La entrevista telefónica será íntima, pero errante. El ex líder de Talking Heads reflexiona a sus 73 años sobre el cielo, la polémica Inteligencia Artificial, el urbanismo en bicicleta y su eterno compromiso con hacer de lo extraño algo familiar. Who Is The Sky?, -¿Quién es el cielo?- se pregunta en su nuevo álbum como cantautor solista (el noveno ya), que grabó junto a la neoyorquina Ghost Train Orchestra.
A esta entrevista, Byrne la responde desde Boston. Es temprano y viene de un show la noche anterior. Su voz suena tranquila, despierta, casi zen. La gira de su nuevo álbum lo tiene de nuevo en la ruta. Él dice que es una agenda ocupada, pero lo dice con una sonrisa audible. A su edad, el eterno líder de Talking Heads no ha perdido su curiosidad por los márgenes, ni su capacidad para ver poesía incluso en los errores.
“El título del disco vino de un error del autocorrector”, dice con esa sonrisa que mantendrá durante toda la charla. “Alguien quiso escribirme ‘¿Quién es el tipo?’ (‘Who Is The Guy’ en inglés) y mi teléfono lo transformó en ‘Who Is The Sky’ (‘¿Quién es el cielo?’). Pensé: eso es hermoso.”
El título del disco vino de un error del autocorrector
Ese tipo de conexiones aleatorias y luminosas son marca registrada de Byrne. Su carrera está construida sobre esas asociaciones inesperadas: convertir un gesto en coreografía, una pregunta cotidiana en un manifiesto existencial. Tiene el don de hacer que las preguntas filosóficas suenen conversacionales, preguntarle por sus motivos es, de alguna manera, innecesario. La respuesta casi siempre es la misma: ocurrió, lo vio, lo usó. Pero lo importante no es de dónde vienen las ideas sino a dónde nos llevan: “Me encanta que haya sido una especie de pregunta filosófica que surgió de un error. Lo universal se vuelve extraño, y lo extraño, universal”, dirá.
“Fue poético, leí el mensaje y pensé ‘Es hermoso. Es mi título’. Es, al menos para los hablantes de inglés, un error obvio. Cuando lo dicen, suena como si preguntaran quién es esta persona. Pero también me gusta que, como dijiste, cuando lo ves de otra manera, se convierte en esta gran pregunta metafísica y filosófica.”
Who Is the Sky? no solo es un título accidental: es también una síntesis perfecta de la curiosidad que ha guiado toda la carrera de Byrne. El disco, grabado junto al conjunto Ghost Train Orchestra, mezcla arreglos de jazz espectral, bronces de vodevil, percusiones de carnaval y una voz que parece flotar entre lo divino y lo doméstico. Hay ecos de su trabajo con el creador de la música ambient, Brian Eno, la textura coral de su ambicioso álbum American Utopia de 2020 y una melancolía luminosa que recuerda a sus primeras grabaciones con Talking Heads. Byrne sigue explorando el cruce entre cuerpo y pensamiento, entre danza y concepto: canciones que parecen ideas, ideas que terminan bailándose.
“Siempre intento que el sonido sea físico”, explica. “Si no te mueve, algo no está funcionando.” Esa búsqueda de lo emocional, lo inesperado, lo ha convertido en uno de los artistas más inquietos del último medio siglo: músico, performer, escritor, teórico, diseñador de bicicletas urbanas, archivista de gestos humanos. En Who Is the Sky? suena como alguien que sigue mirando el mundo con la misma perplejidad eléctrica de los años setenta, cuando un riff podía cambiarlo todo.
Siempre intento que el sonido sea físico, si no te mueve, algo no está funcionando.”
La conversación gira, casi sin quererlo, hacia los temas que hoy dominan el mundo de la música: la Inteligencia Artificial, el arte generado por algoritmos, la automatización de la sensibilidad.
“Obviamente alguien permitió que las máquinas escanearan toda la música”, reflexiona Byrne. “Y pensé: ‘Bien, las máquinas lo escucharon todo pero no saben qué es. Solo están adivinando e imitando’. En algunos géneros, como la música ambiental, eso puede funcionar. Pero en otros… No estoy seguro de que puedan producir algo con verdadero significado.”
