones donde se genera energía, y vieron que en esos entornos ocurría la síntesis de un montón de moléculas que son las que forman las células, entonces lo que hoy se propone es que la vida surgió allí, en el fondo de los océanos. Lo otro que sabemos es que eso ocurrió bastante cerca de la formación de la Tierra, que tiene 4.500 millones de años. Al principio, nuestro planeta estuvo millones de años inhabitado por vida celular y ocurrieron un montón de pasos evolutivos que denominamos prebióticos hasta que la vida surgió hace 3.800 millones de años. Es decir que no pasó un periodo tan grande sin vida.
María Laura Mascotti durante su discurso luego de recibir el Premio Estímulo de la Fundación Bunge y Born. El premio mayor fue para el biólogo molecular Alberto Kornblihtt. Foto: FBB.-¿Y cómo eran esas primeras formas de vida?
-La primera población de células era una población heterogénea que llamamos LUCA (Ultimo Ancestro Común Universal, según su sigla en inglés). Sabemos que este Luca ya era un célula con bastante forma de célula, tenia un código genético y las membranas medio indefinidas, pero podía reproducirse, funcionar, y tenía un metabolistmo super básico. Todo eso ya lo sabemos.
-¿Cuál es el enigma que se mantiene?
-La gran pregunta es el origen del código genético, cómo es que se ensambla y cómo surge algo que es tan complejo.
– Tus investigaciones tiene que ver de algún modo con los orígenes. ¿En qué estás trabajando ahora?
-Ahora estoy armando mi grupo de investigación en bioquímica evolutiva acá en el Institito de Histologia y Embriología de Mendoza. Mis lineas de investigación se basan en la biología evolutiva, en estudiar enzimas pero a través de la historia. Por ejemplo, vos tenés una proteína que de repente estaba en un montón de bacterias que vivían en condiciones sin oxigeno y después la encontrás en bacterias que viven con oxigeno. Entonces lo que hacemos es achicar esa transición y reconstruir los ancestros, obtener la secuencia para saber cómo hubieran sido esas enzimas en esa época y las resucitás en el laboratorio. Las traés de nuevo a la vida
-¿Cómo una tecnología inversa?
-Claro, vas de atrás para adelante. Viste que ahora se habla mucho de desextinguir. Bueno, no se puede hacer eso, técnicamente. Lo que yo hago es ver una enzima que ya no existe, en un momento histórico, la busco, me fijo cómo era su secuencia, la sintetizo y la tengo en el laboratorio. Eso puede tener muchas derivaciones y aplicaciones, como por ejemplo en las afecciones de origen mitocondrial. Hay mucho por hacer, pero estamos encaminados.












