Los emperadores tienen delirios y padecen fantasías. Un vistazo rápido a la historia universal lo confirma. En el siglo III antes de Cristo, el emperador Qin Shi Huang mandó construir la famosa muralla para aislar y proteger a su país, hizo quemar todos los libros y persiguió a los intelectuales para que nadie lo rivalizara con su conocimiento del imperio. Jorge Luis Borges lo cuenta en su famoso ensayo La muralla y los libros, pero omite el mayor delirio de Huang: enviar las flotas de su imperio a buscar unas míticas islas habitadas por inmortales que custodiaban el elixir de la eterna juventud. Casi tres siglos antes, Jerjes, el rey de reyes de Persia, mandó azotar el mar luego de que una tormenta destruyera los puentes del Helesponto. Más recientemente, Hitler encargó la defensa de Berlín a un ejército ya destruido, moviendo divisiones fantasma sobre un mapa en su búnker mientras fustigaba y mandaba a fusilar a los generales que lo llamaban a tocar tierra. Ahora Donald Trump delira seriamente con convertir a Venezuela en el 51.º Estado de Estados Unidos.









