Hay rasgos que no se aprenden: se revelan. Uno de ellos es la inclinación natural hacia la bondad, hacia el cuidado del otro.
No como un gesto ocasional, sino como una forma de ser. Quiero compartir una historia que vuelve esa idea imposible de ignorar.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en marzo de 1945, Europa Oriental empezaba lentamente a salir de la oscuridad. En la ciudad de Czernovitz, un grupo de sobrevivientes intentaba reconstruir algo parecido a la vida.
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Entre ellos se encontraba el Rebe de Sculeni, Rabí Eliézer Zushe Portugal. Se acercaba Pesaj, la festividad judía que conmemora la salida de la esclavitud en Egipto. Durante esos días se come matzá: un pan simple, sin levadura, que representa tanto la pobreza como la libertad. No es solo alimento; es memoria, dignidad y esperanza.
Pero la realidad era brutal. Conseguir comida era difícil; conseguir esas matzot, preparadas con tanto cuidado, era casi imposible.
Aun así, el Rebe no se resignó. Con un esfuerzo enorme logró reunir un poco de harina y hornear una cantidad muy limitada. Era poco. Dolorosamente poco. Y entonces tomó una decisión: repartir.
Envió un mensaje a distintos líderes de la región: cada uno recibiría tres matzot. Ni una más.
No porque no quisiera dar más, sino porque no había más para dar. Cuando hay escasez, cada decisión es una renuncia.
Una semana antes de la festividad, llegó un emisario en nombre del Rebe de Vishnitz. Recibió las tres matzot y cuando parecía que todo estaba claro, agregó:
—El Rebe pidió seis- El silencio fue inmediato. Seis. No una más. No “si es posible”. No una sugerencia. Seis. Exactas. El pedido no venía acompañado de explicación. Y justamente por eso, pesaba más.
El Rebe de Sculeni entendió en ese instante lo que significaba: si daba seis, alguien más —algún otro sobreviviente, alguna otra familia— se quedaría sin nada. Lo miró. Dudó. No era una duda de generosidad, sino de responsabilidad. Pero finalmente cedió.
Si otro Rebe pedía seis debía haber una razón. Y entregó las seis matzot. Pasaron los días. La víspera de Pesaj ya estaba encima. Y entonces, el emisario volvió.
El Rebe, agotado, lo miró apenas cruzó la puerta y se adelantó, casi defendiéndose: —No tengo más. Ya te di seis. ¿Qué más querés? El emisario no se movió. No discutió. Solo dijo:
—El Rebe me pidió que te haga una pregunta ¿Guardaste matzot para vos?
El Rebe bajó la mirada. —¿Cómo podía hacerlo… si había tantos otros que las necesitaban? Y entonces llegó la respuesta. Simple. Precisa. Implacable:
—El Rebe sabía que eso es exactamente lo que ibas a hacer. Por eso pidió seis. Una pausa. —Tres eran para él. Y tres eran para vos. Hay personas que piensan en los demás. Y hay personas que piensan… en quienes piensan en los demás.
El Rebe de Sculeni vio el hambre de todos. Pero el Rebe de Vishnitz vio al que estaba dispuesto a quedarse sin nada con tal de que otros tengan. Y entendió que esa clase de bondad también necesita ser protegida.
Porque a veces, el más generoso es el más invisible. El que da, no pide. El que sostiene, no se queja. El que reparte, muchas veces se queda vacío. Y ahí aparece una pregunta importante: ¿quién cuida al que cuida?
Dar es fácil cuando alguien pide. Lo difícil —lo verdaderamente humano— es dar cuando el otro nunca va a pedir. Porque hay silencios que no reclaman, y necesidades que no se dicen. Dar es importante, pero no alcanza.
La verdadera sensibilidad empieza cuando aprendemos a ver eso. Ver al que da. Cuidar al que sostiene. Mirar al que mira a todos.
Todos tenemos a alguien así en nuestra vida: un padre, una madre, un hermano, un amigo… alguien que siempre está, que siempre da.
La pregunta es: ¿quién está para él? Tal vez, el verdadero acto de bondad sea dejar de darlo por hecho… y empezar, nosotros, a sostenerlo.
Porque los que más dan, también necesitan que alguien les dé.
Buen fin de semana.
* Rabino Rafa Jashes










