El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, anunció este viernes que su Gobierno comenzó a conversar con representantes de la administración de Donald Trump. El anuncio llegó pocas horas después de la liberación de 51 presos ―de los que la organización Prisioners Defenders asegura que al menos cinco son políticos― y tras días de cacerolazos y asambleas estudiantiles, en señal de hartazgo frente a una crisis energética que ha puesto en jaque el transporte, la educación y el día a día de los cubanos. “Hace más de tres meses que no entra un barco de combustible en el país. Estamos trabajando en unas condiciones muy adversas, con un impacto inconmensurable en la vida de todo nuestro pueblo”, sostuvo en su alocución.
La preocupación del presidente frente al hastío ciudadano fue notoria. En varias ocasiones dijo entender a quienes están desesperados por los larguísimos apagones, cada vez más insostenibles. Y aunque señaló al cerco energético estadounidense como principal motor de este malestar, sus declaraciones dieron una pista clara sobre las conversaciones binacionales: el petróleo va a ser la temática omnipresente en la lista de elementos a tratar. El descontento social, explican los cuatro analistas entrevistados por EL PAÍS, no le puede pasar factura en el escenario político actual. Aunque pueda parecer evidente, reconocer el malestar interno es también un acercamiento político.
Arturo López-Levy, profesor del Departamento de Gobierno de la Universidad Estatal de Georgia e investigador asociado de la Universidad de Denver, señala que las prioridades son tres: “Combustible, combustible y combustible” y narra la “falta de opciones” más allá de la apertura del Gobierno: “Si tú estás pasando dificultades para nadar y el que te presta la soga es un presidente tan peculiar como Donald Trump, te lo piensas y aguantas un poco, pero cuando ya el agua te llega al cuello, coges la soga del que sea”, zanja el profesor. “El Gobierno cubano tiene que encontrar la forma de que ese agua no le llegue al cuello”.
Para ello, Arturo López-Levy vislumbra que a partir del lunes el Ejecutivo cubano seguirá haciendo guiños a una gradual apertura económica y a un acercamiento con los cubanos en la diáspora, principalmente en Florida, donde conviven migraciones económicas despolitizadas y el brazo opositor más intransigente con cualquier negociación entre La Habana y Washington que no involucre un cambio de Gobierno. “Van a tener que ceder económicamente para no sacrificar el poder político que tienen actualmente. Al menos a corto plazo”.
Para los cuatro expertos, por el momento, lo único en el tablero de negociación es una tímida apertura económica. Iramis R. Rosique Cárdenas, analista político y miembro de la Revista digital La Tizza, subraya que el Gobierno es reacio a cualquier tipo de cambio político sustancial, pero que las flexibilizaciones económicas son en realidad “lo que más interesa a la Administración Trump”. Rosique insiste en que el republicano sólo está buscando “un buen titular” en Cuba que eclipse “todo lo que le está saliendo mal en la ataque con Irán, por su vanidad y de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre”. Ese titular, explica, podría ser desde la negociación y no desde la ofensiva militar que insinuó. “Con Trump nunca se sabe, pero parece que se saca de las opciones el bombardeo en La Habana”, dice.
Este mismo viernes, varios senadores demócratas presentaron una resolución para impedir cualquier acción militar contra Cuba sin la autorización explícita del Congreso, en medio de la creciente presión de Washington sobre la isla caribeña.
El hecho de que Cuba pueda llegar a dar su brazo a torcer en materia económica hace que muchos recuerden la apertura que vivió la isla en 2014, durante el Gobierno de Barack Obama. “Las formas de ambos presidentes [Trump y Obama] son diametralmente opuestas”, narra Rosique. “Obama revistió todo aquello de cierta amabilidad y de una gran campaña mediática, centrada en el arte, el turismo, la cultura… Con Trump el discurso es mucho más agresivo, claro, pero el corazón de la política de ambos es el mismo: tienen un enfoque centrado en el sector privado. Idealmente para ellos, esta nueva clase económica será la que finalmente cambie la forma de Gobierno”.
“El país colapsa, el Gobierno no”
Tamarys Bahamonde, doctora en Urbanismo y Políticas Públicas por la Universidad de Delaware y economista de la Universidad de La Habana, insiste en poner en el centro de las negociaciones a los cubanos. “De lo que los estadounidenses no se dan cuenta es que puede colapsar el país y no necesariamente el Gobierno. Este viernes lo vimos claro”. Para ella, esta alocución presidencial silencia las especulaciones de la oposición de una transición política sin Díaz-Canel. El presidente aclaró en repetidas ocasiones que él mismo participa en la mesa de negociaciones junto a Raúl Castro. Bahamonde subraya también que entre quienes toman decisiones no esté involucrado nadie de la Asamblea Nacional. “Sabemos que políticamente en Cuba tienen un peso menor, pero simbólicamente es una imagen muy fuerte”, dice desde Nueva York.
Además de los actores internos, los expertos se reconocen expectantes de los pasos que dará la comunidad internacional frente al discurso de apertura. Omar Everleny Pérez Villanueva, doctor en Economía por la Universidad de La Habana y miembro del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, espera que tomen partido pronto. “No podemos olvidar que Cuba aún no ha retirado sus brigadas médicas ni de Venezuela ni de México. Es una deuda que se está acumulando ahí y que se puede traducir en mayores ayudas”, zanja. La creciente presión de Washington contra la cooperación en salud ha causado la retirada de brigadas recientemente en Guyana, Guatemala, Honduras y Jamaica.
La primera jefa de Estado en pronunciarse fue la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, quien celebró el diálogo entre Washington y La Habana. La isla recibió este mismo viernes otros dos buques de ayuda humanitaria. México fue uno de los principales exportadores de petróleo a Cuba en 2025, pero cesó sus envíos por la amenaza de aranceles.
Después de la conferencia de este viernes, los analistas entrevistados habían mandado un mensaje a un amigo que vive en La Habana, Santa Clara, Guantánamo o Nueva York para calibrar cómo había sentado la noticia. Las primeras reacciones coinciden: son pocos los que siguen ilusionándose con que el deshielo se traduzca en una mejor vida para ellos. A Bahamonde le cuesta también ser optimista: “Hay mucha desolación colectiva en Cuba porque la situación es tan grave que estas negociaciones no despiertan mucha esperanza. Si la vida de los venezolanos aún no ha mejorado después de la intervención estadounidense y tampoco tiene pinta de que vaya a pasar en Irán… ¿Por qué voy a pensar yo que sería diferente para Cuba?”.









