El enésimo ataque del presidente Javier Milei al empresario más rico de la Argentina y dueño de la corporación Techint, Paolo Rocca, y al mandamás de Aluar y Fate, Javier Madanes Quintanilla, dejó de ser leído como un mensaje de fortaleza interna en clave política para su tropa libertaria e, incluso, superó la idea del aleccionamiento a eventuales díscolos del círculo rojo. Ahora se instaló la idea de que al Gobierno le empezó a pegar la crisis de fin de ciclo menemista, con un desempleo que revolvió el avispero oficialista —aunque el relato oficial intentó maquillarlo— y una imagen negativa escalando, con la corrupción en la cabeza de esa destrucción. Por eso, en la Casa Rosada avanzaron en el plan para encontrar al culpable de la destrucción del empleo formal: la industria, por ser el sector al que se lo puede pegar con las políticas intervencionistas y, de paso, sostener el relato del «riesgo kuka».
Esa avanzada, que traspasó fronteras y se repitió durante la Argentina Week en Nueva York, surgió desde el entorno de Milei ante la certeza de que ninguno de los empresarios lo confrontará, por decisión personal de cada uno de los magnates. “Es muy difícil afrontar una crisis de comunicación cuando el agresor tiene el poder de la palabra pública y el aval de una parte importante de la sociedad; mientras que la víctima prefiere evitar el choque y, además, no cuenta con la empatía para que la gente lo quiera”, analizó ante PERFIL un líder comunicacional que trabaja en una de las empresas más poderosas del país en el sector energético.
“Tienen las mismas formas que el kirchnerismo para atacar a los empresarios. Pero lo hacen en momentos puntuales: cuando hay elecciones y necesitan consolidar un voto porque existe una amenaza opositora o cuando hay una crisis de gestión en donde no pueden manejar variables externas. Antes pasaba con la inflación, ahora con la crisis del empleo”, fustigó un líder industrial que leyó en el ataque mileísta una debilidad más que una verdad revelada. “No hubo denuncia de todo lo que dijo, es puro humo electoral, pero sin elecciones”, sumó.
La virulencia de la Casa Rosada responde al pánico que generan los números que ya se reenvían en el círculo rojo. En los grupos de WhatsApp de los empresarios de más alto nivel circula un informe —al que accedió PERFIL en exclusiva— que le da sustento estadístico a un déjà vu menemista: el desempleo trepó al 32% en el ranking de principales preocupaciones ciudadanas, desplazando por completo a la inflación y ubicándose apenas por detrás de los miedos a la corrupción (40%) y al propio sistema político. Es la confirmación empírica de una recesión que ya perforó la paciencia social.
Este termómetro explica la necesidad urgente del oficialismo por instalar en la industria a un culpable ajeno a su gestión económica. El mismo documento reservado expone una caída abrupta en la figura de Milei, cuya imagen negativa escaló con fuerza hasta el 63%. Aunque el dato que enciende todas las alarmas en el Gobierno es el resurgimiento de su principal antagonista: Cristina Fernández de Kirchner capitaliza el malhumor y consolida un repunte con una imagen positiva que ya alcanza el 41%.
La estrategia de los spots y la tensión en la UIA
El círculo rojo sabe que su falencia es la falta de una vinculación que incluya un ida y vuelta empático con la sociedad. De hecho, el propio Rocca lo planteó en ediciones pasadas del ProPymes, el evento que la «T» organiza para reunir a sus proveedores y clientes. El plan de pegarse a las pymes, que suelen contar con una buena imagen en la sociedad, no alcanzó para impregnarse de la mirada contemplativa que tiene la gente sobre los dueños de los talleres. El ítalo-argentino sabe que la ley jurídica más segura y estable es el escudo social, como sucede en otros países en donde los empresarios son vistos de manera positiva.
El uso de la capacidad instalada de la industria cayó a 53,6% en enero
Durante la semana pasada surgió una movida subterránea en el debate que se instaló en la Unión Industrial Argentina (UIA). Los mandamases de la entidad centenaria hacen malabares para estirar el momento del choque frontal con el Presidente, ante la presión de algunos sectores y de las delegaciones territoriales más combativas —como Santa Fe y Tucumán— por dar un paso al frente, y ante la necesidad de esquivar el encuadramiento de «oposición» que cortaría cualquier diálogo con el Ministerio de Economía. En el medio, se coló una nueva estrategia que creció sin control ni identificación.
“¿Chorros? Ahora resulta que ser industrial en la Argentina es robar. Mientras tanto, una empresa abre todos los días, produce, invierte, arriesga capital propio, contrata gente y paga salarios. Y después, paga impuestos: IVA, Ingresos Brutos, Impuesto al Cheque, Ganancias, contribuciones patronales, tasas municipales, percepciones y retenciones. En Argentina producir viene con un impuesto en cada paso. El privado invierte y asume el riesgo; si gana, paga. Pero hay algo más: si pierde, también paga. El Estado no arriesga nada, pero igual cobra. Entonces queda la pregunta: si los que la defienden son chorros, ¿quién se queda con todo lo que pagan?”, dice la voz en off de un spot con características caseras, en lo que a primera vista fue leído como una respuesta al jefe de Estado.
Unas 24 horas después salió una segunda versión: “¿Chorros? Eso dicen cuando hablan de industria nacional. Y puede ser, porque por afano somos los que más empleo generamos. Por afano somos los que más invertimos. Por afano somos los que mejores salarios pagamos. Y por afano somos los que más valor agregamos a lo que produce el país. Entonces, sí, por afano somos los que más riqueza generamos. Capaz el problema no es que exista la industria nacional, el problema es no entender lo que genera. Porque donde hay industria, hay trabajo, inversión y futuro”.
Lejos de la confrontación, un grupo de industriales se dio cuenta de que debía apelar a la conversación pública para defenderse del ataque libertario, según supo PERFIL de fuentes fabriles que dicen conocer el origen de la producción audiovisual. Con esta movida anónima, los empresarios intentaron saltar el cerco y acercarse a la calle. La decisión surgió de un sector joven, según pudo saber este medio.
El guiño al campo y la resistencia territorial
Rocca transitó el camino tradicional a través de un cuidado spot institucional, en donde busca cerrar la grieta entre el campo y la industria que el Gobierno insistió en abrir, casi en sintonía con el kirchnerismo pero de manera inversa (apoyando a los chacareros y denostando a los fabricantes manufactureros). Tenaris, la acería del Grupo Techint, aprovechó Expoagro para consolidar el vínculo con los agronegocios. Es, justamente, el negocio del acero el que está en conflicto por la avalancha de importaciones chinas.
«Estamos ahí cuando se necesita y estamos dispuestos a entregarlo todo. Sin pausa, sin descanso, desde una planta, desde un galpón, desde la tranquera o en el camino (…). Somos agro y acero. Somos industria y campo. Tenemos un mismo origen. Tenemos un mismo fin«, dice el último tramo de la pieza publicitaria.
Pero no todo será subrepticio. En la semana, la Unión Industrial de Tucumán (UIT) habló de “profunda preocupación y rechazo” a los ataques. “Resulta injusto y profundamente ofensivo que se ataque de manera generalizada a quienes sostenemos la producción, generamos empleo formal y mantenemos en pie a miles de familias argentinas”, expresaron los dirigentes empresariales.
Y agregaron: “Nos preguntamos con preocupación por qué semejante agresión hacia un sector que invierte, produce y genera oportunidades. La industria argentina no roba: trabaja, invierte y crea valor”. En el cierre, remarcaron que defender la producción local no es un delito, sino una condición estrictamente necesaria para construir un país con desarrollo y oportunidades para todos.
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