Algo está cambiando en el cáncer de mama: sigue siendo el tumor más frecuente entre mujeres, pero los perfiles de riesgo se están transformando. Este grupo de enfermedades continúa muy ligado al factor envejecimiento y, de hecho, la mayoría de los diagnósticos se dan en mayores de 55 años; pero en las últimas décadas están creciendo más rápido los casos en mujeres premenopáusicas. Un estudio publicado este lunes en The Lancet Oncology revela que, mientras la tasa de nuevos diagnósticos en mujeres mayores no ha cambiado sustancialmente en las últimas tres décadas, en mujeres de entre 20 y 54 años ha aumentado un 29% desde 1990.
Según la investigación, que hace una radiografía de la situación del cáncer de mama en más de 200 países, entre las mayores de 55 años, en 2023 se diagnosticaron 161 nuevos casos por cada 100.000 mujeres. Esto es tres veces más que los diagnosticados entre aquellas de entre 20 y 54 años (50 nuevos casos por 100.000). La interpretación de todo ello es que la edad sigue siendo un factor fundamental en el riesgo de desarrollar cáncer de mama, pero al ampliar el foco y observar la tendencia de las últimas décadas, los científicos han descubierto que los diagnósticos entre las más jóvenes, pese a ser muchos menos, están creciendo más rápido.
Los investigadores no entran a analizar en profundidad las causas de este giro de guion, pero para oncólogos como Gemma Viñas, responsable de la Unidad de Cáncer de Mama del Instituto Catalán de Oncología en Girona, los datos coinciden con lo que perciben en la consulta: “La incidencia aumenta en todas las franjas de edad, pero estamos viendo un incremento mayor en mujeres jóvenes”. Coincide Isabel Echavarria, secretaria científica de Sociedad Española de Oncología Médica: “Hay evidencia de que está aumentando la incidencia en jóvenes y es algo que a los oncólogos nos preocupa”.
Los motivos detrás de este fenómeno son, en buena medida, todavía una incógnita. Viñas asegura que, probablemente, “hay un impacto de los cambios en factores reproductivos”, como la aparición más temprana de la regla o el retraso en la maternidad y en el número de hijos (la lactancia y los embarazos son factores protectores). Otros factores de riesgo modificables, vinculados al estilo de vida, como el sobrepeso o el consumo de alcohol, también pueden estar jugando un papel, plantea. “En pacientes jóvenes, la causa real no la conocemos. Probablemente sea la suma de muchos factores”, desliza.
No es la primera vez que la ciencia observa un auge del cáncer, una enfermedad tradicionalmente asociada al envejecimiento, en adultos jóvenes. Según un estudio publicado en la revista BMJ Oncology en 2023, los tumores en personas menores de 50 años han crecido casi un 80% en tres décadas. El de colon es el más paradigmático, donde más estudiada está esta dinámica emergente, pero no solo pasa ahí: se ha visto también en endometrio, riñón, tiroides y mama, entre otros. La comunidad científica está intrigada y todavía no ha acotado la dimensión del fenómeno —hay estudios que encuentran esta tendencia en 13 tumores, otros que lo rebajan a media docena…—, pero si en algo coinciden los expertos es en imputar buena parte de esta tendencia al efecto de los hábitos de vida poco saludables al alza, como el tabaquismo, la mala alimentación o el sedentarismo.
El ambiente en el que un individuo se desarrolla a lo largo de su vida podría ser clave. Incluso antes de nacer, pues hay expertos que plantean que las exposiciones en el útero pueden conducir a alteraciones moleculares que influyen en la susceptibilidad a enfermedades. En este sentido, algunos estudios sugieren que los factores reproductivos (edad de inicio de la regla, haber recibido o no lactancia materna, la tasa de fertilidad, el uso de anticonceptivos orales…), así como el tabaquismo, la dieta, el consumo de alcohol, el estilo de vida y enfermedades previas de la madre durante el embarazo “podrían ser exposiciones intrauterinas relevantes”.
