Bonnie Prince Billy: “Ser padre es vivir en un estado de perpetuo terror y preocupación” | ICON

Bonnie Prince Billy: “Ser padre es vivir en un estado de perpetuo terror y preocupación” | ICON


Will Oldham (o Bonnie Prince Billy) fotografiado en exclusiva para ICON en una azotea del barrio madrileño de Delicias. edy pérez

No ha sido nunca Will Oldham de esos que siguen las reglas del mercado. Ni siquiera ahora que, con 56 años y casado con la artista Elsa Hansen, se ha convertido en un auténtico hombre de familia. El día de la entrevista acaba de terminar su gira europea en Madrid y solo piensa en volver a casa en su ciudad natal, Louisville (Kentucky), a ser posible con un regalo a su hija Poppy, de cinco años. La idea es comprarle un auténtico traje de flamenca, con sus zapatos y sus castañuelas.

Oldham es más conocido por su alter ego, Bonnie Prince Billy, que ya es un nombre clásico. Es tan respetado por todo el mundo que si empiezas a dar nombres no terminas: Johnny Cash y Rosalía le han versionado; ha grabado con David Byrne o Björk y Bon Iver, PJ Harvey, Robert Plant e incluso Kanye West son fans confesos. Como va a su bola y nunca se ha declarado parte de ningún movimiento, cada vez que el folk o el country vuelven a estar de moda, alguien le cita como padre del invento. Ha sido nombrado padrino del antifolk, del weird folk o del neofolk. Etiquetas que brillan tres o cuatro años y desaparecen. Pero él sigue ahí. en 30 años se ha convertido en una especie de Leonard Cohen doméstico, un músico con sonido áspero que revisa suavemente las raíces de la música popular estadounidense. Y ha resultado ser universal.

Bonnie Prince Billy acumula fans en todo el mundo, quizás no sean millones, pero son devotos. Eso le permite saltarse las reglas: no va a festivales; en sus conciertos cambia el repertorio cada noche; edita discos cuando le da la gana y sus canciones aparecen y desaparecen de Spotify según le da el viento. “Es una pérdida de tiempo enfrentarse a Spotify, lo sé. Pero tengo una hija y si voy a hablar con ella sobre moralidad, responsabilidad y honestidad, no puedo hacerlo y al mismo tiempo decirle que está bien”, afirma.

“Es una pérdida de tiempo enfrentarse a Spotify, lo sé. Pero tengo una hija y si voy a hablar con ella sobre moralidad, responsabilidad y honestidad, no puedo hacerlo y al mismo tiempo decirle que está bien”

El 7 de marzo Oldham publicó We are together again, su decimocuarto disco, otra gema para una discografía que es un filón inacabable de pequeñas joyas. No han pasado ni 15 meses del anterior. “Bueno, edito con tanta frecuencia porque todavía tengo muy arraigada la idea de que hacer un disco está relacionado con ganarse la vida, aunque ya no sea tanto así”, dice. “Pero también porque siento que mantener mi mente y mi alma en forma implica sumergirme en la construcción de canciones y hablar con otros músicos o con el productor y el ingeniero de sonido. Se trata de intentar que todo lo que implica tomar decisiones sobre cómo hacer música se mantenga en movimiento, porque es algo saludable”, explica el músico para justificar un ritmo de producción muy superior a lo habitual.

Permítanme una pequeña irrupción. Hace ya 20 años de la primera vez que entrevisté a Will Oldham, uno de esos encuentros que no se olvidan. La cita fue en Praga. Él había tocado la noche anterior. El concierto fue alucinante. La ciudad está llena de hoteles, pero por algún motivo le habían mandado a dormir a uno en un campo de golf de las afueras. A unos 10 kilómetros del centro. Cuando llegué, no me dejó bajarme del taxi y se subió él, furioso e inquieto. Odiaba aquel lugar, quería volver a la ciudad. ¿Se acuerda? “Perfectamente. Praga me traía recuerdos muy intensos. Con 20 años pasé un invierno muy duro allí. Uno de mis mejores amigos estaba en Rusia, en una ciudad llamada Klin, reconstruyendo iglesias. Mi plan era ir con él, pero no conseguía el visado y me pasé varios meses solo esperándolo. Nunca llegó. Y yo me sentía completamente perdido. Había pasado mucho tiempo, desde los ocho o nueve años hasta los 20, empeñado en ser actor. Pero cuando empecé a conocer la industria cinematográfica, me di cuenta de que era un gran error. No era lo que yo quería hacer”.

Aunque Muhammad Ali es el nativo más famoso de Kentucky —ese territorio que está tan entre el norte y el sur de EE UU que al inicio de su guerra civil se declaró neutral—, el lugar es desde hace décadas un semillero de intérpretes: George Clooney, Johnny Depp o Jennifer Lawrence proceden de allí. “En Louisville hay una escuela de teatro muy potente en la que yo estudié. Muchos directores de casting pasaban por allí a buscar caras desconocidas”, explica.

