Justo un año ha debido transcurrir desde que fuera elegida primera mujer presidenta del Comité Olímpico Internacional (COI) para que Kirsty Coventry tome su primera gran decisión, que es la de reimplantar los test de sexo en los Juegos Olímpicos, una práctica abandonada a principios de la década de los 90 del siglo pasado por consideraciones éticas.
“Entiendo que se trata de un tema muy delicado”, dijo Coventry, campeona olímpica de natación en Atenas 2004. “Como exdeportista, creo firmemente en el derecho de todos los atletas olímpicos a participar en una competición justa. La política que hemos anunciado se basa en la ciencia y ha sido elaborada por expertos médicos. Los cromosomas masculinos proporcionan ventajas de rendimiento en deportes que dependen de la fuerza, la potencia o la resistencia, por tanto, es absolutamente claro que no sería justo que los hombres biológicos compitieran en la categoría femenina”.
Todas las mujeres que quieran participar en los Juegos de Los Ángeles 28, en cualquier deporte, deberán haber demostrado que en sus genes no hay cromosoma Y, el que determina los rasgos masculinos. La prueba consiste en un PCR SRY con muestras de saliva. Quedarán eliminadas de la categoría femenina aquellas que no lo superen, sean atletas transgénero, sean atletas con variaciones de las características sexuales (DSD), mujeres a las que se asignó el sexo femenino al nacer pero poseen cromosomas masculinos, mujeres como Caster Semenya, la campeona olímpica surafricana, o Imane Khelif, la boxeadora argelina medallista de oro en los Juegos de París. Solo podrán competir aquellas que, como la española María José Martínez Patiño en los años 80, posean el cromosoma Y, que dispara los niveles de testosterona, pero estén afectadas del llamado síndrome de insensibilidad total a los andrógenos (CAIS) u otras anomalías o trastornos poco frecuentes del desarrollo sexual (DSD), en los que no se obtienen beneficios de los efectos anabólicos o de mejora del rendimiento de la testosterona.










