El fútbol argentino ha atravesado numerosas huelgas a lo largo de su historia, motorizadas tanto por el gremio de jugadores como por el de árbitros. Hubo, además, interrupciones por medidas judiciales, como el conflicto por la televisación codificada en 1991 o la suspensión impuesta por el juez Víctor Perrotta en 1998 ante la escalada de violencia. Sin embargo, el actual paro impulsado por los clubes de la Liga Profesional -que el Comité Ejecutivo de la AFA se encamina a ratificar-carece de antecedentes directos. Para encontrar un escenario similar de lucha de poderes, aunque en un contexto político muy distinto, hay que remontarse a la crisis que enfrentó la AFA en 1948. Aquella vez fue contra los jugadores. Ahora, contra un estamento estatal, la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA).
A finales de los 40 se desató la huelga más significativa que registre la memoria del fútbol local: cinco meses de conflicto que afectaron las últimas cinco fechas de ese año y la primera de 1949. En la antesala de la decisión de los futbolistas de declarar el paro por tiempo indeterminado, fue la propia AFA la que suspendió el torneo. El 29 de octubre de 1948, tras una sesión extraordinaria, el Consejo Directivo amenazó con paralizar la actividad si los jugadores cumplían con su promesa de “parar un minuto” antes del inicio de cada partido como medida de protesta.
El Boletín Oficial 1406 de aquel entonces reflejaba la dureza de la dirigencia:
“Vista la nota recibida de Futbolistas Argentinos Agremiados y considerando: a) habiéndose violado, con la resolución de FAA, el convenio de solución amistosa suscrito con el Sr. presidente de la Asociación del Fútbol Argentino y ratificado por el Consejo Directivo de la misma, adoptándose por parte de la entidad de jugadores una actitud inconsulta, injuriosa y amenazante; b) que la adopción de la medida de fuerza como la anunciada, sin previamente justificar los extremos de sus reclamaciones ante el Consejo Directivo o su presidente, evidencia la intención de provocar un conflicto artificioso tendiente a privar a la afición de su deporte favorito; c) que todas las demandas de los jugadores han sido debidamente atendidas, que todos los expedientes a cargo del Tribunal Arbitral, en condiciones reglamentarias, han sido resueltos y que la ejecución de los fallos sigue el curso normal que establecen las reglamentaciones en vigor, sin que ningún jugador ni la entidad que los representa hayan presentado fundado recurso de queja; el consejo directivo resuelve: 1°: Devolver la nota a FAA por improcedente y falsa. 2°: Hacer saber a los señores jugadores que, de llevarse a cabo la medida de fuerza anunciada, este Consejo Directivo declara suspendidos los campeonatos de fútbol profesional a partir del lunes 1° de noviembre”.
Hace poco más de tres cuartos de siglo, el fútbol vivía una suerte de lockout patronal contra los jugadores; hoy, la disputa es contra una entidad del Estado. Pero, ¿qué ocurría en aquella época? FAA se había fundado en 1944 y, durante cuatro años, batalló para que la AFA reconociera su personería gremial y mejorara las condiciones laborales de los futbolistas, que recién serían reconocidos legalmente como trabajadores en 1975.
Cuando el acuerdo parecía inminente, el conflicto estalló por una medida simbólica que los dirigentes utilizaron como el pretexto ideal para retroceder. Mientras la AFA exigía a los clubes fijar posición sobre el convenio, FAA —en una asamblea de más de 70 jugadores— decidió ratificar el paro de un minuto para los días sábado y domingo, denunciando el retraso en los fallos del Tribunal Arbitral y deudas salariales. La respuesta de la AFA no se hizo esperar: el lunes 1 de noviembre, tras el cumplimiento del paro simbólico en las canchas, el campeonato quedó suspendido.
“Los señores dirigentes expresaron que el paro significaba un avasallamiento liso y llano a su investidura”, narraba la crónica de Clarín el 2 de noviembre de 1948. Lo cierto es que la dirigencia, en falta por no haber cumplido lo pactado, aprovechó la coyuntura para postergar no solo la firma del convenio, sino también la aprobación del mismo por asamblea.
En medio de este caos emergía la figura de Nicolini, presidente de la AFA, quien parecía atrapado entre la confianza de los jugadores y la intransigencia de los clubes. Tras reuniones infructuosas en el Palacio de Correos y Telecomunicaciones, la postura de la Asamblea de la AFA se radicalizó: se rechazó un pedido de Racing para rever la suspensión y se llegó a proponer la sustitución del profesionalismo por el amateurismo.
Ante la gravedad de la situación, intervino el Estado en la figura del Ministro de Hacienda, Ramón Cereijo. El funcionario, tras reunirse con los presidentes de los clubes, les transmitió que el propio general Juan Domingo Perón “vería con agrado que se prosiguiera la disputa de los matches profesionales”. Cereijo fue más allá y apeló al bolsillo: recordó que el Estado era el principal acreedor de los clubes mediante numerosos préstamos y que el regreso al amateurismo significaría la «bancarrota» inmediata para las instituciones. “Los consejeros se habían subido al caballo y era menester esperar que se bajaran”, disparó el ministro ante los medios.
Sin embargo, la Asamblea del 7 de noviembre solo empeoró el panorama. Si bien se decretó reanudar el torneo, se desconoció todo lo actuado con FAA y se derivó el conflicto a la Secretaría de Trabajo y Previsión, anulando cualquier canal de negociación directa con el gremio. Los dirigentes ganaron tiempo, pero la reacción fue la previsible: el martes 8, los jugadores declararon la huelga por tiempo indeterminado.
El golpe final de la AFA fue una medida desesperada pero contundente: dispuso que los partidos se jugaran con «cualquier equipo» y envió telegramas a los profesionales intimándolos a presentarse bajo amenaza de rescisión de contrato y una suspensión de dos años. En el inicio del boletín 1409, la AFA decía que actuaba así “por el anhelo de la masa de aficionados de que finalicen los actuales campeonatos profesionales” y, además, que era “fundamental reafirmar los principios de autoridad y disciplina imprescindibles para la buena marcha del fútbol”.
El fútbol argentino entraba así en uno de sus capítulos más oscuros, marcando un precedente de tensión política y deportiva. Fue la única vez que los dirigentes de los clubes decidieron suspender por motus propio el fútbol. No lo hicieron en ninguno de los seis Golpes de Estado (1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976) que tuvo el país. En 1948, tras la postura inflexible de los dirigentes, después fueron los jugadores los que colgaron los botines y tras cinco meses de lucha histórica y exitosa, la AFA se vio obligada a firmar un nuevo acuerdo para levantar la huelga. Con otros contrincantes en el ring, veremos cómo termina esta nueva pelea de la AFA.