“Tienes que creer en lo que haces, pero es verdad que, como forma de ganarte la vida, es necesaria una interacción con el exterior. Si nadie aprecia lo que haces, va a ser complicado que te ganes la vida con ello. La seguridad en ti mismo es solo el primer paso”

Durante un periodo fue una de aquellas promesas. Su carrera fue breve porque aquel mundo le pareció “hipercompetitivo y cruel”, pero aún así tuvo sus 15 minutos de fama… en Praga. “Entonces en Checoslovaquia solo había un canal de televisión. Una vez por semana, el sábado por la noche, emitían una película estadounidense, y todo el mundo la veía. Un domingo estaba paseando y de repente empezó a pararme gente. Yo no entendía nada. Al rato descubrí que habían emitido Everybody’s Baby: The Rescue of Jessica McClure [David Eyre, 1989], una peli en la que yo salía. Me sentí Shirley Temple. Todo lo que me ocurrió aquel invierno fue tan extraño…”.

Praga terminó venciéndole y volvió a Kentucky, medio deprimido, para vivir en casa de Ned, uno de sus hermanos, que llevaba metido en la escena musical de Louisville desde los años del punk. Enterrado en mantas en la habitación de invitados de Ned, Oldham cogió una guitarra y comenzó la carrera que le ha traído aquí.

Si en lo artístico sigue siendo insobornable es, asegura, porque es así cómo se funcionaba en los noventa. Viene de una generación en la que lo alternativo y lo comercial estaban perfectamente definidos y en la que lo peor que se le podía decir a alguien es que se había vendido. Que había renunciado a su compromiso a cambio de acceder a un público más amplio.

¿Tiene hoy sentido esa forma de pensar? Para las nuevas generaciones ni siquiera parece existir el concepto de venderse. Creo que es un concepto importante al que aferrarse. Es fácil olvidar que, si tenemos suerte, habrá un futuro, y que tus decisiones actuales lo moldearán y seguirán resonando. En mi trabajo lanzo ideas al exterior para que otras personas puedan experimentarlas y se conviertan, idealmente, en parte de su proceso de toma de decisiones. Así que hay que tener cuidado. De adolescente era muy impresionable viendo a los artistas crear y tomar decisiones. Algunas parecían interesantes y contundentes, y otras potencialmente destructivas. Sigue siendo igual, la diferencia es que en aquel momento “venderse” significaba tomar una gran decisión: firmar determinado contrato, renunciar a un determinado principio. Ahora todo son microdecisiones. Por ejemplo, todos decimos valorar nuestra privacidad y nuestra independencia. Y, sin embargo, tomamos microdecisiones todo el día, todos los días, que entregan esa privacidad a grandes empresas. Estás usando algo que erosiona nuestra independencia, nuestra individualidad y nuestra privacidad. Así que la gente se está vendiendo todo el día, todos los días.

¿Y qué pasa con los grandes gestos? ¿Tiene alguna utilidad adherirse a la causa palestina, por ejemplo? La pregunta sería: ¿qué es exactamente una postura política? Me da pena ver, por ejemplo, una foto de Quentin Tarantino visitando al ejército israelí en el frente y pensar que igual ya no seguirás prestando atención a su trabajo. Toda decisión creativa conlleva una decisión política. Así que, independientemente de si participas activamente en un movimiento, tus decisiones políticas deben realizarse con los mismos criterios con los que tomas las artísticas. Mi problema es que nunca sé si la información que llega es cierta. Y es difícil tomar decisiones sin información.

“Ahora todo son microdecisiones. Por ejemplo, todos decimos valorar nuestra privacidad y nuestra independencia. Y, sin embargo, tomamos microdecisiones todo el día, todos los días, que entregan esa privacidad a grandes empresas”

De momento él lo que ha conseguido, partiendo de su independencia, es plantear su carrera según sus propios criterios. Desde que es padre ya no hace giras largas. Lo máximo que se ausenta de casa son dos semanas, y si es posible solo una. “Para volver a la carretera en una furgoneta tendría que ser… A ver, tengo esta fantasía en la que mi hija viaja conmigo tocando, no sé, la batería en mi grupo. Pero es eso, una fantasía. Además, a mamá no le hacen ninguna gracia las giras”, ríe.

¿Tiene su hija inclinaciones artísticas? ¿Le haría ilusión que se dedicara a la música? Asusta un poco, porque mi forma de afrontar mi labor creativa conlleva un montón de trabajo. No es fácil y no quiero eso para ella. Pero su padre es artista y su madre es artista. Vive rodeada de gente dedicada por completo a quehaceres creativos. Yo supongo que, como nos ve todos los días haciendo esto, se dará cuenta por sí misma de que no es un trabajo fácil. De lo que nos vamos a asegurar es de que vaya a una escuela en la que le enseñen cosas, digamos… reales. Porque en la música te lleva muchos años pensar que lo que estás haciendo es auténtico arte. Al principio es solo un concepto hasta que alguien ve lo que haces y te dice: “Vaya, lo tuyo está muy bien. Es arte”.

Entonces, ¿el arte está siempre en la mirada del otro? Obviamente tienes que creer en lo que haces, pero es verdad que, como forma de ganarte la vida, es necesaria una interacción con el exterior. Si nadie aprecia lo que haces, va a ser complicado que te ganes la vida con ello. La seguridad en ti mismo es solo el primer paso.

¿Cómo va esa seguridad en sí mismo? Seguridad artística me sobra, pero ser padre es vivir en un estado de perpetuo terror y preocupación.

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