Drones que disparan y un misterioso mercante azul: el terror de los pescadores ecuatorianos

Drones que disparan y un misterioso mercante azul: el terror de los pescadores ecuatorianos


Los 20 tripulantes del Don Maca navegaban cerca de las islas Galápagos, en aguas de Ecuador, cuando vieron un dron gris a baja altura, con un pequeño tubo apuntando hacia ellos. Lo saludaron, convencidos de estar siendo grabados. Nunca imaginaron que ese pequeño artefacto cargaba explosivos.

El Don Maca, un pesquero de línea larga, había lanzado el cordel sembrado de anzuelos. Cada mañana, sus tripulantes se repartían en seis lanchas y se alejaban para recoger la pesca. Esa tarde la lluvia retrasó el regreso y la última lancha volvió cerca de las 16.00.

Muy cerca, a dos millas, un buque azul con contenedores rompía la línea del horizonte. Mientras Cheo, el cocinero, picaba pescado para un ceviche y sonaba un vallenato, empezaron las apuestas.

—Es atunero —decía uno.

—No, es mercante —respondía otro.

“Yo les dije: ese es un barco científico”, recuerda Alexis Rivera, capitán del Don Maca, todavía convencido de haber ganado la discusión.

Los pescadores nacieron frente al mar y empezaron en el oficio siendo niños. Era lo único que se podía hacer en San Mateo, una parroquia rural, de 4.000 habitantes, en Manta, uno de los principales puertos pesqueros de Ecuador. Han visto toda clase de embarcaciones, pero esta vez ninguno logró identificar el buque. Las apuestas se frenaron cuando en esa tarde del 26 de marzo les sorprendió la primera explosión que cayó en el centro de su barco.

La detonación sacudió la cubierta y activó la sirena. Los que podían correr se amontonaron en la proa, agitando los brazos hacia un avión que sobrevolaba la zona. Cheo quedó inconsciente cerca de la cocina. “Mi cuerpo salió volando. Cuando desperté, botaba sangre por la boca”, cuenta.

“Nos quedamos sordos”, repiten varios sobrevivientes. Al principio pensaron que habían explotado los cilindros de gas, pero llegó una segunda bomba. “Estaba en la bodega, guardando pescado. En la primera explosión, mi cuerpo golpeó el techo y cayó al piso”, relata Sebastián, otro tripulante.

Huyeron en las lanchas hacia el buque azul, el mismo del que habían hablado minutos antes. A bordo, hombres vestidos como militares les preguntaron en inglés cuántos eran y si había heridos. Dijeron que uno. Les permitieron subir, pero al pisar la cubierta los apuntaron a la cabeza, los esposaron y encapucharon.

“Nos llevaron a la proa. Escuchamos: ‘¡Bum!, ¡bum!’. Logré levantarme la funda y vi cómo explotaban el barco”, relata Sebastián. “Cogieron unas cervezas, las abrieron delante de nosotros y dijeron: ‘Están heladitas”.

No se movieron de la proa hasta la madrugada del 27 de marzo, cuando los entregaron a una patrulla marítima de El Salvador. “¿Por qué nos entregaron a extranjeros si estábamos cerca del guardacostas ecuatoriano?”, cuestionan.

Ocho días después llegaron a un retén militar en San Salvador, donde pudieron bañarse por primera vez. “Aguantamos sol y agua, algunos sin camiseta, tal como salimos de la explosión”, dice Rivera. Al día siguiente fueron deportados.

“Si hubiéramos estado en algo malo, estaríamos presos”, afirma Palacios. “Ahora dicen que éramos náufragos, pero ellos explotaron nuestro barco. Fuimos a pedir ayuda creyendo que era una embarcación mercante”, agrega Rivera.

Desde entonces, nadie ha vuelto al mar: no tienen permisos y, sobre todo, tienen miedo. “Estamos aquí por la bendición de Dios”, dice Sebastián. Es la primera vez que pescar les da miedo.

La sombra de EE UU en altamar

El episodio de estos pescadores sigue plagado de incógnitas, pero hay un contexto. Una secuencia de decisiones políticas y militares que mantienen a los pescadores del Pacífico y del Caribe atemorizados.

Desde septiembre del año pasado, Estados Unidos ha ejecutado al menos 54 ataques contra presuntas embarcaciones del narcotráfico en el Caribe y el Pacífico oriental, con 185 muertos y tres sobrevivientes, según un monitoreo de The New York Times reconstruido a partir de publicaciones de Donald Trump, el secretario de Defensa Pete Hegseth y el Comando Sur.