Byrne no suena alarmista ni nostálgico, solo escéptico. Él ha vivido (y sobrevivido) a muchas transformaciones en la industria musical. Y ahora que lo digital amenaza con colonizar incluso aquello intangible, lo performático se vuelve aún muchísimo más vital.
“Estoy de gira ahora”, dice. “Y pensé: una máquina no puede darte esa experiencia del show en vivo. La experiencia que tiene la audiencia… Eso es irreemplazable.”
Who-Is-The-Sky? El último álbum solista del ex líder de Talking Heads.Al mencionar el álbum/show/película que firmó con los Talking Heads Stop Making Sense de 1984, American Utopia -que se transformó en un musical de Broadway en 2028- y su historial para reinventar la puesta en escena del rock, la charla deriva hacia los espacios, el sonido y la arquitectura. Y con lo importante que es para él todo esto, ¿cuál fue el peor lugar donde tocó? “Una vieja estación de tren en Santiago de Chile. Hermosa, pero con una acústica terrible. Mucho eco, demasiada reverberación. Yo estaba devastado.”
Byrne se ríe un poco al recordarlo, aunque también se le nota el pudor. Le importa cómo suena, cómo se ve, cómo se siente cada show. La puesta en escena siempre fue, para él, otra forma de narración.
Habló también sobre ciudades, bicicletas y el futuro que no fue… Más allá de la música, Byrne ha escrito y reflexionado sobre urbanismo, transporte y cómo las ciudades moldean nuestras vidas. Su obsesión con las bicicletas -que en 2009 se convirtió en el libro Diarios de bicicleta– se mantiene intacta. Preguntado sobre qué característica tendría una ciudad diseñada con los principios de su música, responde casi sin dudar: la posibilidad del cambio.
Iluminado. A los 73 años, sigue jugando con ideas que parecen superficiales pero que son poesía pura.Escribió mucho sobre cómo la infraestructura de bicicletas revela los valores de una ciudad. Por eso sería importante hablar sobre cuál es el concepto de ciudad que tiene David Byrne.
-Me preguntaba si tuvieras que diseñar una ciudad desde cero basándote únicamente en principios que has aprendido al hacer música, ¿cuál sería la característica más destacada?
―-Mientras reflexiono, te pregunto: ¿hay todavía un sistema de bicicletas en Buenos Aires? ―(Sí, la hay, pero limitada, le contestamos.)―Para responder tu pregunta buscaría qué están haciendo otras ciudades. ¿Qué hizo París? ¿Cómo funcionó? He oído que ahora la periferia está siendo incluida. Sí, toma tiempo, pero va muy bien. Una ciudad de bicicletas como Ámsterdam, por ejemplo: tendemos a pensar que las personas en Holanda nacieron con bicicletas, que simplemente las toman. Bueno, no siempre fue así. Después de la guerra, Ámsterdam se convirtió en una ciudad de autos, pero no es una buena ciudad de autos. Las calles son muy pequeñas y muy estrechas. Fue una idea terrible y eventualmente la abandonaron y se convirtió en una ciudad de bicicletas. Lo que parece natural hoy fue una decisión política.
Ese mismo espíritu observa con cauteloso optimismo en Buenos Aires, donde las bicisendas comienzan a redibujar la relación de los ciudadanos con su entorno. Consulta curioso al respecto, cómo vivimos nuestras calles en esta ciudad de los mil demonios, si hay menos autos, más bicis; le comento que en lo personal, prefiero caminar, que me siento más segura. Asiente preocupado: “Entiendo”, dirá.
Byrne dibuja una promesa: su nueva gira lo lleva a Europa y luego a Sudamérica. ¿Argentina incluida? Todo indica que sí.
Me despido apurada, debía dar una charla en la Feminist Library de Londres, sobre mujeres en la música, el movimiento riot grrrls y sus derivaciones. “Ayer justamente descubrí muy gratamente que más de la mitad de mi equipo de gira está formado por mujeres”, asegura.
Mientras tanto, Who Is The Sky? queda como una invitación abierta a mirar hacia arriba y volver a hacerse preguntas. Incluso y especialmente cuando las respuestas llegan por accidente, como un mensaje mal tipeado que se convierte, en las manos correctas, en poesía pop.










