El 14 de mayo de 1810 atracó en la rada de Buenos Aires la nave británica Mistletoe, que traía los periódicos de España. Fue así como el virrey Cisneros se enteró de la caída de Sevilla en manos de los franceses.
Esta noticia aumentó la preocupación de las autoridades y la inquietud entre los revolucionarios. Se estaba acercando el momento oportuno para separarse de España.
En marzo, el virrey había iniciado un juicio contra Nicolás Rodríguez Peña y Diego Paroissiene por querer establecer como reina del Plata a Carlota, la hermana de Fernando VII, por entonces princesa consorte del futuro Juan VI, regente del gobierno de Portugal, afincado en Río de Janeiro.
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Juan José Castelli, futuro integrante de la Primera Junta, había asumido la defensa de los acusados, que al final fueron liberados por falta de pruebas.
Baltasar Hidalgo de Cisneros quedó impresionado por la noticia llegada de España y por el creciente desasosiego entre los criollos; pensó en deportar a los mencionados, además de Saavedra, Paso, Vieytes, Castelli y Viamonte, que compartían la idea de traer a Carlota o crear una Junta Superior, como la que los españoles habían constituido en Cádiz y otras ciudades españolas.
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Cisneros deseaba convocar un Congreso General del Virreinato. Esta medida pretendía traer a los representantes de todo el territorio virreinal y ganar tiempo, ya que la reunión de los convocados podía demorar un año y, para entonces, ¿quién sabe cómo podía haber cambiado la situación en España?
Los criollos decidieron actuar rápidamente sin consultar a las ciudades del interior, imponiéndose con las milicias que respondían a sus mandos.
Además, contaban con el apoyo de los comerciantes ingleses afincados en Buenos Aires. Resulta que Cisneros, para llevar dinero a las alicaídas arcas del Virreinato, había permitido a varios barcos británicos ofrecer sus mercaderías en el puerto. La orden había caducado, pero los barcos no se movieron y manos anónimas hicieron llegar municiones a los cuarteles de los regimientos de Patricios y Arribeños.
Envalentonados, los milicianos planearon deponer al virrey y, en un primer momento, convocaron a Viamonte a encabezar el movimiento. Este prefirió llamar a Cornelio Saavedra, que estaba descansando en su quinta de San Isidro.
Saavedra volvió a la ciudad y se reunió con algunos de los jefes de las milicias, que se expresaron en favor de un Cabildo Abierto.
Esta convocatoria local les permitía seleccionar a los representantes, que debían escogerse entre los más “sanos y principales” de la ciudad; es decir, no querían ni un voto popular ni la injerencia de las provincias. La decisión de la autodeterminación estaba en marcha, pero debían ser los porteños los agentes del cambio.
A Cisneros le pidieron que abdicara en favor del Cabildo. Para deslindar su responsabilidad, pidió que la solicitud fuese por escrito e inmediatamente llamó a los jefes de los regimientos para conocer su parecer. La opinión fue unánime: los comandantes, casi todos criollos, opinaron que debían convocar al Cabildo.
Al virrey no le quedó otra opción que “resignarme a esperar el resultado del Congreso del vecindario, librando el éxito al voto de los buenos”, que, como todos sabemos, le fue adverso.
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Como podrán ver, la intervención de las fuerzas militares fue crucial para llegar al Cabildo Abierto, no solo por la presión sobre el virrey, sino porque un batallón de Arribeños fue encargado de vigilar la entrada a la plaza e impedir el ingreso de algunos participantes que podrían apoyar al virrey, mientras el regimiento de French y Beruti se estableció en la misma plaza.
De los 450 invitados, solo 245 asistieron a la votación. A diferencia de lo que se cree, la participación de Mariano Moreno en las Jornadas de Mayo fue mínima.
Debemos recordar que, un año antes, Moreno había apoyado el alzamiento de Martín de Álzaga, que también le había exigido la renuncia al entonces virrey Liniers y la formación de una Junta, como las que entonces se organizaban en las mayores ciudades de la Península.
La suerte le fue adversa a Álzaga por el apoyo que Saavedra y demás comandantes le otorgaron a Liniers. Álzaga terminó deportado a Carmen de Patagones y Liniers fue fusilado dos años más tarde por órdenes de la Junta presidida por el mismo Saavedra.
Moreno, que se desempeñaba como abogado de Álzaga y, por lo tanto, de la oligarquía comercial española del Río de la Plata, salió incólume de este alzamiento.
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Meses más tarde, Moreno redactaba la Representación de los Hacendados, que defendía el libre comercio con los ingleses, quienes, ante el bloqueo continental de Europa, pugnaban por introducir sus mercaderías en las colonias españolas. Este escrito terminaba con una frase poco feliz: “(Inglaterra)… Nación sabia y comerciante que detesta las conquistas”. No habían pasado dos años de las invasiones inglesas, en las que Moreno se había excusado de participar entre las tropas españolas y criollas que defendieron la ciudad.
Por estos antecedentes fue que Moreno se mostró renuente a expresarse durante las jornadas de mayo. Ya se había librado de ser acusado por apoyar a Álzaga; no quería verse involucrado en esta revolución de criollos.
Sin embargo, su reputación como abogado hizo que fuera incluido como secretario sin voto de la Primera Junta, nombramiento del que se enteró horas más tarde y aceptó a regañadientes.
En apenas tres días, Moreno asumió el secretariado dispuesto a moderar el poder de Saavedra, quien por entonces contaba con 50 años, mientras que Moreno acababa de cumplir 32.
Así comenzó una larga serie de desencuentros que caracterizaron el primer año de gobierno patrio y que concluiría con el envío de Mariano Moreno en misión diplomática, su extraña muerte en alta mar y esa frase que quedó en la historia nacional:
“Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”.