En enero, el Gobierno de Daniel Noboa anunció una nueva fase en su lucha contra el crimen organizado, sin precisar en qué consistía. El anuncio llegó tras el año más violento del que se tiene registro en Ecuador: 9.200 homicidios y la tendencia al alza.

En noviembre de 2025, Noboa impulsó una consulta popular para permitir bases militares extranjeras y la respuesta fue un no rotundo. Pero el mandatario ecuatoriano, afín a la mano dura de Trump, ha abierto la puerta a una mayor presencia estadounidense. En diciembre, personal de la Fuerza Aérea de EE UU llegó a Manta para una operación conjunta con militares ecuatorianos, según la embajada estadounidense.

El Don Maca no es un caso aislado. El 17 de marzo, la Negra Francisca Duarte II, con 16 tripulantes, fue bombardeada de forma similar. Faenaba cerca de Galápagos hacía casi una semana y, horas antes, había pasado un control de guardacostas ecuatorianos “sin novedades”, según su capitán, Hernán Flores. En total hay tres ataques documentados en Ecuador, 38 supervivientes y ocho desaparecidos.

El primer dron lanzó un artefacto que impactó en la cocina, donde estaban los cilindros de gas. Un segundo descendió para atacar el centro del barco, pero perdió el control y cayó en la cubierta. “Las aletas las movía todavía, pero no quisimos tocarlo por temor a que explotara”, recuerda Flores.

El fuego se extendió rápido y el extintor falló. La tripulación se lanzó al agua y alcanzó las lanchas. Hubo dos heridos por quemaduras, entre ellos un sobrino del capitán que aún se recupera en Manta. Leonel, de 22 años, sintió la explosión como un golpe seco en la espalda: lo levantó del suelo y lo hizo caer unos metros más allá.

Ellos también navegaron hacia un buque azul con contenedores. La respuesta fue idéntica. “Unos hombres vestidos de militar, que hablaban gringo, nos apuntaron, nos esposaron por la espalda y nos cubrieron la cabeza”, relata Flores. Un día después fueron entregados a una patrulla salvadoreña, sin cargos, y deportados.

Entre la desaparición del barco de los radares y su regreso a Manta pasó una semana, en la que las familias se concentraron a diario frente a la Capitanía del Puerto para exigir información. No obtuvieron respuestas.

El ministro de Defensa ecuatoriano, Gian Carlo Loffredo, defendió en El Universo las acciones de Estados Unidos: aseguró que, en aguas territoriales, Washington solicita autorización a Ecuador. Las autoridades, sin embargo, evitan confirmar o descartar si detrás de estos ataques a pescadores está Washington. En cambio, han puesto el foco en las posibles actividades ilícitas de las embarcaciones atacadas, sin que exista una investigación. Tampoco ha habido una posición oficial clara por parte de Washington.

El Comité de Derechos Humanos de Guayaquil considera que los hechos podrían encuadrarse en desapariciones forzadas cometidas por fuerzas extranjeras y cuestiona el “hermetismo” del Gobierno.

Los ocho que no volvieron del mar

El regreso de los tripulantes del Don Maca y del Negra Francisca Duarte II reactivó la esperanza de ocho familias. El Fiorella salió el 2 de enero con diez tripulantes; solo dos regresaron. Desde el 20 de enero, los demás siguen desaparecidos.

En la casa de María Mero, los zapatos de su hijo Jefferson cuelgan en lo alto del marco de la puerta. Es un ritual para pedir que vuelva. En una esquina, un altar: un Cristo con las manos atadas, un rosario, una flor roja, dos vasos de agua, tarjetas con oraciones y una vela encendida junto a la fotografía. Cada objeto tiene un sentido que no puede revelarse hasta que aparezca, dice la mujer.

“Estaban en las lanchas cuando escucharon una explosión. Estaban lejos y solo vieron humo”, cuenta María, en una casa a medio construir. Los nietos juegan en una hamaca; otros descansan en la cama del tío Jeff. Su esposo, con diabetes y psoriasis, sufre porque no siempre alcanza para los medicamentos. Jefferson era el sostén económico; sin él, la vida es supervivencia diaria.

“Quiero que me devuelvan a mi hijo”, dice María, de 71 años, antes de romper en llanto. No cree al capitán del puerto, que le dijo que dejara de buscar, que ya están muertos. Ella insiste: a las familias les ha llegado información de que los ocho están retenidos en un barco “gringo”. “Todavía los tienen. Solo queremos que nos los devuelvan”.

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