En concreto, el cáncer de mama en mujeres jóvenes tiene además la particularidad de que acostumbra a ser más agresivo, apunta Viñas. “[Este perfil de pacientes] suele tener tumores más proliferativos y el diagnóstico acostumbra a ser en fases más avanzadas porque están fuera de los programas de cribado”, cuenta.
Tampoco ayuda, abunda Echavarria, la falta de concienciación sobre la posibilidad de desarrollar un cáncer a estas edades, una circunstancia que propicia el retraso en la búsqueda de atención médica. “Además, las pruebas para el estudio del cáncer de mama, como la mamografía, son menos sensibles en mujeres jóvenes porque tienen las mamas más densas y puede ser más difícil ver un tumor”, añade esta oncóloga
Con todo, el auge de casos de cáncer de mama a edades más tempranas ha alentado que las guías europeas recomienden adelantar la edad de inicio de cribados de 50 a 45 años, una directriz que algunas comunidades autónomas ya han empezado a poner en marcha.
Desigualdades entre países
Más allá de este fenómeno concreto que mantiene en alerta a la comunidad científica, el estudio de The Lancet Oncology hace también un repaso de las tendencias mundiales en el cáncer de mama y estima que en 2023 hubo 2,3 millones de nuevos casos de este tumor y 764.000 mujeres fallecieron por esta causa.
Ahora bien, los datos reflejan que hay varios mundos dentro del mismo planeta. En los países ricos, espejo del “éxito en la detección, el diagnóstico y el tratamiento”, dicen los autores, la incidencia se muestra estable y las tasas de mortalidad a la baja (la supervivencia a cinco años se sitúa entre el 85% y el 90%). En cambio, las regiones con menos ingresos están experimentando una explosión de nuevos diagnósticos y, debido a las deficiencias en sus sistemas de salud y al acceso limitado (o nulo) a recursos diagnósticos y terapéuticos de primer nivel, la mortalidad también está disparada (un estudio en África situaba la supervivencia a tres años en el 50%).
Un ejemplo: en España, la incidencia en los últimos 30 años creció un 65%, pero la tasa de mortalidad ajustada por edad —que elimina el efecto de variables demográficas, como el aumento y envejecimiento de la población— ha caído un 42% en el mismo período; en cambio, en Angola, la incidencia ha crecido un 915% y la mortalidad estandarizada por edad, también ha subido un 104%.
Según los autores, en un escenario de crecimiento y envejecimiento de la población, la previsión para 2050 en todo el globo es que los nuevos diagnósticos crezcan un tercio (hasta los 3,5 millones) y las muertes aumenten un 44% (hasta 1,4 millones), pero el efecto no será homogéneo en todo el planeta: auguran que habrá “un impacto desproporcionado en países con recursos limitados”.
Factores de riesgo modificables
Los investigadores reclaman “medidas inmediatas y decisivas” para romper esas desigualdades crecientes que atraviesan el mapamundi y piden recursos para recortar la brecha diagnóstica y terapéutica. Pero hacen hincapié también en el peso de los factores de riesgo modificables: según sus cálculos, más de una cuarta parte (28%) de la carga mundial de cáncer de mama —es decir, los años de vida perdidos por mala salud o muerte prematura— está relacionada con factores de riesgo modificables, como el tabaquismo, el azúcar alto, la obesidad, el sedentarismo o el consumo de alcohol.
Los autores consideran que, si bien algunos cambios en los factores reproductivos implican que menos mujeres se beneficien del efector protector del parto, “es poco probable que estos cambios sean los principales impulsores de la incidencia del cáncer de mama”, abundan. “En cambio, el aumento constante de la exposición a otros factores de riesgo, como la menarquia [el inicio de la menstruación] precoz, la menopausia tardía y el aumento de la obesidad, podría resultar en tendencias estables de la incidencia del cáncer de mama al contrarrestar las mejoras en la exposición a otros factores de riesgo, como el consumo de alcohol y tabaco”, plantean.










